Soy mujer y todavía me persigue el maltrato de mi exnovia

Un círculo retroalimenta el silencio que envuelve las violencias intragénero: la falta de información, la invisibilidad y el miedo a que la desinformación las use para negar la violencia machista

Habían llegado de un concierto y Berta estaba cansadísima. Su pareja quería sexo, pero ella no. Le insistió hasta límites inimaginables, hasta que acabó cediendo con un sí. No le apetecía, pero sentía que tenía ese deber. “En ese momento pensé que era mi obligación como su novia”, recuerda, seis meses después de haber roto. La época del #MeToo estaba en pleno auge, también se hablaba mucho de las violaciones en pareja. Sin embargo, a ella le costó mucho verse también como una víctima: su pareja era una mujer.

Cuando agresora y víctima son mujeres

No es la única que ha reflexionado sobre las violencias en relaciones lésbicas (llamadas violencias intragénero, término que también incluye a las violencias en parejas de hombres). Aixa de la Cruz en su novela Cambiar de idea también lo aborda desde la ficción.“Le hablo de una Erasmus a la que arrastré a los baños de un bar con la excusa deinvitarla a droga y cómo, una vez dentro, le pedí que se liara conmigo a cambio de la invitación; […] de la novia de Manu, de lo mucho que tuve que acosarla para que no haya vuelto a contestar a mis mensajes… Me interrumpe antes de que finalice la lista. ‘No es lo mismo que lo hagas tú a que lo haga un hombre’. ‘No digo que sea lo mismo. Digo que es igual de reprochable’”, escribe la autora.

Pero, ¿qué es la violencia intragénero? Es “cualquier comportamiento que cause dolor físico, psicológico o sexual a una pareja o expareja del mismo género”, como la define Isabel González Sáez, psicóloga especializada en este campo y autora de un estudio que concluye que el 33,85% de las mujeres homosexuales han sufrido violencia por parte de sus parejas (una cifra muy superior a la de las mujeres heterosexuales que han sufrido violencia física (22%) y violencia psicológica (20%), según datos de la Unión Europea. Isabel ha tratado a diversas víctimas de estas violencias, una de ellas es Sofía, que vivió durante más de un año en una relación cargada de violencia psicológica.

“Me mudé a la ciudad de mi pareja y me obligó a volver al armario. Yo siempre he sido muy visible, y me costó mucho salir del armario, y ella me hizo estar escondida, deshacer todo este proceso. Yo le conté cómo me sentía: no hacíamos nada juntas, no nos podían ver en público, era una violencia psicológica porque jugaba a darme esperanzas y cuando contaba mis preocupaciones me decía que estaba loca. Y llegué a creérmelo. Me volví cada vez más introvertida, fui perdiendo habilidades sociales y ella me acabó encerrando en mí misma. Rompimos hace un año, y hoy en día sigo necesitando terapia psicológica”, recuerda Sofía.

Lo más difícil para muchas víctimas (y también agresoras) es darse cuenta de que en el contexto de una relación de dos mujeres (que, en el caso de Sofía, se definían ambas como feministas) no se plantean que se puedan dar este tipo de abusos. Y, sin embargo, testimonios como el de Sofía, obligada renunciar a su forma de ser y a ocultarse, demuestran que sí.

Lo confirma Isabel González Sáez, que por la falta de visibilización de estas violencias muchas personas no saben que existen o no se atreven a denunciarlo. “Las personas que lo viven, al no verse reflejadas en ningún lado, tienden a callarse y no piden ayuda”. Por eso, hace falta hablar de ellas de una forma correcta: “sobre todo, sin morbo sobre detalles, y especificando que estas agresiones existen, porque en una relación de cualquier tipo puede aparecer violencia, pero que son diferentes a la violencia de género, esto es muy importante”, remarca.

La violencia intragénero no es la de género

“Todas las violencias no pueden enmarcarse en el mismo contexto porque entonces no se van a trabajar cada una, que tienen orígenes muy diferentes”, añade la psicóloga. La violencia de género “se da por el simple hecho de ser mujer en una sociedad heteropatriarcal de dominación masculina”, mientras que las intragénero están más basadas en los roles de poder (que no tienen por qué ser patriarcales) y la LGTBIfobia percibida e interiorizada (ya que crea una rabia y frustración interna que puede reflejar en la pareja).

En la misma línea se muestra Aixa, comentando ese pasaje de su libro: “la heterosexualidad es violenta, porque encarna y erotiza la asimetría; y en este sentido, se pueden dar relaciones homosexuales en las que se repitan estos patrones porque los miembros de la pareja se identifican en torno a este eje de opresión/sumisión que significan los roles de género clásicos, pero en ningún momento será una problemática inherente a las relaciones homosexuales, sino todo lo contrario. Creo que la homosexualidad sigue siendo una opción bastante segura para cualquier mujer, por ejemplo, en comparación al riesgo que correría en una relación heterosexual”.

Cuando VOX se apropia de tu discurso

“Hay que tener cuidado con estas equiparaciones de violencias, para no acabar con un discurso que se parezca demasiado al de VOX, que quiere que hablemos únicamente de ‘violencia doméstica’ porque ‘todas las víctimas son iguales’, y demás”, añade la escritora.

No hace falta irse muy lejos en el tiempo para entender a qué se refiere. Ortega Smith (de VOX) sacó una pancarta en el minuto de silencio de una mujer asesinada que decía que “la violencia no tiene género. Contra todo tipo de violencia intrafamiliar” como excusa para negar la violencia machista. Es decir, visibilizando mal y desinformando de la intragénero, no contextualizándola bien, se corre el riesgo de que acabe como munición de la ultraderecha.

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Es uno de los principales problemas que se encuentran los trabajadores sociales y psicólogos al cargo de este tema: la incongruencia de querer sacarlo a la luz para hablar de ello pero, a la vez, el miedo de hacerlo público y que se use como arma arrojadiza contra el propio colectivo. “No se debe plantear a las personas LGTBI como verdugos de violencias”, recuerda Isabel. Esto, por supuesto, ha hecho que muchas asambleas feministas y LGTBI solamente lo hablen a puerta cerrada, como asegura Isabel y confirman un par de colectivos de Barcelona contactados que no han querido dar declaraciones. Una difícil decisión que puede suponer que se siga perpetuando el silencio al que se ven abocadas algunas víctimas.

Cómo denunciarlo

Por supuesto, hay protocolos policiales para combatir las violencias intergénero. Sin embargo, uno de los principales proyectos que conseguirían establecer una amplia legislación sobre este tema sigue paralizado en el Congreso, la ley LGTBI. Además, a estas barreras políticas se suma la falta de información que hace que muchos no sepan que son víctimas o que tengan miedo a echarse piedras en su propio tejado denunciando a alguien también oprimido, de tu mismo colectivo, o planteando a una mujer como agresora, que también es víctima de discriminaciones sociales por su género.

“A las personas que la hemos sufrido nos cuesta ponerle palabras. No te planteas que en un mundo feminista y con sororidad pudiera llegar a darse la violencia. Y no soy la única: mis amigas actuaron con pasividad cuando lo dije, no sabían ni que existía. Me sentía que estaba sola en eso, ‘¿en serio soy la única que lo ve? Quizá sí que estoy loca’, me repetía. Tenemos que ir alzando la voz para que se sepa”, recuerda Sofía. Si crees que estás siendo víctima de esta violencia, puedes conseguir asesoramiento de Isabel y su equipo en el correo violenciaintragenero@gmail.com.