Cómo mi ex me obligó a salir del armario para destruirme

En todas hubo desesperación y crueldad. A Raúl, por ejemplo, su ex lo amenazó con sacarle del armario el día de la boda de su hermano. A J.L.M, su expareja le gritó en la cara que iba a ir al pueblo de sus padres y se iban a enterar de que su hijo era maricón. Y, en el caso de M.B., las amenazas se cumplieron y su exnovio inglés llamó a Pamplona, a casa de sus padres, y les contó que su hijo era gay. Los tres son ejemplos reales de outing forzosos, un tipo específico de violencia que no existe en las parejas heterosexuales y del que prácticamente no se habla ni existen estudios específicos. Y eso que las consecuencias para la víctima son devastadoras.

Raúl tiene ahora 35 años, su voz suena inocente y tranquila, estudió Comunicación Audiovisual, es católico practicante y lidera un grupo de jóvenes en su parroquia del sur de Madrid. Con 22 años, se embarcó en una relación tóxica con un cartero 12 años mayor que él. Diez meses de celos y comentarios hirientes que estallaron una tarde de primavera en la zona de La Vaguada de Madrid: “Se va a enterar toda tu familia de cómo eres, que los tienes engañados, que vas de niño perfecto y eres una estafa”.

gay-violencia-codigo-nuevo.jpg

Crédito de la imagen: Broken Rainbow UK.

“Haz lo que te dé la gana”, contestó Raúl y, minutos después, tras ver que su expareja no paraba de seguirle, se montó en un autobús que estaba cerrando sus puertas sin saber hacia dónde se dirigía. Finalmente, el outing no se produjo porque, a la mañana siguiente, se lo contó a sus padres. Pero ni siquiera eso impidió que, a partir de ese momento y durante cuatro años, recibiese continuos mensajes y llamadas a casa procedentes de su agresor. “Los primeros meses me escribía veinte mensajes y llamaba diez veces a casa de mis padres, algunos días, a las tres y a las cinco y media de la mañana”.

Odiar ser gay

Según los psicólogos consultados, el outing forzoso se produce normalmente en procesos de ruptura y en parejas en las que el agresor está fuera del armario. En caso de Raúl, su agresor mantenía oculta su sexualidad; en el caso de J.L.M., sí que estaba fuera. Los dos años y medio de relación de J.L.M. con su expareja tuvieron lugar en un entorno rural y conservador del Pirineo aragonés. Se conocieron en una fiesta y, a pesar de que llegaron a vivir juntos en otro pueblo, los padres de J.L.M. nunca sospecharon nada. Todavía sentía algo por él, pero J.L.M.  no podía más con las infidelidades mutuas, las mentiras, los celos y los insultos que recibía. Cortó, y su expareja, fuera de sí, amenazó con coger el coche, ir al pueblo de sus padres y contar “lo maricona que era”.

Al final, no se atrevió y solo cogió el coche para irse de casa. Dos años más tarde, regresó para pedir perdón. La violencia en parejas LGTB y en parejas hetero tiene prácticamente las mismas consecuencias: ansiedad, depresión, destrucción de la autoestima, aislamiento social. Pero, tal y como explica Carlos G. García, periodista, trabajador social y autor del libro La huella de la violencia en parejas del mismo sexo, hay un daño que solo aparece en víctimas homosexuales y bisexuales: el aumento de la homofobia internalizada que sienten. “Aumentan sus percepciones negativas con respecto a la homosexualidad porque relacionan directamente su orientación sexual con el episodio que han pasado y no quieren volver a experimentarlo”.

Fue lo que le pasó tanto a J.L.M. como a Raúl. Ambos necesitaron años de psicólogos, talleres de crecimiento personal y meditación para aceptarse y tener de nuevo relaciones con chicos gays. A Raúl, por ejemplo, le costó diez años. “Para mí, el acoso y las amenazas que sufrí fueron una confirmación de que había algo malo en ser homosexual. Me llevó a esconderme, a despreciarme. Las llamadas y los mensajes que recibía no hacían sino retroalimentar el desprecio que sentía por mí mismo”, reconoce. Paradójicamente, fueron un chico heterosexual y un amor imposible lo que le llevaron a darse cuenta de que estaba perdiendo su vida y de que tenía derecho a ser feliz fuese con quien fuese.

¿Más violencia entre homosexuales y bisexuales?

Según Antonio Ortega, psicólogo especializado en población LGTB y autor de la primera tesis en España sobre violencia en parejas del mismo sexo, en los bisexuales, los casos de outing forzoso son “incluso más fuertes si cabe” que en las parejas de gays y lesbianas. A veces, los chantajes se producen en el seno de infidelidades en las que el amante amenaza con desvelar las preferencias sexuales de la víctima a su mujer. En otros casos, las relaciones heteronormativas pasadas de la víctima han propiciado que la familia, los amigos y los compañeros de trabajo tengan asumido que la persona es heterosexual y al afectado le da pavor que se descubra su bisexualidad ya que piensa que, para su entorno, sería una gran decepción.

Los últimos estudios sobre violencia intragénero describen un panorama preocupante: un informe realizado por Isabel Gonzálezpsicóloga del colectivo COGAM, pone de manifiesto que en el 26,56% de las parejas del mismo sexo formadas por hombres en España se dan casos de violencia física y psicológica, un porcentaje que asciende al 33,85% en el caso de las mujeres. Serían cifras superiores al 22% de mujeres españolas que, según la UE, sufren violencia física en el seno de parejas heterosexuales y al 20% que sufrirían violencia psicológica.

La tesis de Antonio Ortega, defendida en 2014, va más allá y afirma que el 70% de sus 3.200 hombres gays encuestados habrían sufrido violencia psicológica; un 40%, violencia física, y un 30%, violencia sexual. Son cifras que estremecen, pero, para los autores de los estudios, no significa que en las parejas homosexuales se dé más violencia. “Se da la misma”, asegura la especialista Isabel González. “Las cifras de violencia de género de hombre a mujer tienen que ser por la fuerza más altas”, argumenta Carlos G. González, trabajador social, “ahí hay violencia de género no identificada como tal”.

Bullying proyectado

En el mundo anglosajón, la tendencia también se repite: cifras más altas que en las parejas heterosexuales, y, en casi todos los estudios, se menciona un factor clave: el estrés de las minorías, la presión mental, la desigualdad y la violencia que un individuo tiene que soportar por formar parte de una minoría estigmatizada. En el caso de los gays y las lesbianas, ese estrés tiene nombre y apellidos propios: homofobia internalizada y homofobia externalizada.

Sufrir agresiones homófobas y que estas fomenten una percepción negativa de la propia homosexualidad tiene consecuencias fatales para el devenir afectivo-sexual de la persona. Para evitar la aversión hacia su propia sexualidad y todo lo relacionado con el mundo LGTB, esa persona puede optar por no involucrarse nunca en relaciones duraderas y recurrir a encuentros sexuales esporádicos. Si finalmente se involucra, es probable que la relación dure poco ya que, al mínimo conflicto, rehusará el compromiso. Puede que se convierta en el agresor y utilice la violencia para proyectar el odio que siente hacia sí mismo en su pareja e intentar aliviarlo. O puede que suceda todo lo contrario y que sea la víctima. En este último caso, es probable que la baja autoestima le haga caer en un peligroso estado de sumisión, dependencia y autoculpabilización.

Datos procedentes de la red nacional estadounidense de refugios para personas víctimas de violencia de género e intragénero Domestic Shelter. Año 2015.

Datos procedentes de la red nacional estadounidense de refugios para personas víctimas de violencia de género e intragénero Domestic Shelter. Año 2015.

Antonio Ortega confirmó estos dos últimos casos en su tesis: “si una persona experimenta agresiones homófobas en algún momento de su vida y desarrolla una visión negativa de su sexualidad, hay más probabilidades de que se convierta en una víctima o en un agresor”. El psicólogo Pablo López, especializado también en población LGTB, lo confirma y llega a decir que, en algunos casos, “la ira que muestran los agresores proviene de momentos del pasado en los que sufrieron violencia homófoba y no pudieron defenderse”.

Machismo LGTB

Al desencadenarse la violencia, no solo afloran los traumas y la homofobia internalizada. También aparece una actitud que, a priori, parece inconcebible en el seno del colectivo LGTB: el machismo. Pero un machismo entendido en el más amplio sentido de la palabra, como desprecio a todo lo que, heteropatriarcalmente, se ha asociado a la mujer y a lo femenino. “Que, por ejemplo, tu pareja te diga ‘para de llorar, maricona’, que te llame ‘sensiblera’ o que se meta con tu pluma denota aversión hacia lo que, tradicionalmente y de forma interesada, se ha asociado a la mujer”, explica el trabajador social Carlos G. García.

Precisamente, ese machismo internalizado es uno de los factores que dificultan que una persona se identifique como víctima de violencia intragénero, especialmente en el caso de hombres gays y bisexuales. “Tienen en la cabeza la imagen de una mujer maltratada y no se identifican con ella”, explica el experto que añade: “además, para algunos, aceptar que han sufrido agresiones por parte de su novio supondría un menoscabo de su masculinidad”.

Al igual que en el caso de las mujeres que sufren violencia de género, uno de los mayores problemas a la hora autoidentificarse como víctima radica en que las agresiones se perciben como elementos normales y propios de la relación. “En el caso de las víctimas de violencia intragénero, esa percepción se agrava debido al vacío informativo que existe en torno a este tipo de violencia; un silencio que lleva implícito que la sociedad y las víctimas piensen que, en las parejas del mismo sexo, no se puede producir violencia y que, por lo tanto, ellos no pueden ser víctimas de esa violencia”, apunta Antonio Ortega.

"Si fueras mujer, todo sería más fácil"

Si reconocerse como víctima es difícil, denunciarlo puede que lo sea aún más. En primer lugar, porque es bastante improbable que una persona que tiene pavor a salir del armario vaya a una comisaría, revele que es homosexual y esa información aparezca en la denuncia escrita. En segundo lugar, por el vacío legal que existe en España con respecto a este tipo de violencia. Y, en tercer lugar, porque un porcentaje importante de la población LGTB considera que la mayor parte de los agentes de policía no serían capaces de gestionar un caso de violencia intragénero de manera eficaz y con sensibilidad.

“Cuando los agentes ven a un hombre pegando a otro, no piensan en la violencia intragénero, piensan en una pelea de borrachos o algo parecido”, pone como ejemplo Carlos G. García. En su libroel periodista recoge el testimonio de un hombre gay que llamó a la policía para denunciar el maltrato que estaba sufriendo y el agente acabó riéndose de su incapacidad para defenderse. En 2004, Raúl también experimentó esa indefensión: fue a comisaría a denunciar los continuos mensajes y llamadas que estaba recibiendo por parte de su ex y los agentes le despacharon diciéndole que no podían hacer nada, que si fuera mujer, "todo sería más fácil".

Vacío legal

Casi 13 años después, hay una ley de matrimonio igualitario y una ley de violencia de género en España, pero la situación de las víctimas gays, lesbianas o bisexuales es la misma que experimentó Raúl. La ley que protege a las mujeres agredidas en parejas heterosexuales no se aplica en su caso. En su defecto, las agresiones son juzgadas a través de la ley de violencia intrafamiliar. Resultado: les es más costoso acceder a órdenes de alejamiento, no pueden acceder a pisos tutelados, no pueden solicitar ayudas económicas, etc. “Están como las mujeres maltratadas hace 20 o 25 años, siempre pendientes de la amenaza de su agresor, una persona que, en cualquier momento, puede hacer algo”, asegura Carlos G. García.

Algunas regiones de Estados Unidos y el Gobierno australiano ya están trabajando en normativas específicas para combatir la violencia en parejas del mismo sexo. En España, esas iniciativas tardarán en llegar, mientras tanto, a la sociedad en general y a los medios en particular les quedará la tarea de llenar un vergonzoso vacío que lleva cobrándose víctimas desde hace años.