Aprende de las manías de los demás y dejarás de pensar que son unos insportables

¿Desordenados? ¿Mensajeadores compulsivos? ¿Perfeccionistas? Quizá no soportas estos rasgos de los que te rodean. Aunque no es fácil sobrellevarlos, hay formas de hacerlo

Convivimos cada día con gente con la que no somos 100% compatibles. En ocasiones, no somos ni un 10% compatibles. Pero toca aguantar, porque son compañeros de trabajo, de piso, amigos de amigos, familiares… nos vamos tragando sus manías poco a poco y no siempre es fácil tolerarlas. Sabiéndolo, el escritor Fernando Trías y el psicólogo Tomás Navarro han unido fuerzas en el libro Yo soy así (y ya no me importa) para que puedas sobrellevar esas manías que no soportas (o de las que te acusan).

1. Personas muy ordenadas vs. Desordenados compulsivos

El orden es uno de los principales puntos de fricción en la convivencia. Hay algunos a quienes no les importa vivir rodeados de desorden, de cosas fuera de sus cajones, bolsas y cajas por el suelo. “Está desordenado, no sucio”, es uno de sus grandes argumentos. Otros, en cambio, se ponen hasta nerviosos si sienten que el cajón de las bragas está desordenado. Muchas veces no escogemos con quién nos toca convivir. ¿Acaso puedes escoger tus compañeros de trabajo? No, nunca. Por eso, los autores dan unos consejos.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Hay varios tipos de desordenado: está el que a conciencia no quiere. Si le comentas que sea más ordenado, si le dices que por favor recoja un poco y se niega (por ejemplo, porque no lo considera importante y no es empático), lo mejor es alejarte de esa persona. Si no puedes, rompe relaciones diplomáticas y haz de tripas corazón. Piensa que quizá tiene más virtudes que compensen su desorden. Pero si es desordenado porque no sabe… ¡bingo! Oportunidad de oro para enseñarle. El desorden es algo ambiental y muchas personas lo son porque viven rodeadas de personas desordenadas. Por eso, ir haciendo que presente atención a tu orden puede hacer que cambie sus hábitos.

Pero si tú eres desordenado y vives con un ordenador extremo, ¿qué? Seguramente te sentirás frustrado porque te pide cosas que no te importan y que te dan pereza. Aquí es cuestión de empatía y picaresca. ¿Que tu compañero de piso te dice que no quiere que la taza del café matutino esté sin limpiar todo el día hasta que vuelves a casa, pero tú cada mañana vas con el tiempo justo? Pues te llevas la taza a la oficina y te tomas ahí el café. Al final, es cosa de ceder un poco. No cuesta nada cambiar estos pequeños hábitos que molestan al ordenado y que a ti solo te supone un leve reajuste de tu día a día.

2. Los que tienen miedo a la soledad

“Aquellos que tienen miedo a la soledad muchas veces tienen miedo al silencio”, explican en el libro. Por eso, hay tantas personas que están constantemente enviando mensajes a sus seres queridos, memes, enlaces, coñitas, anécdotas diarias. Tanto si eres el despegado y eso te molesta como si eres el que envía mensajes que son ignorados sistemáticamente, tenéis que encontrar un punto medio: ¿cómo se hace? Poniéndote en el lugar del otro.

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No cuesta tanto mentalizarte de que alguien está pasando por un mal momento y necesita atención. Nadie debería obligarte a estar mirando el móvil. Pero si alguien te necesita a ti y tu atención, mentalízate de mirar el móvil más veces durante el día. Si lo normal es hacerlo cada tres horas, redúcelo a la mitad, aunque sea solo para responder sus mensajes. No es cuestión de volverte un adicto, solo es cuestión de adaptarte un poco a sus necesidades. Y por parte del enviador de mensajes, lo que tocaría hacer es pensar que no enviarás más de 10 sin respuesta. Así, dosificarás más los mensajes: “¿realmente vale la pena enviar esto?”. Si mentalmente restringes lo que envías, no enviarás tonterías y facilitarás la comunicación para que el otro te responda sin agobiarte.

3. Gente perfecta

Muchas veces encontramos insoportables esas personas que son extenuantemente felices y que les encanta hablar de lo bien que les va todo. Pero tenemos que pensar por qué nos están molestando tanto estas conductas. Como plantean los autores, no siempre es culpa del otro que no podamos soportarlo: a ver, hay gente ególatra que se hace pesada hablando de sí misma, sí, pero muchas veces su "pesadez" no es tal sino que es falta de autoestima de las personas que las rodean. Si aprendemos a querernos un poco (¡como si fuera fácil! Pero es cuestión de intentarlo, ¿no?), no nos molestará ni dolerá tanto que alguien presuma de esas cualidades que creemos que no tenemos y que sentimos que nos están restregando por la cara.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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4. “Mis amigos siempre se ofenden con mi sinceridad”

¿Te molesta que todos tengan piel fina y se ofendan a la mínima? Quizá la culpa no es suya. Ya hemos hablado en Código Nuevo sobre el sincericidio. ¿Tus amigos se ofenden cuando les dices “esta camiseta nueva es una mierda”? Pues miente. Nadie quiere la cruda verdad porque, spoiler alert, es solo tu verdad. A él le gusta esa camiseta, y si la compró deberías respetarlo. Lo único que logras con eso es que dude de su gusto. La mentira muchas veces es compasiva, y la verdad solo vale la pena cuando suma, y no cuando resta. Tu opinión es importante, sí. Pero, de nuevo, la empatía lo es más. Y si decir una mentirijilla en un asunto de importancia hace que todos os sintáis mejor, hazlo. La verdad está sobrevalorada.

5. Supersticiosos contra estériles espirituales

“Ya sabes que no creo en el horóscopo”, “normal, eso es súper capricornio”. Esta frase es real, la dijo una pareja en el metro de Barcelona en voz alta. El chico, el no-creyente, puso los ojos en blanco. Parecía un punto de fricción entre ellos. El horóscopo, como la religión, la superstición o los ídolos de la suerte, para muchas personas es importante. Sí, su efectividad no tiene evidencia científica, y no, probablemente no haga nada, pero sí, a muchos les importa y les ayuda a combatir sus inseguridades y a orientarse por la vida.

¿Por qué, tú, ser superior y escéptico, tienes que arruinárselo? Muchas veces desde la esterilidad espiritual se observan estas creencias con prepotencia y desdén. “Yo soy analítico e inteligente y tengo la capacidad para entender que es pseudociencia” es un pensamiento recurrente, infravalorando a los demás. Probablemente, las supersticiones de los demás te molestan tanto a ti como a ellos las constantes desaprobaciones de sus creencias. Es cuestión de respetar. Al igual que no irías a una iglesia a gritar “dios no existe”, toca dejar que si alguien quiere creer en pseudociencias, crea. Al final, cada uno encuentra el confort donde lo encuentra, y seguramente tú también tienes tus rituales no-espirituales que más de uno pensará que son una tontería. No te metas con los demás si no quieres que lo hagan contigo.