Adictos a Idealista, Kayak y Wallapop te explican por qué malgantan su vida buscando chollos que no van a aprovechar

Idealista, Kayak, Wallapop o Tinder nos acercan a mundos lejanos a los que podríamos acceder si no fuéramos malditas víctimas de la precariedad

Internet ya tiene 30 años, no recordamos nuestras vidas antes de la red, aunque somos conscientes de que gracias a ella podemos tener todo el mundo en nuestro móvil. Netflix tiene más cine del que podemos ver. Kindle, más libros de los que podemos leer. Spotify, más música de la que vamos a poder escuchar aunque nos dedicásemos a bailar absolutamente todos los días que quedan en nuestras vidas. Y todxs estamos enganchados a sus contenidos porque nos permiten planear viajes de ensueño, decorar la casa que no tenemos o simplemente pasarnos horas buscando gangas que no necesitamos.

Y es que con rellenar un par de casillas y pulsar "aceptar" se abre un mundo de posibilidades, un planeta ideal al que jamás podremos acceder —al menos por ahora— porque somos hijos de la precariedad. Sabemos que viajamos más que nunca, que tenemos muebles más modernos y relaciones más pasajeras. Pero las opciones son tantas, que nuestras ganas de vivir se han vuelto insaciables. Solo podemos calmarlas buceando por el maravilloso mundo de las apps. Tan inmenso como insignificante. A continuación personas realmente enganchadas a las apps te explican por qué ya no pueden vivir sin su chute de WiFi en la vida.

Alba, 32 años, Ibiza: "Cada noche hago la vuelta al mundo en Kayak"

Lluvia Mar

Ya he puesto la alarma a las 6.20 porque mañana vuelvo a entrar a trabajar a las ocho, pero tengo una tentación. ¿Enciendo el móvil? Sé que me quedaré despierta hasta las tantas si entro a Kayak. Soy nueva, no tendré vacaciones en todo el verano y con suerte podré escaparme una semana a la playa, pero estaría bien tener una ruta pensada. "Por si me dan unos días", pienso de forma tan surrealista que tres días y un finde se expanden en mi mente hasta abarcar un vuelo de ida y vuelta al Sureste asiático y una aventura tropical. Lo veo: una moto entre palmeras, un camino fangoso, una señora simpática vendiendo mangos y sobre todo calor: mucho sol. Déjame ver. No, duerme. Va, mira solo qué hay, ¿no? Venga, sí. Le doy al botón. Se enciende la luz y ya sé que me van a dar las dos.

Puestos a soñar, pensemos en unas vacaciones serias. Bueno, medias. Un mes no, pero dos semanas… pongamos por caso que me voy del 13 al 27 de julio, a ver qué destinos me ofrece por menos de 500 euros. Esta opción de averiguar adónde te puede llevar tu presupuesto se ha vuelto un vicio, sobre todo si tu presupuesto da igual, porque al final no vas a ir. Berlín. Moscú. Bangkok. Joder. ¿Katmandú? ¿En serio? Siempre quise ir a Nepal. Me acuerdo del terremoto sacudió el país hace unos años, me acuerdo de los templos en ruinas, la gente derrotada, de los turistas, totalmente alucinados. Era desolador. Mi vuelo llega a Katmandú el domingo 14 a la una de la tarde, después de un vuelo fácil con una sola escala en Doha. Y encima es corta. Ida y vuelta, 473 euros.

Lo peor de Nepal es que como está incrustado en la cordillera del Himalaya, desplazarse por tierra es imposible, así que me quedaré unos días en la capital para visitar la ciudad antigua y el mercado de Asan. Ya mismo busco vuelos internos. Después de una mirada rápida, veo que hay opciones correctas para dormir. Incluso hay casas en Home Exchange, por lo que el alojamiento me podría salir hasta gratis. Además, aunque los nepalíes suelen empezar el día con solo con un te, veo que hay opciones suculentas que luego exploraré. En fin, me aprendo los blogs y la Lonely Planet. Son las dos, en efecto. Apago la luz, empiezo a dormir y acabo de soñar.

Edu, 34 años, Valencia: "La casa de mis sueños está en Idealista"

Edu Sotos

Mi obsesión con Idealista e Ikea sigue un ritual preciso: busco un terreno o una casa de pueblo super cuki, miro las fotos de los interiores y me voy corriendo a la web de Ikea a buscar los muebles que mejor quedarían. Lo más jodido es que me autoimpongo presupuestos imaginarios, calculo lo que me costaría la hipoteca y hasta diseño un taller en el que hacer muebles y cuánto me costaría ponerlo en funcionamiento. Mi sueño sería ganarme la vida haciendo vídeos de DIY para Youtube viviendo en esa casa ideal.

Un día incluso me compré un hacha en un rastro por cuatro euros y la restauré por si algún día puedo usarla para cortar la leñita de mi cabaña en el bosque. El problema viene cuando me enamoro de una casa y un proyecto perfecto pero me doy cuenta de que no podré realizar mi sueño en mi puta vida. Entonces paso uno o dos días sin mirar, me desintoxico y dejo de fliparme. Pero es un círculo vicioso y en cuanto veo un pueblo que me gusta o algún stories en IG que me flipa vuelvo a mirar si hay casas por allí y vuelvo a iniciar todo el proceso. Estoy atrapadísimo.

Alfonso, 24 años, Barcelona: "Gracias a Grindr me sé todos los gais de la oficina"

Álvaro García

Soy adicto a saber qué gais tengo a mi alrededor. Es extremadamente fácil a través de apps como Grindr, donde te salen los perfiles de los hombres que te rodean y a la distancia a la que están. Allí donde voy, lo miro. ¿En mi piso? Lo abro y busco entre mis vecinos. ¿En el trabajo? Lo abro. ¿En casa de un amigo? Más de lo mismo. “Mira, hay uno a 15 metros. Mira, un fetichista a 100 metros. ¡Otras! Estos buscan un trío a dos bloques de distancia”. Y así cada día.

Al final, me he aprendido todos los gais que hay en mi entorno, cuáles son los que trabajan en mi edificio, sus roles sexuales y sus horarios. Sé que el recepcionista solo hace turno de tardes. O que el administrativo sale a comer siempre, puntual, a las 14. También me sé las rutinas de edificios vecinos de la oficina. Alguno que otro me he tirado, pero por lo general, lo que hago es ver qué hay. En mi casa, sé que el gay que vive más cerca de mí trabaja hasta las 7, porque es cuando empieza a aparecerme en la lista de los hombres más cercanos. También hay uno que me tiro con cierta frecuencia y sé que ha llegado a casa por la distancia. Sé hasta cuando baja al súper. 

Tinder lo utilizo con el mismo objetivo, aunque de forma diferente. Tengo Tinder desde hace años y ya me he aprendido qué gais suele haber por mi ciudad. Me lo voy reseteando cada ciertos meses para ver quién, al cabo de medio año, sigue ahí, soltero y todavía buscando. A esos los califico como “los sobrantes”, como si tuvieran una tara y por eso siguen ahí. Quizá porque son incapaces de comprometerse, quizá porque sus relaciones siempre fallan, pero vamos, que no auguran nada sólido o de provecho. Entonces siempre hago swipe left. Sí, tengo todos los gais a cinco kilómetros la redonda fichadísimos.

Guillermina, 27 años, Tenerife: "Wallapop: todo por menos de 15 euros"

A la izquierda el estudio en la vida real, a la derecha el de Pinterest

He ordenado toda la casa. He movido los muebles y la organización del hogar ha cambiado tanto que parece un sitio nuevo. La he limpiado a fondo y he tirado un montón de cosas que no servían y que estaban solamente acumulando polvo. A veces me entran estos arrebatos, sobre todo porque el apartamento en el que vivo es el santuario en el que desconecto. Y para desconectar necesito orden, buen olor y limpieza. No se trata de un aspecto súper obsesivo pero sí que, cuando empiezo, tengo que acabar. Ha habido ocasiones en las que me he quedado despierta hasta las cuatro de la madrugada solo porque no había terminado de limpiar, ordenar y clasificar la ropa y los elementos de la casa.

Estos arranques me suceden como una especie de click en el cerebro, esos clicks son motivados, encendidos y activados por una aplicación que siempre tengo a mi alcance y que es mi perdición: Pinterest. ¿Alguien me puede decir dónde están esas imágenes de casas ideales?, ¿dónde se compran esas camas enormes llenas de cojines y edredones blanditos y sumamente pulcros?, ¿cómo es posible que los rayos de luz que entran en ese piso sean tan dorados? No puedo con las ideas de decoración que hay en esta aplicación. Nunca consigo que mi casa se parezca —al menos un poco— a lo que hay en las fotografías. Y me desespero por conseguirlo. Esa desesperación me lleva a actuar de forma inminente y es ahí donde comienza el plan.

Entiendo, entonces, que los elementos que componen las hermosas casas que veo en Pinterest son no solo difíciles de conseguir sino también caros. Si tuviera un nivel económico alto, sabría resolver perfectamente mis necesidades, pero como no es el caso, me veo obligada (las circunstancias urgentes así lo requieren) a entrar en Wallapop. Ahí puedo pasarme horas. Horas buscando edredones, cojines, maceteros, plantas, cortinas, alfombras, estanterías o mesillas de luz, entre tantos otros. Eso sí: todo por debajo de los 15 euros. No pago más. Así que mientras busco, voy regateando. Algunos no aceptan mis ofertas pero muchos otros sí. Gracias a esas maravillosas personas, poco a poco, mi hogar es cada día más hermosamente habitable. Y cada día también, tengo más cosas que al final acabaré tirando.