Víctimas de violencia sexual explican por qué quieren que sus agresores se reinserten

La tasa de reincidencia de las personas condenadas por delitos sexuales suelen ser, pese al asombro de muchas personas, bajas

“Los delincuentes sexuales, en general, encuentran una satisfacción cuando fuerzan a sus víctimas a tener sexo contra su voluntad. Suena repugnante, pero es así como ellos lo perciben”. Son las palabras de Helena (nombre ficticio). Su voz suena rotunda al teléfono. No tiene miedo a hablar sobre un episodio que la marcó de por vida, pero desea preservar su nombre real por si pudiera repercutirle negativamente en el trabajo. Ha pasado página, pero no quiere que su pasado le robe su futuro. 

Cada víctima de violencia sexual tiene un itinerario de recuperación diferente. Para Helena, controlar sentimientos como la rabia y la ira hacia su abusador ha sido la forma de recuperar las riendas de su vida. No se queda ahí, se enfrenta a la que fue la peor de sus experiencias con un mensaje atronador: “la gente como él necesita ayuda”

La posibilidad de que los abusadores y violadores se reinserten continúa siendo un debate, especialmente cada vez que un violador violento sale de la cárcel. Según explica Virginia Soldino, presidenta y cofundadora de Preven3, doctora en Criminología y psicóloga forense, la tasa de reincidencia de las personas condenadas por delitos sexuales suelen ser, pese al asombro de muchas personas, bajas. Diferentes investigaciones apuntan a que la reincidencia en los agresores sexuales es de un 20%. Pero existe también evidencia científica de que los individuos que participan en programas de reinserción tienen un nivel de reincidencia aún menor (de alrededor del 6%). Por esto es tan importante hablar del tema. 

Una nueva vida

Hace una década que Helena fue abusada sexualmente por quien creía que era un amigo. Acababa de cumplir 19 años. Tras el abuso, cambió de ciudad y trató de entender lo que había pasado. Admite que el estado de confusión la empujó a no denunciar y que tardó varios años en pedir ayuda psicológica: “Nunca piensas que una persona en la que confías vaya a abusar de ti cuando estás medio inconsciente por el alcohol. Pasé años guardando el secreto por miedo a que la gente me culpara por haber bebido. Yo apenas bebo y nunca me emborracho, pero creo que ese día él me drogó sin yo saberlo. Tuve que ir reconstruyendo lo que había pasado con objetividad porque si una persona te quiere, si es tu colega, no hace eso, te pone a salvo, no te daña”, comenta. 

Helena cree que movimientos como #MeToo han conseguido desmitificar la figura del abusador y ampliar el imaginario social sobre este tipo de depredadores sexuales. “Mi abusador era modélico a los ojos de los demás, sin vicios y sin pasado turbulento, deportista, lo que se dice un niño bien, un niño de papá.”

El impacto de #MeToo puede ser muy liberador para las víctimas, pero también tener un efecto positivo para despertar la conciencia de los abusadores: “A menudo se cree que las víctimas son una especie de juguetes rotos, pero el único que está roto es el agresor. Hay algo que no está bien en él. Escuchar los testimonios de las víctimas puede ayudar a que empaticen con su dolor. Tienen que asumir que el daño que causan es responsabilidad de ellos y solo de ellos. Es el primer paso para trabajar terapéuticamente en su reinserción y evitar nuevas víctimas”.

Uno de cada diez

Pero pese a lo importante que es trabajar en el retorno de los agresores a la sociedad, su reinserción no es fácil. Cabe considerar que los programas específicos en las cárceles españolas se basan en la participación voluntaria del delincuente y en ese sentido, solo un 10% de los condenados por ese delito se acoge a los planes de reinserción. Sin embargo, también hay que valorar la falta de personal en entornos penitenciarios que pueda desarrollar este tipo de intervenciones o los aspectos motivacionales del delincuente, pues hay quien participa en este tipo de programas solo para obtener beneficios penitenciarios. 

Helena no es la única que piensa que la reinserción puede funcionar. “En mi caso, mi agresor sufrió de abusos sexuales infantiles con violencia. El hecho de repetir la acción conmigo sin aplicar una violencia explícita, supuestamente le desculpabilizaba de sentirse abusador. Si hubiese roto su silencio y trabajado su propio abuso, estoy absolutamente convencida de que no habría pasado al acto conmigo”, cuenta Laura, de 51 años, que fue abusada durante varios años por su padre. 

Utilizar experiencias pasadas para excusar sus conductas y el daño que causan es común entre los maltratadores. Es lo que en psicología se conoce como ‘distorsión cognitiva’ y, obviamente, no explica todos los casos de agresión. En ese sentido, Laura reconoce que es liberador que existan entidades y profesionales que trabajen para que el abusador gestione sus impulsos y emociones. 

En la actualidad, ella es usuaria de ÂngelBlau, asociación para la prevención del abuso sexual infantil que trabaja con víctimas, familias y pedófilos abstinentes (que controlan su conducta y no abusan de menores): “Es necesario intervenir para que reviertan las distorsiones y falsas creencias sobre posibles actos. Así podrán empatizar con el dolor de las víctimas, conectar con el sufrimiento que se puede causar”, apunta. 

Familias rotas

Los abusos sexuales en el ámbito familiar también tienen un impacto en la vida de los menores. ¿Cómo explicarle a un niño que la persona que debe protegerlo lo está dañando? Esto es algo a lo que se ha tenido que enfrentar Violeta, madre de una niña que fue abusada por parte de su abuelo paterno. Cuenta que lleva un tiempo dejar de pensar con odio en la persona que ha causado tanto daño, no sólo a una víctima inocente sino también a toda la familia, que experimenta un gran trauma. 

“Quien debe ser atendida, sin lugar a duda, es la víctima. Pero, ¿qué ocurre con el perpetrador de los abusos? Si no recibe también ayuda es muy probable que no pueda dejar de actuar así y siga generando más víctimas. Cuando quien ha cometido los abusos es además alguien de la familia el drama afecta a todos. Que exista la posibilidad de que dicha persona reciba ayuda puede contribuir a reforzar a la familia en su conjunto, pues el abuso tiende a dividir y fragmentar los lazos familiares.”

Violeta también evita que la rabia la domine y con una admirable serenidad apunta que ocultar lo ocurrido nunca será una solución: “No es el castigo o el ostracismo al que se puede someter al perpetrador lo que va a facilitar la curación de las heridas. Si el abuelo hubiera podido recibir ayuda y la hubiera aceptado seguramente habría podido restaurar, al menos en parte, el respeto y el amor que como abuelo se le tenía. Quiero imaginar que quizás lo habríamos comprendido mejor y al comprenderlo hubiéramos estado en mejores condiciones para liberarnos del dolor.”

Cada agresor es diferente

Soldino advierte que los delincuentes sexuales no pueden ser conceptualizados como un grupo homogéneo de individuos y que esta característica no puede pasar desapercibida en el desarrollo de la reinserción, pues será un aspecto importante para lograr el éxito de la intervención. “En primer lugar, cada uno de ellos tendrá un nivel de riesgo de reincidencia determinado y, por tanto, la intensidad de cada intervención deberá ajustarse a este riesgo. En segundo lugar, debemos tener en cuenta que no todos tendrán las mismas necesidades de intervención (tipo y cantidad de factores de riesgo en los que podamos intervenir). Por último, cada persona presenta capacidades diferentes de respuesta al tratamiento que deben ser tenidas en cuenta para ajustar la intervención. Son necesarios recursos materiales y humanos para llevar a cabo este tipo de intervenciones de manera óptima y sus efectos suelen observarse a largo plazo, por lo que no suelen estar en el foco de las propuestas en materia de política criminal”, explica. 

Quizá ha llegado el momento de pensar seriamente en la reinserción, así como en las prácticas que la hacen posible y los recursos necesarios. Para muchas víctimas, la paz no se encontró en el tabú ni en los trabajos forzados que puso como pena un juez ni en las opiniones que hablan de cadenas perpetuas en la violencia sexual. Lo único que a estas personas les dio tranquilidad fue conocer que los programas de reinserción y reeducación pueden evitar nuevos abusos. “Como víctima, apostar por la reinserción es una cuestión de supervivencia”, concluye Helena.