Víctimas del acoso sexual te explican por qué sigue siendo tan difícil denunciarlo

Es un festival de música electrónica. La gente se divierte, baila y disfruta con sus grupos favoritos. Hay risas. Varios grupos de personas beben alcohol en el parking del recinto. Lorena B. tiene entonces 18 años. Es joven, divertida, atractiva y no tiene más pretensión que disfrutar de la noche con su novio y un grupo de amigos. Apenas faltan unos minutos para que empiece a tocar uno de los cabezas de cartel y decide ir al baño. Sus colegas y su entonces pareja deciden entrar, mientras uno de los amigos de éste accede a acompañarla porque también necesita hacer pis. Parece una situación cotidiana y amable, ¿quién podía sospechar lo que iba a pasar a continuación?

Cuando están cerca de la zona de los baños, el chico que la acompaña la acorrala, la manosea y la besa mientras ella, amedrentada por la fuerte complexión de él, trata inútilmente de zafarse. Pide que pare, que la deje irse. Suplica muerta de miedo. Él le dice que está muy cachondo, que ella le pone así de cachondo. Esta es la baza que usa para justificar su comportamiento abusivo cuando no hay consentimiento, como si acaso los tíos fueran una olla a presión o que no saben guardarse la polla y tener las manos quietas. Solo se detiene cuando escucha a un grupo de gente acercarse. Ella, asustada, aprovecha para salir corriendo.

Lorena B. tiene 22 años y es estudiante.

Entre el sentimiento de culpa y la vergüenza

“Me daba vergüenza todo lo que me había sucedido y mucha más vergüenza me daba contárselo a alguien. Quise contárselo a mi pareja, pero tenía miedo de que creyese más a su amigo que a mí. Por aquel entonces tampoco me propuse la idea de denunciarlo a la policía, tenía miedo de que me juzgaran por estar borracha, por no haber gritado pidiendo ayuda, por haber accedido a ir con él a mear y por otra gran cantidad de chorradas…”, comenta Lorena que, cuando aquella noche se reincorporó a su grupo de amigos y fingió que no ha pasado nada, no pudo evitar preguntarse: “¿le habré provocado?”, “¿esto ha pasado por mi culpa?” o “¿por qué siento que no debo contárselo a nadie?”.

Es más, durante mucho tiempo, se había señalado a sí misma como detonante de aquella situación y, hasta hace solo un par de meses, ha convivido con aquel episodio de acoso en el más estricto silencio. Hasta ahora que, con algunos años más y más herramientas para hacer frente al acoso sexual, rememora este violento episodio que marcó su juventud. En España, es la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres la que define, en su artículo siete, el acoso sexual como “cualquier comportamiento, verbal o físico, de naturaleza sexual que tenga el propósito o produzca el efecto de atentar contra la dignidad de una persona, en particular cuando se crea un entorno intimidatorio, degradante u ofensivo”.

No obstante, la legislación vigente funciona a veces como una herramienta demasiado lejana para muchas víctimas. Como queda reflejado en el testimonio de Lorena, una de las mayores dificultades que sufren las víctimas para denunciar es su miedo a que no las crean. Por eso mismo, el último estudio del Eurostat apuntó que España solamente registró 2,65 denuncias por acoso sexual por cada 100.000 habitantes, mientras que en países como Suecia la tasa de denuncias es de 56,88. Por desgracia, los interrogantes y la desconfianza son bastante comunes cuando una mujer señala a un acosador sexual y eso provoca que muchas de ellas opten por el silencio.

Parece que en una sociedad machista no basta con ser víctima de acoso sexual sino que además hay que aparentarlo. Mientras que a un acosador no se le exige que tenga una apariencia o una actitud concreta, ante una víctima, en cambio, la sociedad parece que sí espera que tenga algún tipo de trauma, que lo sucedido se muestre de alguna forma en su personalidad, en su relación en el sexo o que desarrolle una fobia hacia los hombres. Se le exige también que para que su testimonio tenga veracidad tiene que contarlo inmediatamente, aunque no le salga la voz y esté abrumada por el asco, la culpabilidad, el temor o la vergüenza.

El impacto del movimiento Me Too 

Pero estos mitos parecen agrietarse en el imaginario social a través de las reivindicaciones expuestas por diversas mujeres a través de Time´s Up (que dice algo así como “se acabó el tiempo”) y #MeToo. ("Yo también"). Muchas actrices de Hollywood como Natalie Portman, Jessica Chastain o Reese Witherspoon se han sumado a estas iniciativas con el objetivo de hacer jaque mate a la discriminación, el acoso y el abuso. Van cayendo del pedestal muchos hombres aclamados. En las últimas semanas, James Levine, director musical emérito de la Metropolitan Opera de Nueva York, ha sido despedido por acoso sexual y hace apenas unos días, los medios de comunicación compartían la noticia de que John Bailey, presidente de la Academia de Hollywood está siendo investigado por tres casos de acoso sexual.

Lorena B. cree que el hecho de que estas agresiones estén cada vez más presentes en los medios, además de ayudar a visibilizar el fenómeno del acoso sexual, permite que los hombres tomen conciencia de sus actitudes: “Creo que uno de los problemas es que en ocasiones ellos mismos no conciben algunas de sus conductas como acoso. Por otra parte estos movimientos abren una puerta al diálogo, a contar lo que te ha sucedido y desahogarte, a crear lazos con otras personas que se han sentido como tú en algún momento, a romper el tabú, a protegernos entre nosotras, a tomar la palabra y a empoderarnos”.

En una línea muy similar, Nuria González, de 22 años, también agradece la visibilización de este tipo de violencias a través de la popularización de Time´s Up o Me Too. Cree que ayudan a otras mujeres a reaccionar y defenderse. Cuando solo tenía 13 años fue víctima de acoso y abuso sexual. Era un día cualquiera para una adolescente cualquiera. Se había saltado unas clases del instituto junto a un grupo de conocidos y había decidido explorar un nuevo lugar donde permanecer durante el horario lectivo. En un momento dado, ella sintió como uno de ellos invadía su espacio personal y se la insinuaba.

Nuria con 15 años en el instituto.

“Le dije que me quería ir, pero ellos me dijeron que si no se la chupaba no me iban a dejar salir. Me entró el pánico, me puse muy nerviosa. Accedí y lo grabaron sin darme cuenta, o eso decían. Nunca salió el video, pero todo el mundo dijo haberlo visto”, relata Nuria. Su instituto denunció los hechos. Poco tiempo después, ella declaró y fue entrevistada por un forense. El caso quedó ahí. Lo único que supo después es que en su pueblo empezaron a llamarla puta: “No sé cómo lo superé, simplemente continúe con mi vida e intente olvidar”.

Ni monstruos, ni babosos: ¿machistas orgullosos?

Los acosadores sexuales son hombres que todavía contemplan a las mujeres como objetos que satisfacen sus necesidades, que están a su merced y que deben ceder a sus pretensiones bajo amenaza, chantaje, intimidación o coerción. Están presenten en los festivales de música electrónica, en la calle, en los pasillos de las grandes empresas o en el mundo del arte. Justo, sobre el acoso sexual en este último ámbito, reflexiona la crítica de arte y profesora de moda Marisol Salanova. Rememora el caso de Javier Duero, comisario independiente y productor cultural, que durante el pasado verano fue denunciado por la bailarina Carme Tomé por una supuesta agresión sexual durante el programa Residencias a quemarropa celebrado en el centro cultural Las Cigarreras en Alicante. Él fue apartado de inmediato. Ella trató asimismo de acabar con la impunidad compartiendo su testimonio a través de Facebook.

Han bastado solo unos meses para que la noticia caiga en el olvido, sin embargo, según Salanova, el caso de Javier Duero abrió la caja de Pandora o lo que era, dicho de otra forma, un silencio a gritos. Con ello, se ha puesto sobre la mesa algo que es más que una sospecha: aprovechándose de su poder y de la precariedad de las artistas, muchos hombres dentro del mundo del arte realizan comentarios e insinuaciones de naturaleza sexual y, si no son bien recibidas, culpabilizan a las alumnas y artistas de insinuarse: “Otras profesionales del medio no denunciaron, pero en privado han reconocido que les intimidó en algún momento de su carrera con tocamientos de índole sexual y mismos argumentos, una amiga incluso recibió un beso con lengua forzado que él acusó al alcohol y a que parecía que ella provocaba”, reconoce Marisol.

Marisol Salanova es crítica de arte.

Ella misma ha sido testigo de la actitud de Javier Duero cuando compartían entorno profesional: “El año que yo fui a la residencia y vi que él tenía trato privilegiado y las alumnas lo tomaban por incuestionable me quejé a la organización, no me callé, pero nadie hizo nada y al año siguiente se produjo la agresión a Carme Tomé”. Salanova evidencia dos cuestiones importantes que minimizan este tipo de violencia: el corporativismo y el compañerismo. Hay quien disculpa al agresor porque lo ven insensato, torpe o borracho, evitando así catalogar su actitud de violenta y machista.

Para Itziar Zamalloa, de 24 años, la hostelería es el sector donde más acoso sexual ha tenido que aguantar. “Tuve un jefe en particular que era un capullo. El primer día de trabajo empezó ya a decir frases como tienes unos labios para comértelos o a ver si hoy cerramos pronto y nos da tiempo a hacer el amor. Me llamaba a menudo a solas a la cocina para darme un abrazo y soltarme alguna cosa así. Muy listo, siempre en la cocina, sin testigos. Los días que me ponía muy borde me decía que ese día lo estaba haciendo mal, a ver si no iba a pasar el periodo de prueba”, cuenta. Ella trataba de ser cortante, de tragarse la sonrisa, pero reconoce que a veces era difícil manejar la situación: “Responder a un figura de autoridad en esos casos no es sencillo”. Tampoco guarda buen recuerdo de los clientes. “Se pasan la vida tras la barra comentando si les pareces agradable a la vista o no. Te ven como una belleza de consumo”, comenta.

Itziar Zamalloa tiene 24 años y estudia sociología.

Visto lo visto, no hay duda de que, por desgracia, sigue existiendo un estigma sobre la víctima. Posiblemente ahí está el reto para nuestra sociedad: hay que dejar de cuestionar a la víctima, evitar minimizar lo que ha sufrido y dar la oportunidad de que se exprese. Algunas víctimas necesitarán más tiempo que otras para entender que lo que han vivido se llama acoso sexual, para encontrar palabras y fuerza para contarlo, para comprender que no es culpa suya. Hablamos, al fin y al cabo, de violencia e intimidad, de cómo los acosadores sexuales se valen de su poder, fuerza y prestigio para no solo abusar de una víctima sino también para hacerla extremadamente vulnerable en su silencio. Y, si algo ha quedado claro tras el Me Too, es que ya es hora de romper tanto silencio y gritar bien alto.