No regales muñecas

Uno de cada cuatro juguetes vendidos en España son individuos de plástico en busca de una madre

Tenemos que admitir algo: de pequeñas, también jugábamos con muñecas. Al menos todas mis amigas lo hacían. También jugábamos a vóley, nadábamos en la playa y hacíamos cabañas en los árboles. Pero sobre todo jugábamos con muñecas. En mi caso, hasta tuve la suerte de tener dos muñecas tamaño real, mis hermanos pequeños, gemelos, que nacieron cuando yo tenía cinco años (y medio). Jugar es idealizar. Es tu momento para convertirte en lo que tú quieres ser cuando tus piernitas y tu incapacidad para salir sola al mundo te impiden tomar de verdad la iniciativa. Y nosotras jugamos con muñecas.

España es un país de muñecas. Uno de cada cuatro juguetes que se venden en el país es un individuo de plástico en busca de una madre. Es un negocio de 1.600 millones de euros al año. Ocho de los diez juguetes más vendidos. En Francia o Italia son solo el 7% del negocio de los juguetes. La diferencia puede responder a varios motivos, uno de ellos es puramente económico, ya que el levante español tiene una industria de muñecas muy potente (allí está, por ejemplo, Famosa, la más grande de todas), pero esta abundancia se suma a todos los demás pesos con los que crecen las niñas y de los que tendrán que deshacerse para conseguir igualar sus derechos con los de sus amigos y hermanos. Y por mucho feminismo, la tendencia sigue así.

Las madres feministas se desesperan, pero confían en poder educar niñas feministas, aunque lo único que pidan es ver cada día Frozen II. Pero, ¿por qué tienen que existir tantas muñecas que lo único que hacen es come, llorar y mear?

Los monos con camiones, las monas con muñecas

Cada vez que queremos saber algo sobre los seres humanos es útil echar un vistazo al comportamiento de los monos, porque a ellos nadie les ha enseñado que jugar con muñecas es cosa de niñas. Sin embargo, un estudio publicado en 2002 demostró que a los monos les gusta jugar con camiones y a las monas... ¡con muñecas! Los juguetes que se consideran más neutros, como un perrito o un libro para colorear, atraían a las crías de mono de ambos sexos.

Unos años más tarde, en 2008, el estudio se repitió con macacos y la conclusión fue ligeramente distinta: los machos elegían juguetes tradicionalmente preferidos por niños, mientras que las hembras querían jugar con todo tipo de juguete. Tercera evidencia: las chimpancés se construyen sus propias muñecas, ¿por qué? La teoría dice que la evolución les ha enseñado a hacerlo para convertirlas en mejores madres. Cogen palos de la selva y los cargan, los cuidan y les dan teta.

La cuestión es cargar con algo, siempre, hagas lo que hagas.

Todas madres, menos Barbie

En 1959 apareció la primera muñeca que no se cuidaba como a un bebé fue Barbie y encontrar la manera de hacerlo no fue fácil. Al verla, Ruth Handler, su creadora, dijo palabras: "¿son pezones?". El diseñador se sacó una lima del bolsillo y se los borró. Le dejó unos senos abultados, pero desexaulizados. Aun así, el documental The toys that made us (Netflix) cuenta lo difícil que fue convencer a los vendedores (hombres, claro) de que el objeto sería un éxito entre las niñas estadounidenses. Ellos la veían como a una mujer, mujer. Es decir, como a una prostituta. A las madres les pasaba lo mismo.

Pero el click vino cuando consiguieron que las niñas vieran a Barbie como la joven que todas querían ser. Guapa, arreglada e independiente, pero no por mucho tiempo. Uno de los primeros complementos que se creó para la muñeca fue un librito de dos centímetros que por una cara decía: "¿cómo perder peso?" y por la otra "deja de comer". El siguiente complemento fue Ken. Eso acabó de convencer a las madres: era peor tener a una hija sin casar que a una hija sexualizada. Compraron el pack y Barbie se convirtió en la muñeca de los mil millones de dólares. El truco estaba en no casarla nunca porque eso, en la cabeza de todo el mundo, era irreversible y se acababa el personaje. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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La excusa de Mattel ha sido siempre que Barbie demuestra que las niñas pueden ser mucho más que cuidadoras y amas de casa, pero es falso. Las profesiones y los outfits, inspirados en las colecciones de los mejores diseñadores y siempre rematados por detalles de la moda de cada época (pestañas postizas en los 60, un bronceado ideal en los 70, melenas flúor en los 80) estaban diseñados para convertir a las niñas en amas de casa, pero más infelices y frustradas. Todos los complementos de Barbie, también su profesión, la convierte en la esposa perfecta. Una Betty Draper (Mad Men) en cada generación.

Da igual si al final los tiempos han obligado a crear Barbies más bajitas, más morenas y hasta no binarias. Barbie es la antecesora de esas mujeres que describe Jia Tolentino en su ensayo Always optimizing ("optimizando siempre", de su libro Trick Mirror, que publicará Temas de Hoy en unos meses en España). Bajo la excusa del feminismo, las mujeres trabajamos, nos matamos en clases carísimas de gimnasio, comemos bols de lechuga mientras contestamos correos electrónicos y luego llegamos a casa, exhaustas pero con una sonrisa (blanca, por supuesto) para ser esposas y madres ejemplares. Recuerda: siempre fit, siempre, guapa, siempre contenta, siempre power, siempre "de" alguien, siempre una versión mejor de ti misma.

La realidad

La realidad es que por mucho que juguemos con muñecas, las mujeres en España lo tenemos muy crudo para ser madres perfectas. Para ser madres, en general. Noemí López Trujillo explica en El vientre vacío (Capitán Swing) cómo esa ilusión se va secando a medida que llegas a los 30, pasas esa edad y ves cómo tu cuerpo envejece, pero sigues sin poder ser madre. "Mis pechos ya tienen grietas como si hubiese dado de mamar. Y mi tripa se hincha como si fuésemos dos", escribe. Te haces mayor, pero si a duras penas consigues sobrevivir con lo que ganas, cómo vas a mantener un bebé. Las muñecas nos convierten en (no) madres frustradas. 

"Nos venden la maternidad desde pequeñas y aunque reconozca la dimensión cultural de este deseo, no hace que mi deseo se extinga", cuenta la periodista. A medida que cae la natalidad, aumenta también el gasto medio de juguetes por cada menor. Los pocos que hay se lo llevan todo: hijos únicos, nietos únicos a quienes darles todo para que tengan una infancia lo más parecida posible a la nuestra (imposible). "Estamos abocados a dar unos bienes materiales para compensar las ocho o diez horas que nos pasamos trabajando", apunta.

Las niñas seguirán jugando con muñecas, aunque representen a Frida Kahlo o Marie Curie. El feminismo no amenaza a la industria. Ni la industria, en sí, debería amenazar al feminismo. Pero sí que son un peso más con el que seguimos cargando. Probar, durante un tiempo de no dar a las niñas las muñecas que quieren nos ayudará a descubrir qué otras cosas quieren probar. Como las macacas, seguro que si tienen opciones, las aprovecharán. Cuidar es precioso y por suerte es un atributo que compartimos los seres humanos, pero alimentar desde la intimidad las desigualdades que impulsa la industria es un error. ¿Abolicionista de las muñecas? No, pero los niños tienen mucha más diversidad de juguetes que las niñas. Mejor si los comparten.