'Érase una vez en... Hollywood' no te sacia pero sí te deja con ganas de más Tarantino

La penúltima película del director es para cinéfilos, pero es una oportunidad de ver a Brad Pitt y Leonardo Di Caprio actuando juntos por primera vez, con el trasfondo del asesinato de Sharon Tate a manos de Charles Manson

A Tarantino lo solemos esperar como si nos fuera a salvar el año, pero esta vez, el hype era tal que parecía que venía a salvar Hollywood, la caja mágica de donde salieron nuestros sueños de infancia y que tan acabada le parece que está. Reunió a Brad Pitt y a Leonardo di Caprio, fichó a una impactante Margot Robbie, sumó nombres clave como Al Pacino y hasta Luke Perry, el guaperas de Sensación de vivir, a quien tanto han echado de menos en el remake que acaba de salir de la serie estrella de los noventa, tras su muerte hace unos meses.

Es su película más cara, las ambiciones apuntaban alto, él mismo dijo que iba a estar al nivel de Pulp Fiction (Palma de Oro en Cannes en 1994) y a medida que la vas viendo te crees que Tarantino sigue jugando contigo y que lo mejor lo deja para el final. Pero Érase una vez en... Hollywood es una película que se le escapa. A pesar de ser un homenaje a su vida, el cine made in L.A., las películas de serie B de todas las generaciones y todo lo que él echa de menos, Érase una vez en... Hollywood es ligera, y ese no era un rasgo suyo. Te quedas como cuando tienes mucha hambre, llevas un montón de rato hablando de comida y cuando por fin tienes el plato delante, con una pintaza, comes, pero por mucho que comas no te acabas de saciar. 

Con tanta canción de amor al cine clásico y tanta nostalgia, la película acaba siendo un compendio de cortos, un continuo abrir y cerrar puertas para ver qué hay aquí y allá, pero sin acabar de entrar a ninguna habitación para quedarse hasta el final. Cada uno de esos cortos, eso sí, son píldoras preciosas que, si te dejas, te encandilan durante casi tres horas de película: la ilusión de ver a Brad y Leo siendo amiguitos y cuidando el uno del otro estando en las malas, el glamour de los años sesenta, el LSD y los hippies que tanto odia, pero que le acaban dando las mejores escenas de la película, los neones de carretera al atardecer y una banda sonora más populista que de costumbre, pero igualmente sofisticada. Y, sobre todo, de trasfondo, el asesinato de Sharon Tate a manos de La Familia de Charles Manson, la efeméride del año, y un juguete para un amante de las escenas de sangre como él.

Érase una vez en... Hollywood, lo hemos oído una y otra vez, es la novena película de Tarantino. A la décima, ha dicho desde el principio, deja el cine. Viéndolo así, parece que desde ya está preparando su retirada y es normal que se pierda en su propia nostalgia. Dicen que la película es para él (sus personajes actores extasiados viéndose sus propias películas), en primer lugar, para directores de cine, en segundo, y para cinéfilos, en tercero. Tal vez por eso no acaba de terminar. Y tal vez por eso, para el gran público está preparando una versión extendida que sacará en Netflix. Son unos cuantos rodeos antes de despedirse de todos nosotros. Esperemos que lo haga, esta vez sí, a la altura de sí mismo.