Qué nos enseña el boxeador trans que empezó a pelear para poder abrazar mejor

Hablamos con el boxeador trans Thomas Page McBee, para reflexionar sobre la masculinidad tóxica, la psicología del boxeo y el camino dentro del deporte siendo trans

Thomas Page McBee, el primer boxeador trans en competir en el Madison Square Garden de Nueva York, ha tenido que desafiar muchos obstáculos para llegar al ring que se relaciona con la división del boxeo. El primero, ser asignado como mujer en su nacimiento. El segundo, darse cuenta de que lo que él creía que era “ser hombre” estaba relacionado con comportamientos tóxicos que le hacían sufrir, y que tocaba librarse de esos pensamientos. Hemos hablado con él sobre la identidad masculina y el género en el deporte, dos de los temas que vertebran su nuevo libro, Un hombre de verdad.

El boxeo, ¿un deporte de violencia?

Uno de los principales objetivos de Page es desmontar tópicos. Aunque para el público general, el boxeo y el resto de los deportes de lucha son focos de violencia donde se reafirma la masculinidad más agresiva y rancia. Él no cree que sea así. “Realmente vi que la masculinidad tóxica se reproducía más en mi entorno cotidiano que en el boxeo”, explica. “En el boxeo descubrí unas emociones que socialmente no me habían permitido tener”.

Gracias al deporte, Page se adentró en su propia psicología y en la de sus compañeros de una forma de la que antes no había sido capaz. “Encontré intimidad, afecto, apoyo, complicidad. Estábamos trabajando juntos hacia una meta, nos apoyábamos”. Sobre el ring estás solo: eres tú contra otro. “Ahí no puedes cubrir tus debilidades, así que cuando entrenas junto a otros, acaban viéndolo todo sobre ti, incluidos tus bloqueos emocionales y psicológicos”.

En este ambiente de complicidad y compañerismo, Page descubrió que se podía tener una intimidad muy sana y positiva entre hombres. La masculinidad, por lo tanto, no era inherentemente tóxica. “La masculinidad tóxica tiene que ver con las expectativas sociales. Se les enseña a los hombres a ser dominantes, a no enseñar debilidades o emociones, a no tocarse con otros hombres o tratarlos con cariño. Me di cuenta de que ni el boxeo ni la masculinidad son tóxicas, pero que había una toxicidad en mi vida y que salía de algún lado”, recuerda.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Cómo la masculinidad tóxica perjudica (y beneficia) a los hombres

El punto crítico fue cuando murió su madre. “Estaba de luto, y estaba enfadado porque sentía que no podía expresar ninguna emoción que no fuera rabia. Me decían ‘sé fuerte’, ‘no deberías estar triste’, ‘no llores’. Me estaba frustrando, se me decía constantemente que era mejor ‘ser fuerte’ que honesto conmigo mismo. ¿Por qué un hombre no puede demostrar estos sentimientos?”, recuerda.

Un día, haciendo una foto con flash a un restaurante, un hombre salió de un coche y le preguntó si le estaba haciendo fotos. “Sabía que le daba igual la respuesta, solo quería pelea. Pero es que yo también estaba lleno de ira y rabia”, confiesa. Empezó a preguntarse que por qué le pasó eso. Por qué se sentía así. Le dijeron que “así son los hombres”, pero esa respuesta no le satisfacía. Por eso, empezó a escribir su libro, para entender la masculinidad tóxica que vivía cotidianamente, de la cual solo podía huir en el ring. “Eso es porque en el boxeo no hay nada que demostrar, no hay que reafirmar la masculinidad en un deporte tan masculino y supuestamente violento”, le explicó un sociólogo que consultó durante la documentación para escribirlo.

Código Nuevo

Pero aunque en el boxeo se rehuya de esta toxicidad, la masculinidad tóxica te absorbe en tu día a día y puede acabar destrozándote. Un ejemplo de un boxeo que lo sufrió es Mike Tyson, una persona que “fascina” a Page: “se crió en un ambiente muy tóxico, no tuvo amor ni afecto de pequeño. Recibió bullying por su peso, por sus conductas ‘afeminadas’, sufrió mucho. Al final, dedicó su vida a entrenar y luchar, sin recibir ningún tipo de educación emocional. Es imposible no ver una conexión entre el hombre que le dijeron que fuera y el hombre en que se convirtió”, explica.

Por supuesto, toda esta carga emocional que trae consigo la masculinidad tóxica va recompensada por un ascenso social. Lo que se define como patriarcado, el sistema que eleva a hombres y margina a mujeres. Él lo vivió después de haber transicionado. “Tenía unos privilegios de los que no me daba cuenta, podía andar por la calle a altas horas de la noche, sentía que me escuchaban más, […] que conseguía ascensos y progresión profesional con más facilidad”. Cuando empezó a ser leído socialmente como hombre, la sociedad lo premiaba y celebraba con más facilidad por el mismo esfuerzo.  

La inclusión trans en el deporte

Aunque los hombres trans tienen más ventajas sociales que las mujeres trans —“porque los hombres trans tienen más ‘pase social’ [no parecen trans] y entonces gozan de más ventajas que las mujeres, que no siempre tienen tanto 'pase'”, añade Page—, en el deporte se cree que estas ventajas no existen, sino que ambos sufren una discriminación profunda. “Tuve que recalcular mi centro de balance, porque mi cuerpo había cambiado”, explica sobre el boxeo tras su transición. Era un cuerpo con una nueva forma, así que debía volver a entrenarlo para conseguir llegar a pelear en el ring.

Pero los problemas para las personas trans en el deporte no solo están determinados por volver a adaptarse un cuerpo que está en proceso de cambio, a menudo en plena vida adulta. También sufren la politización de sus cuerpos. Se los acusa de tener ventajas biológicas, que deben regular y modificar sus cuerpos para adaptarse. “Algo irónico teniendo en cuenta que en el deporte tener cualquier tipo de ventaja natural es, supuestamente un bonus”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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El caso de Caster Semenya, una atleta que genera mucha testosterona y que ha sido obligada a reducir estos niveles para seguir compitiendo, revela mucho sobre esta politización del cuerpo que sufren mujeres y trans. Aunque tiene esta ventaja biológica, “se la ha obligado a inhibir su producción natural de hormonas bajo la amenaza de no volver a competir. Están haciendo política a través de su cuerpo, al igual que pasa cuando hombres legislan contra el aborto u obligan a personas trans a cambiar su cuerpo para acceder al deporte”. Page, además, añade que muchas mujeres trans “producen menos testosterona que mujeres cisgénero”, así que “si crees que la testosterona es una ventaja, las trans no son una amenaza”.

“Somos el 1% de la población”, y aun así a cada nuevo caso de deportista trans se crea polémica, denuncia Page. Él achaca este fenómeno a la transfobia social, que nace como un mecanismo para preservar el poder de unas élites: “las personas trans son una amenaza al status quo. Al sistema binario que premia a los hombres y castiga a las mujeres”, denuncia. Las personas trans rompen con este binarismo, desafían el género que les fue impuesto y el sistema en el que se criaron. “Somos una amenaza al poder, y por eso se intenta invisibilizar nuestra existencia y cerrarnos puertas”, concluye.