Si eres gordófobo lo más probable es que también seas clasista

La obesidad se reproduce con mayor frecuencia en los barrios obreros y precarizados. No se puede hablar de sobrepeso sin mencionar la desigualdad económica y social

Caminando por los bulevares de las grandes metrópolis, como París o Londres, encontrarás todo tipo de tiendas de moda, cafés, restaurantes o personas. Pero hay algo que prácticamente no verás: gente con sobrepeso. La gordura está íntimamente ligada a la pobreza, la precariedad y la marginalidad, y muchas veces queda relegada a la periferia de las grandes ciudades. Los activistas contra la gordofobia ya lo han detectado y advierten: para hablar de sobrepeso se tiene que hablar de injusticias y desigualdad.

La gordura tiene más peso en las clases bajas

Gabrielle Deydier, autora de “No se nace gorda”, reflexiona sobre este tema en Píkara. Asegura que, en Francia, la obesidad es más alta en los barrios obreros con más paro. Según las estadísticas que recoge el magazín, las regiones más empobrecidas del sur y del norte, más allá de los barrios obreros de la metrópolis, tienen una prevalencia de sobrepeso mayor que la media nacional.

Las estadísticas también encuentran relación entre obesidad y dificultades sociales. Descubren, por ejemplo, que cuantos menos estudios más facilidad tiene la persona para adquirir obesidad. Carlos Ríos, nutricionista y creador de Realfooding, añade que “personas con más problemas para llegar a fin de mes, van a tener una mayor ansiedad que también va a derivar en buscar placer con ultraprocesados de alta palatabilidad”. El contexto socioecónomico, por lo tanto, es especialmente determinante en los hábitos alimenticios.

Dora Romaguera, doctora y nutricionista, confirmaba a El País que, en efecto, “la obesidad hoy en día es un problema que afecta a los más pobres. Esto se debe a que los alimentos altamente procesados son los más baratos”. Ríos coindice: “los productos ultraprocesados tienen precios muy bajos ya que sus ingredientes son económicos y permiten una comercialización barata”.

La escritora británica Kathleen Kerridge expuso este problema en un videoblog que explicaba que con tres libras puede comprar salchichas y patatas, mientras que por la misma cantidad apenas podía comprar verduras para hacer un plato. “Harás lo que sea para que tus hijos no te digan ‘mamá, tengo hambre’, y si con patatas fritas los alimentas y con brócoli no, comprarás las patatas”.

Sin embargo, Ríos cree que el argumento de Kerridge es matizable. Aunque los alimentos naturales tienen un precio más alto, también “tienen mayor poder saciante a igualdad de cantidad que los ultraprocesados”. Por ejemplo, un euro de manzanas te da para varias meriendas porque llena, mientras que un euro de cruasanes solo sacia un antojo. “Si hacemos cálculos, el dinero que pagamos por cada producto con el tiempo que nos dura, hace claro ganador en este caso a las manzanas como más "económicas" ya que "la comida real alimenta y sacia”.

La falta de tiempo

El investigador Alejandro Cerda añade que el abuso de los alimentos preparados no es solo cuestión de precio, también entra en juego la falta de tiempo. Para las familias que por situaciones laborales precarizadas ocupan todas las horas del día en largas jornadas de trabajo, apostar por comidas rápidas y preparadas es lo más sencillo. Concluye Cerda que “no es que la gente no sepa qué comer, el problema es que no tiene [ni tiempo ni recursos económicos] para hacerlo bien”.

Pero Ríos se propone desmontar el mito de la comida saludable como lenta, “se puede comer saludable y además sin necesitar mucho tiempo de preparación”. Sin embargo, la industria alimentaria, que cuenta con un gran poder e influencia en los medios, logra vender el fast food como la única alternativa rápida. “Una pizza precocinada en el horno es más lenta que abrir una bolsa de hojas, picar un tomate, añadir un bote de legumbres cocidas y aliñar”, asegura Ríos.

En definitiva, falta cultura alimentaria, y no hay nadie que la promueva. Explica Ríos que, además de una industria que presiona para que se consuman sus productos artificiales por encima de los más sanos y naturales, “los organismos públicos no fomentan la compra o el consumo de comida real”. En este punto coincide con Kerridge que denuncia la dejadez de las escuelas y los organismos de salud en proponer alternativas a estas dietas rápidas. Asegura que, como es principalmente un problema de personas pobres, nadie lo tiene como prioridad. “Falta empatía hacia las personas pobres”, concluye.

La gordura también es heteropatriarcal

Pero no solo influye la precariedad económica en la obesidad. Además de ser “un problema de pobres”, es también uno de género, ya que la obesidad afecta con más incisión en los colectivos minorizados, como el trans o las mujeres. El estrés de las minorías es un factor potencial de desórdenes alimentarios, entre los que se incluye la obesidad. Un 16% de personas trans ha sido diagnosticada con problemas de peso, derivados de la exclusión social, que les dificulta el acceso al mundo laboral y a la independencia económica. Estos factores derivan en estrés y ansiedad, y sus consecuentes en alteraciones físicas en la salud y el peso.

Cuanta más presión social sobre un colectivo, más tendencia a la obesidad tiene. Estadísticamente, el colectivo trans es el más afectado, seguido por las mujeres y las personas de orientación sexual disidente, y con los hombres heterosexuales cisgénero en el otro extremo de la balanza, con los datos más bajos de sobrepeso.  A la vez, no es ningún secreto la presión estética afecta con más fuerza a las mujeres, lo cual aumenta la ansiedad y la culpa interiorizada por el sobrepeso.

Combatir la gordofobia es combatir la aporofobia

En este contexto, surge el debate sobre la gordofobia. Como ya hablamos en un reportaje anterior, la etiqueta curvy y el movimiento body positive pretenden despertar conciencia y empoderar los cuerpos no-normativos. Sin embargo, hay mucho más que estética y patriarcado tras el desprecio hacia los cuerpos con sobrepeso. También se esconde la aporofobia (es decir, discriminación a las personas pobres).

Por lo tanto, si la obesidad y el sobrepeso se dan por patrones que se repiten la mayoría de casos en ambientes pobres, obreros y precarizados, la lucha contra la gordofobia también es contra la marginalidad y el clasismo. Como aseguran activistas como el colectivo francés Gras Politique (Grasa Política), las personas gordas son relegadas a “ciudadanos de segunda clase” y son sometidos a “un ciclo de precariedad y abandono por parte de la sociedad”.  

En este contexto de invisibilidad en las instituciones, que tienen conocimiento de la relación entre pobreza y gordura pero no hacen nada para paliarlo porque “es un problema de pobres”, estos movimientos a favor de los cuerpos no-normativos surgen para que las personas con sobrepeso no sientan que el sobrepeso es “su culpa”, sino que está condicionado por muchos motivos, muchos de los que se escapan de su control.

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Apostando por educación, concienciación y dignificación de las clases precarizadas se puede revertir la tendencia al alza de la obesidad de los últimos años. Los colectivos contra la gordofobia ya han denunciado el rol que la administración pública debería cumplir y que está ignorando sistemáticamente. Mientras tanto, seguirán luchando por evitar los prejuicios a un colectivo que sufre una presión multifactorial: estética, socioeconómica y, en la mayoría de casos, de género.