"En el matadero cada día es un combate para demostrar que eres un hombre"

Mauricio García Pereira trabajó en una cadena donde se sacrificaban cientos de animales al día. Lo que sigue es su testimonio, sacado de su libro "Maltrato animal, sufrimiento humano" (Península) y de una entrevista con Código Nuevo

"¡Bienvenidos al mayor matadero municipal de Francia! ¡Aquí nos ocupamos de más de mil trescientos ejemplares de vacuno a la semana, el mismo número de corderos y un millar de cerdos, por lo menos!", exclama Valèrie, responsable de higiene del matadero de Limoges (Francia) durante mi primer día allí. Tardé varios años en entender cómo funciona la cadena en su totalidad. He visto a tipos llorando en el trabajo, cerrando con fuerza los puños para no matar a un jefe, un trozo de tráquea palpitar en el suelo durante casi 15 minutos, a pequeños terneros inanimados en la bandeja de los desperdicios destinados a la incineración.

Mientras la sangre fluye a raudales, Marc, encargado de arrancar las vísceras rojas (hígado, riñones, pulmones y corazón) de las entrañas bovinas, me explica en qué consiste el trabajo. Si me llegas a proponer un contrato en un matadero a los 25, 30, 35 o 40 años, me río en tus narices. Pero a los 42 ya no tenía alternativa si quería pasar la pensión para mis hijos y tener un lugar para vivir. Empecé por necesidad. Estaba en la calle, llevaba dos años separado de la madre de mis hijos y estaba solo en Francia, viviendo en pisitos y encadenando trabajos temporales.

El ritmo hace que todos los empleados estén al borde de sus fuerzas. Muchos beben, incluso en los servicios veterinarios algunos hincan el codo allí mismo desde las seis de la mañana. Cuando entiendes que no eres más que un pobre operario de mierda, un tipo insignificante que chapotea en la sangre y la mierda, se te saltan las lágrimas. Si cortas mal, la sangre del animal te salta a la cara y te irrita los ojos durante horas. Por la noche nos asaltan las pesadillas, sin tregua. Soñaba a menudo con vacas vivas a las que desangramos, sangre a raudales. Me despertaba en medio de la noche, cubierto de sudor y completamente aterrorizado. Después de pasar dos o tres noches así solo esperas una cosa: que llegue el fin de semana para emborracharte hasta perder el sentido. Necesitas reventarte la cabeza para poder dormir sin sueños. En invierno, los árboles en torno al matadero están llenos de cuervos.

Durante siete años escuché centenares de veces la frase "¿Eres un hombre o un marica?", sobre todo al principio. Cada día es un combate, debes demostrar que eres el más fuerte. Un médico me acabó declarando no apto para seguir trabajando allí. Fue entonces cuando un día, mientras tenía las noticias de fondo, oí hablar de L214, que ahora en Francia son tan conocidos como Greenpeace. Hasta entonces, nunca había oído hablar del veganismo, pero decidí hablar. Mostrarlo todo en vídeos a través de esa organización. Mi testimonio provocó un escándalo tan grande en el país que en las últimas elecciones europeas fui candidato por un partido animalista.

Del sadismo al asco

Soy un amante de la carne y no lo oculto: siempre lo he sido y sin duda lo seré toda la vida, aunque mi consumo ha cambiado radicalmente. Durante meses, intenté sustituir la carne por filetes de soja y tofu: ¡me costó siete días en el hospital! El régimen vegano ha terminado para mí, aunque respeto mucho esa filosofía de vida y, definitivamente, he cambiado mi forma de comer. En los últimos meses no he consumido carne de mamífero (ternera, cerdo o cordero) y mucho menos de animales lactantes. Como gallego, mi dieta era muy española, y sigo comiendo algo de pescado y de carne blanca, como el pollo, pero de forma excepcional y de granja, nunca de jaula. Unos mejillones o unas ostras con un buen albariño no me las quita nadie, pero el matadero fue una experiencia muy dura.

Está demostrado que no tenemos ninguna necesidad de comer carne cada día, así que tengo el proyecto de abrir el año que viene un restaurante vegetariano y vegano en Limoges, una zona donde las vacas son el orgullo de la región y donde todos se ponen de rodillas ante los mayoristas: el Ayuntamiento, los granjeros, los veterinarios, los veterinarios y sobre todo los obreros, que hacemos el trabajo sucio para ellos. Tú puedes llegar al matadero con tu cordero y volver a buscarlo descuartizado unos días después. Te lo llevas en el maletero del coche. Sin frigorífico ni leches.

Crecí en una granja en Galicia, pero por aquel entonces, la carne era un lujo. Ahora es obscena la cantidad de carne que se come, se anuncia. Nos bombardean con ofertas de restaurantes de comida rápida, de carne y de más carne. Al salir del matadero, volví a perder el apartamento bonito en el que llegué a vivir por trabajar allí, pero volvería a hacerlo mil veces. No me arrepiento de nada.

***Testimonio, sacado del libro "Maltrato animal, sufrimiento humano" (Península) y de una entrevista con el autor