Por qué amas tanto a tu perro pero te comes a los cerdos

Disociación. Humanización. Racionalización. La mente encuentra la manera de protegerse de todas esas emociones negativas que provoca la cara oculta de la ganadería

¿A cuántos cerditos equivale una gata british shorthair? ¿Cuántos pollitos son necesarios para alcanzar el valor que tiene para nosotros, como seres humanos, gobernadores del reino animal, un cachorro de bóxer o un precioso golden retriever? Las matemáticas precisas las desconocemos, pero existe una certeza innegable: hay animales premium y animales low cost en nuestros corazones. Solo bajo esta premisa podemos entender que haya animalistas dispuestos a matar por sus mascotas y las mascotas ajenas y, al mismo tiempo, se pongan finos a filetones sin atisbo de remordimiento.

Disociación o los filetes mágicos

A mí, que tanto me gusta hurgar en las heridas, me ha dado por preguntarle a esos 'Dr. Jekyll y Mr. Hyde' de los animales cómo viven esa contradicción moral. Y el argumento más repetido alude a una especie de disociación entre filete y animal de origen. "Yo cuando tengo el filete delante solo veo un filete. No me siento partícipe de la muerte de un animal porque veo un producto y tendría que hacer un esfuerzo consciente para asociarlo al animal y que me generase un conflicto", dice el tarifeño Alejandro Santos, cuyo gigantesco y peludo mastín Toscano campa a sus anchas por el pueblo.

Alejandro y Toscano | Alejandro Santos

Para Gerardo Castaño, psicólogo humanista, esta ausencia de correlación mental entre comida y animal tiene un origen totalmente cultural. "La mayoría de personas no ha sido testigo de una matanza ni ha visitado un matadero. Mucha gente sería incapaz de comerlos si supieran cómo se han obtenido. Pero están desconectadas del proceso. No conectan su gato Bigotitos con un solomillo. El sistema capitalista, mediante la publicidad, ha ocultado la cara B del negocio". De ahí que en los famosos anuncios de Campofrío salga de todo menos los pobres cerdos que dan lugar al producto.

Las palabras de Celia Almaraz,otra amiga enamorada de su instacat, refuerzan todo esto: "Siento mucha empatía por mi gato y por los animales en general. Pero no encuentro ningún animal en ese filete que me como. Si viese cómo le cortan la garganta mientras grita y sufre no me lo comería. Pero no veo ese proceso, no soy consciente de él. Si únicamente pienso en ello no lo visualizo tanto. Es como si no fuera real. Como si no estuviesen conectados ese filete y ese cerdito tan mono. Hay un punto roto en la cadena que los conecta en mi mente. Uno que solo me permite verlo como un alimento sin más".

Celia y Tigy | Celia Almaraz

Humanización o los animales guays

Existen los animales más "humanos" y los animales más "bestias". O al menos en nuestras mentes. Alex Delgado, un milenial que acababa de perder a su gata días antes de esta entrevista, fue quien mejor lo explicó: "A los perros y a los gatos los vemos más humano. Más parecidos a nosotros. Les atribuimos características humanas como la lealtad o la cariñosidad. Y a los otros animales los alejamos de nosotros para sentirnos un poquito mejor por matarlos y comérnoslos". Mientras damos personalidades a perros y gatos, limitamos a cerdos o vacas al estatus de meras criaturas vacías.

"Todo lo que sea dar tridimensionalidad nos descubre nuevos puntos de vista y nos ayuda a empatizar y entender mejor a otras personas. Y en el caso de los animales no es muy diferente", cuenta el psicólogo Gerardo. Y esa humanización tiene que ver, según el psicólogo, con la cantidad y calidad de contacto con esos animales. La mayoría, salvo ganaderos y Frank de la Jungla, hemos pasado menos tiempo con cerdos, vacas o pollos que con nuestras abuelas de Cuenca. "Esa falta de conocimiento hace que, mientras te resulta difícil pensar en comerte a Lassie, sí podrías comerte a un cerdo", añade Gerardo.

Alex y Kiara | Alejandro Delgado

Negación/racionalización o los corazones blindados

"Yo personalmente si viera cómo matan a una vaca o a un cerdo me dolería igual que si veo que se cargan a un perro o a un gato. Seguiría sintiendo empatía. Pero son contradicciones que normalizamos. Sabemos que los animales que comemos también sufren, pero ojos que no ven, corazón que no siente. Casi no te paras ni a pensarlo", cuenta Juan Miguel Picó, dueño de un perro y de un gato. La pregunta es: ¿por qué resulta tan sencillo ese mirar hacia otro lado, ese apagar las emociones? "Porque evitar sentir es lo que mejor se nos da", contesta Gerardo muy convencido. ¿Pero tan bien?

Según me explica el psicólogo, el proceso de socialización es bastante eficiente a la hora de alejarnos de lo emocional. Ya desde pequeños vamos interiorizando qué emociones son apreciadas y cuáles no. Lo más complicado es detectar esa autocensura que vamos forjando. Porque en el momento en que automatizamos algo no vuelve a pasar por nuestra cabeza para ahorrarnos recursos. Es una carpeta cogiendo polvo. Y si hay algo, como esos vídeos de mataderos, que puedan  desempolvarla y hacernos reflexionar sobre ello de nuevo, ni siquiera lo vemos. Simplemente sientes que 'no te apetece' o que 'ahora no'.

Juan Miguel, Cele y Gattuso | Juan Miguel Picó

Pero además de negación, otro fenómeno psicológico toma partido en esta evitación emocional: es la racionalización, causante de que alguien con gran empatía llore ante la historia de Sota pero se mantenga intelectual y poco emocional al pensar en el sufrimiento de animales de granja. "Es una forma de justificación. Una defensa, algo que nos aleja de nuestro sentir porque es difícil aceptar una realidad tan contundente. En lugar de poner en marcha las emociones, salta el cerebro al rescate. Pone distancia de por medio. Y así nos anestesiamos". Hasta que llegamos los pesados de Código Nuevo y te recordamos que vives en una hipocresía constante.