Suéltalo de una maldita vez

Te aferras. Te aferras a esa relación condenada desde hace tanto tiempo. Sabes muy bien que no funciona pero eliges quedarte una y otra vez. Quizá te aferras a tu ex. O a ese amor que nunca conseguiste o que nunca conseguirás. Te aferras al dolor y lo aprietas fuerte contra tu pecho. No piensas soltarlo. También te aferras a esa versión de ti que siempre soñaste. No llegó, eres otra, pero sigues buscándolo con toda tu alma. No te conformas contigo. Quieres más, mejor, diferente.

El trabajo perfecto, el cuerpo canónico de influencer fitness de Instagram y los noventa y siete países que deberías haber visitado ya según los cálculos de la sociedad sobre el buen milenial. También te aferras a toda esa mierda. Te aferras a lo que te falta, a lo que no es, a lo que querrías que fuese, a lo que nunca será. Te aferras a esa vocecita tuya que te repite como un tocadiscos jodido que las cosas deberían ser de una forma concreta. Así, joder, así. Pero el universo no atiende a tus caprichos.

Lo ves, lo sabes, pero sigues esperando que eso cambie. Que todas las moléculas del cosmos entiendan de pronto que deben moverse de la manera exacta para cumplir con todos esos cuentos y películas que te montas justo antes de dormir. Pero no, eso no ocurrirá. Seguirás flotando en esa mezcla de ansiedad y desánimo que provoca la eterna rueda de las expectativas y las frustraciones. Seguirán lloviendo quejas, reproches y los "menuda mierda de vida".

Porque eso es lo que consigues aferrándote tanto. Drama.

Y supongo que lo que quiero decirte, de corazón, es que te rindas de una vez.

Que dejes de resistirte a lo que hay. Que dejes de luchar contra la vida. Que dejes de protestar por no ser o no tener todo cuanto querrías ser y tener. Que aceptes que ya no te ama. O que nunca serás tan guapo como Maluma. O que no vivirás en un ático bohemio del centro de Manhattan. Que no pasa nada por no haber sido el novio o la hija perfecta. Que está bien tener estrías, una cuenta bancaria modesta y estar triste de vez en cuando.

Así que suéltalo. Suelta todo cuanto pesa. Para de apretar los dientes. Para de gritar que no es suficiente. Para de negarlo. Para de patalear. Acepta todo aquello que no puedes cambiar. Pero hazlo de verdad. Hazlo cada segundo que estés despierto. Sé lo suficientemente valiente como para rendirte, como para dejarlo ir. No lo necesitas. Ni a ella, ni a él, ni a la imagen perfecta del espejo. No necesitas la vida ideal. Sobre todo porque solo es ideal en tu cabeza.

Pero escúchame bien: no te pido que te conformes. Hay cosas que sí podrás cambiar. Hay cosas que deberás cambiar. Y está bien que lo hagas. Pero no las cambies desde el resentimiento o la amargura. En su lugar, cámbialas desde la tranquilidad de quien anda jugando. El game over es intrascendente. Nunca pierdes. Porque pase lo que pase seguirás tú ahí. Ligero, libre, líquido. Diciendo al fin 'sí' al mundo. En serio, suéltalo todo de una vez.