Mi familia odia a mi novio por marroquí, la suya me odia por colombiana

Una chica de origen colombiano y un chico de origen marroquí se han enamorado pero, ahora, tienen que esconderse de sus familias porque no aceptan sus culturas

Tienen 19 años, se conocieron en Tinder y viven en un pueblo a una hora en tren de Barcelona. Es una historia de amor cualquiera: un match, una cita más larga de la cuenta, un quedarte pensando en esa sonrisa, un algo que te hace repetir dos días después, un empezar a verse cada vez más. Un 'ay'. Bueno, un enamoramiento, o tal vez no. La semilla de un noviazgo, o tal vez no. Sobre todo, es un ya veremos porque, quizás, es demasiado pronto para hacernos tantas preguntas.

Hace solo tres semanas que se conocen, pero él y ella, que no quieren dar sus nombres precisamente por lo que sigue, tienen que ir escondiéndose de sus familias, porque ni la suya (de ella, colombiana) toleraría que saliera con un árabe, ni la de él (marroquí) estaría dispuesta a aceptar que el niño de la casa no seguirá la tradición de casarse con una mujer musulmana. No han decidido qué quieren ser, ni entre ellos ni ante la vida, pero cargan con unas convenciones que la generación Z debería haber dejado atrás: las de unas etiquetas que no son las suyas.

De "morolandia" a "narcolandia"

"Le comenté a una amiga súper contenta que estaba conociendo a un chico y cuando vio su foto, soltó: 'Ah, pero si no tiene cara de tirar bombas' y empezó a decirme muchísimas cosas que me dolieron. Fue un audio de casi tres minutos con muchísimos estereotipos. Como que son muy malos, que te roban, que gritan, que cuando te das la vuelta te apuñalan por la espalda, que muchos ex amigos han pasado por eso, que te quieren meter en su religión, que son machistas..." 

Todavía no ha superado la decepción, pero volvió a recuperar su relación con esa amiga que, igual que ella, lleva toda la vida en colegios donde es muy habitual que hayas llegado después de nacer en otro país o donde te llaman inmigrante, incluso si has nacido en España. "Me hablan de moros, pero no existe morolandia", cuenta ella, que con sinceridad explica que no entiende cómo si dos personas sangran con la misma sangre y se enferman con los mismos virus tienen que tener beneficios según su color de piel. "Yo también soy inmigrante, les digo, pero me contestan que no, que yo soy latina, que no hago nada", explica ella, que no escucha a quienes le ponen frenos a esta relación porque "por fin" alguien le gusta.

A. T.

Han hablado de religión. Él, pese a ser de tradición musulmana, todavía no ha definido cuál es su relación con la fe. "Como muchos de vosotros, que no sois cristianos pero seguís celebrando la Navidad, yo celebro con mi familia tradiciones como el Ramadán", explica. Ella afirma con la cabeza porque ya se sabe la discusión. La suya, familia católica de Cali, espera de ella que se junte una sola vez y muera al lado de ese hombre. Por supuesto, también esperan que llegue virgen al matrimonio y, sobre todo, con alguien fiable. "Me dicen: 'cualquiera, menos con ellos. Que no, que con ellos no, con árabes no', me repiten y yo pregunto: '¿por qué?' No lo entiendo. Solo yo lo veo así en casa".

"Además, por lo que tengo entendido no cree tanto en la religión o al menos no es tan activo. Y, además, es que ni siquiera sé si me voy a casar", se ríe. "Los míos creen que hay que seguir estando con gente de mi religión. Bueno, más bien, la religión de mis padres", dice él, "aunque para ellos, el hecho de tener novia no es algo que sea normal. Están más forjados a la antigua. Todo tiene que ser muy serio desde el principio, tienes que ir a casarte", explica. "Mis padres no saben nada de mi vida amorosa, lo mantengo todo en secreto para evitar más problemas en casa". 

Ni de aquí ni de ninguna parte

Para evitar que los pillen sus padres, se van a Barcelona, o a casa cuando no hay nadie. Ella estudia bachillerato porque vivió un tiempo en Noruega y perdió unos años, él está en primero de Empresariales. Son mayores de edad y mayores para andar escondiéndose. Además, lo suyo no es raro. Los jóvenes de la generación Z —nacidos a partir de 1994— son, dentro de la historia, los que menos etiquetas tienen, tanto a nivel sexual (conciben el género de forma más fluida que nadie) como a nivel identitario. Son los primeros en haber nacido en una sociedad multicultural, como pasa en otros países como Reino Unido, Francia o Estados Unidos. En Noruega, un país conocido porque ha dado asilo político históricamente, ella ya se dio cuenta de que, cuanto más diversa es una sociedad, más choque cultural. Les pasaba a sus amigas, que tenían relaciones entre noruegxs y paquistaníes, indixs o somalíes. "Tenían el mismo problema que tenemos nosotros ahora", asegura.

Él sabe —porque lo ha sufrido— eso de que los llaman terroristas, pero intenta que no le afecte. "A veces lo dicen bromeando, aunque tú no te lo tomas a broma. Este tipo de comentarios se hacen sobre todo cuando no estás. No me lo tomo a nivel personal porque creo que no hay una fórmula para eliminar el racismo, pero intento no juntarme con este tipo de personas que son tan tóxicas como para hacer este tipo de comentarios". Tiene amigos cercanos de ese origen, pero los marroquíes no son su principal forma de socializar. Desde muy pequeño ya vio que un tío suyo se fue a estudiar a Francia y se casó con una mujer de allí, así que romper con las reglas es, para él, un poquito más fácil. 

Ella apenas conoce Colombia. Ha ido dos veces y con suerte ha tenido tiempo para conocer el país porque estaba muy centrada en recuperar los años perdidos con la familia. Él, sin embargo, va a Marrakech con frecuencia, un lugar que describe como "todo lo que te cuentan en casa pero a lo grande", donde todo el mundo está pendiente de ti: "el problema de ser inmigrante es que pierdes tu nacionalidad. Aquí eres un inmigrante de Marruecos. Has nacido aquí pero eres de fuera. Y cuando vas allí tampoco te consideran como ellos del todo porque has pasado toda tu vida fuera. No tienes un país donde te puedas sentir totalmente en casa".

Por eso ambos salen con respeto de las costumbres que les han enseñado en casa y descubren que hacerse mayores es también pensar distinto. "Estoy deconstruyendo mis valores y estoy empezando a entender que no todo lo que te dicen tus padres tiene que ser necesariamente así", dice ella. Se miran con cariño. No saben qué será de ellos, pero por ahora, disfrutan la incertidumbre.