El drama de descubrir la infidelidad de tus padres y cómo lidiar con él

Se trata de una situación con la que es complicado convivir y que en algunos casos genera culpabilidad, desconfianza y frustración

Mireia —que prefiere no dar su verdadero nombre— no sintió absolutamente nada cuando su padre le contó abiertamente —pero en secreto— que estaba poniéndole los cuernos a su madre. No sintió traición, ni dolor, ni incomprensión, al contrario: pudo entender las razones que su padre le dio para explicarle cuáles eran sus sentimientos y por qué estaba engañando a su madre. Ella guardó su secreto de forma natural, como aceptando que toda adolescente de 15 años vive esa situación en algún momento. Ella era la única que sabía la historia de su padre, nadie más, ni siquiera su madre podía sospechar lo que estaba sucediendo. Pero no a todos los hijos les pasa igual. De hecho, la gran mayoría no podrían perdonar jamás una infidelidad realizada por alguno de sus progenitores.

Abrazar la traición y transformarla

La edad de los hijos es muy crucial a la hora de encarar una infidelidad. Júlia Pascual, psicóloga y directora del Centro de Terapia Breve Estratégica de Barcelona, explica que cuando se trata de un niño o niña que no supera los diez años, “para poder enfrentarse al tema hay que hacerlo en un momento en que el hijo esté de buen humor y tranquilo”. La experta relata que es esencial explicar la diferencia entre el amor de pareja y el amor como padres: “Hay que comunicar que lo más importante para ellos es el hijo y que es lo que más quieren. Hay que aclarar que el hecho de que se hayan enamorado de otra persona es algo que no tiene nada que ver con ellos”.

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Ahora, a sus 24 años, Mireia explica que cuando supo lo de su padre, su hermano era muy pequeño (tenía cinco años) y, debido a su edad, “no pudo entender lo que estaba sucediendo: por qué nuestro padre nunca estaba en casa, quién era esa amiga nueva que tenía y por qué, después de mucho tiempo de inestabilidad, peleas y caos, nuestra madre no podía dejar de llorar ni salir de la cama”. El padre de Mireia sintió la necesidad de contárselo a su hija antes de a su mujer porque tenían una relación muy estrecha, pero la psicóloga lo desaconseja porque considera que "si el hijo lo descubre se sentirá culpable por decirlo y ocasionar un problema y, si no lo dice, también se sentirá culpable". Por eso cree que los padres deben evitar a toda costa que sus hijos conozcan las problemas de su relación especialmente las relaciones extramatrimoniales.

David —que tampoco quiere revelar su nombre por razones que entenderás al acabar este párrafo— tenía diez años cuando se enteró de que su padre había engañado a su madre con otra mujer: “Fue mi hermana la que lo descubrió a través de un mensaje en el móvil de mi padre. Me lo contó y yo hice como si no hubiera pasado nada. En aquel momento yo sabía que estaba mal o tenía la sensación de que no era algo bueno pero no entendía por qué, así que no profundicé en el tema”, relata el joven que ahora tiene 26 años. Él también guardó el secreto: "Mi madre es muy dependiente y tiene una visión muy católica del matrimonio, así que ella no podría perdonar que la engañaran. Como no iba a tener la posibilidad de superar ese engaño decidimos no contarle nada. Nunca lo supo ni lo sabrá".

Júlia Pascual explica que cuando el engaño se descubre por parte de alguno de los hijos debe existir una comunicación: “Si quien lo descubre es ya mayor de 14 o 15 años debe poder hablar con el progenitor que ha sido o es infiel. Explicar lo que sabe, cómo lo ha sabido pero sobre todo cómo se siente respecto a esa información. Es importante que si se siente mal saque toda la impotencia, la rabia y el enfado que siente por la noticia”. A partir de ahí se debe evitar juzgar a los padres o al menos aprender a hacerlo. Todos los seres humanos contamos con debilidades y sobre todo en el campo del amor. Aunque sea una situación difícil de gestionar, a veces incluso se podría abrir un espacio para que el padre o la madre puedan expresar sus sentimientos y las razones de los mismos.

El amor y la fidelidad nada tienen que ver

Concebidas en un contexto regido por la monogamia, las aventuras son sinónimo de traición y de engaño. Pero un ser humano no hace que sus deseos por otras personas desaparezcan de repente y este impulso animal nada tiene que ver con el hecho de querer  —de amar— a alguien. Es posible que ambas cosas coexistan, siempre y cuando haya un acuerdo y una comunicación. El engaño aparece cuando lo que se ha establecido entre ambos es un compromiso y una fidelidad y eso luego se rompe por parte de alguno de los dos.

“Ahora ha pasado el tiempo y teniendo esta edad soy capaz de entender lo que hizo. Ya no me duele, puedo comprender que es posible querer a una persona y haberte acostado con otra”, relata David. Su experiencia, el hecho de que hayan pasado los años y haya podido entender y no juzgar a su padre, le ha enseñado en cierta manera a gestionar sus propias relaciones: “Un día me di cuenta que no estaba hecho para ser fiel, así que todas las parejas que tuve a partir de ese momento se establecieron como relaciones abiertas. Si algún día tengo algún compromiso con alguien y esta persona me engaña pienso que podría perdonarle, al igual que perdoné a mi padre. Me ha enseñado a creer en el amor más allá de los cuernos”, cuenta el joven.

Sí es cierto que cargar con la información de un adulto que, además, es alguno de nuestros padres y que, encima, esa información conlleva el dolor de alguien (al menos en la gran mayoría de los casos) no es sencillo. Se trata de una situación que puede provocar inestabilidad en el futuro. Prueba de ello es que Mireia, con el paso de los años, ha sentido que no es capaz de confiar del todo en sus parejas: “Siempre tengo algo que me dice que puede engañarme. Tengo ese miedo. Es verdad que es algo mío, de mi propia inseguridad pero me cuesta no pensar que tenga relación con la infidelidad de mi padre”.

La psicóloga advierte que el lugar que ocupan nuestros padres como ejemplo se tambalea cuando aparece una infidelidad y sus actos tendrán siempre una influencia en la vida de los hijos, tanto para bien como para mal. Es posible que en el futuro —e incluso en el mismo instante de conocer la ‘aventura’, depende de la edad— “estos hechos generen frustración, desconfianza, desesperanza e incertidumbre”. Todos estos sentimientos son posibles de canalizar gracias a la comunicación, tanto con los progenitores como con las parejas futuras o las relaciones de cualquier tipo.

Mireia y David miran sin rencor el pasado y sacan de esa vivencia un aprendizaje claro para el presente: si se establece un compromiso de fidelidad y de monogamia hay que cumplirlo, sobre todo para que la otra persona no sufra. Si no es posible llevar a cabo ese tipo de relación puedes tener un acuerdo de que es posible estar con otras personas o simplemente seguir soltero para poder disfrutar de otras relaciones en las que haya transparencia y sinceridad. Eso hará que los vínculos sean más sanos y no tan tóxicos.