Las videollamadas se han convertido en la tortura diaria del confinamiento

Estar en casa todo el día no justifica que te puedan llamar a cualquier hora y no puedas poner excusas. La videofatiga puede pasarle hasta a los extrovertidos

Antes de la cuarentena no tenías tiempo de nada. Ahora, encerradx en casa, creías que sí. Pero las constantes videollamadas entre trabajo, estudios, amigos, familia y pareja, sigues sin tener tiempo.“He hecho una reunión de exalumnos de mi instituto por Zoom. Hacía más de cinco años que nos veíamos y ahora se pusieron a insistir porque ‘no teníamos nada mejor que hacer’”, asegura Joana, una joven de Barcelona que está igual de harta de las videollamadas. Una vez mintió diciendo que era el cumpleaños de su novio para no ir a unas birras por Skype. “A estas alturas del confinamiento solo quiero descansar. Estoy obligada a estar encerrada, no quiero estar obligada a hacer llamadas, con lo que las odio”.

“Ahora vivo y me organizo los días según las videollamadas pendientes, intentando hacer las tareas en los ratos libres que tengo entre una y otra”, explica Sofía, otra joven, como Joana, harta de las llamadas, en un artículo de S Moda. Reconoce que ella también ha mentido, diciendo que estaba haciendo deporte cuando solo quería descansar, y que ha llegado al punto de quitar su última conexión en WhatsApp para no tener que dar explicaciones.

Es lo que se conoce como “videofatiga”, según The Guardian, y que puede afectar a todos, hasta a los más extrovertidos: “el problema no es que te cueste hablar con la gente, es que es muy difícil decir que no porque al estar en casa se supone que debemos estar siempre disponibles”, explica el artículo. “Hay días que enlazo una con otra porque… ¿cómo voy a decir que no? No quiero parecer borde rechazándolas y no queda creíble que, con todo el tiempo que tenemos ahora, vaya a estar siempre ocupada”, añade Sofía.

Aunque estamos en casa, por lo tanto, nos encontramos con mucha ansiedad y estrés porque no podemos desconectar de verdad, uno de los problemas que los autónomos siempre alertaban sobre el trabajo, que ahora también se aplica a la vida social: como si por estar en casa tuvieras que dar siempre una respuesta inmediata, ya sea a temas laborales o familiares.

Para The Guardian, esta ansiedad de videollamadas refleja un problema que no es nuevo y que hemos dejado que crezca, y es la imposibilidad de comunicar de forma sincera nuestras emociones. Estamos todos igual de mal, ¿por qué pensamos que nadie entendería un ‘oye estoy de bajona’, no puedo hablar hoy?. “Deberíamos decir lo que sentimos. Practícalo, explica tus necesidades, sin excusas o historias. Es un hábito que desarrollar para el mundo post-pandemia. Aprender a decir que no, porque seguimos sin saber hacerlo”, reflexiona la autora.

La psicóloga Suzanne Degges-White piensa lo mismo. “Todos preferiríamos tener llamadas de 10 o 15 minutos con un engagement muy positivo que una hora de conversaciones distraídas o incómodas”, afirma. Quizá es mejor pedir estas conversaciones cortas pero intensas y no estar horas en videollamada, como si fuera obligatorio que durasen siempre una hora. Pero claro, para pedirlas, toca tragarnos nuestros miedos y decir lo que sentimos: “se me hace difícil colgar. ¿Qué digo? ¿Que estoy harta de hablar? Intento programar reuniones a las 20 h, así puedo decir que me voy a cenar si me da palo continuar”, cuenta Joana. Tenemos que dejar de poner excusas. Estamos en nuestro derecho de no querer pegarnos a la pantalla del ordenador. Y sí, es difícil externalizarlo, pero es necesario.