Odio las videollamadas y ahora estoy obligado a hacerlas constantemente

"He redecorado mi habitación", añade un joven que ha pasado las clases a videoconferencia. "Me veo en pequeño y me entran inseguridades", explica otra 'víctima' de las videollamadas obligatorias

Las nueve de la mañana y toca reunión de trabajo. Carlos se viste (de cintura para arriba) y coloca el portátil sobre la mesa del comedor. Se pone los cascos y suena la videollamada. Su habitación es pequeña y solo cabe una cama y un armario, así que no puede trabajar en otro sitio. Pared con pared, estoy yo, su compañero de piso, trabajando. Por suerte, tengo más espacio y me cabe un escritorio, así que puedo cerrar la puerta de mi cuarto para que nadie me moleste. Él no tiene esa suerte: o hace la llamada desde su cama, o la hace desde el comedor.

“No me siento cómodo haciendo estas videollamadas porque lo escucháis todo [los tres compañeros de piso]”, me cuenta. "Que tampoco es que tenga ningún secreto que ocultar, pero siempre es un poco incómodo que te oigan trabajar y hablar por teléfono, es como si estuvierais presentes en la llamada, pero sin estarlo".

Le comprendo. A mí tampoco me gustan y por eso cierro la puerta en cuanto hago videollamadas. Sin embargo, yo tengo otros motivos. Para mí, las videollamadas siempre han sido algo muy íntimo. Mi hermana vive en el extranjero y tuve una relación a distancia muchos años (que acabó como tenía que acabar), así que este tipo de comunicación me parece muy personal, un espacio muy raro de compartir profesionalmente.

Pero es lo que hay, la situación es la que es y toca adaptarse. No obstante, me está costando. Estoy en mi casa, en mi habitación, y tengo que estar vestido, controlando el fondo para que se vea bien, evitando según que gestos o parecer demasiado cómodo. En definitiva, proyectando una profesionalidad que se me hace muy incómoda en mi propia habitación. Lo único que ha logrado el teletrabajo es que en cuanto acabo la jornada, cierro la puerta de la habitación y ya no entro. He dejado entrar a otros a mi espacio personal, y ahora mi cuarto ya no es mi santuario, es solo donde duermo y curro.

Hablo con mi pareja actual, que todavía vive con sus padres, y me explica que en las clases online tiene que poner el vídeo para hacer seminarios. “He tenido que redecorar mi habitación porque es la de toda la vida y parece muy infantil”. De fondo, si abría el portátil en su escritorio, se veían juguetes y una cenefa de cuando era pequeño. Ahora lo ha recolocado todo para que haya libros tapando cualquier trazo que indique que decoró el cuarto con cinco años.

Esta sensación de incomodidad por las videollamadas es muy extendida. El diario estadounidense Washington Post ha entrevistado a diversos profesionales que también lo pasan mal ahora que el país se está adaptando al teletrabajo. “Mis canarios se pusieron a cantar y no pararon. Ahora mi oficina me llama la ‘angry birds”, explica una mujer en el artículo.

Paige Thompson, otra entrevistada por el diario, explica cómo su ansiedad social se ha duplicado desde que trabaja de esta forma. “Muchas apps te abren tu cara en grande cuando hablas”, por ejemplo, Hangouts o Zoom, “y eso me incomoda, porque mientras hablo, me miro y pienso qué estarán viendo, si se fijarán en mi tic de sonrisa nerviosa cada vez que me pongo tensa. Es algo que en persona no me preocupa porque no veo lo que ellos ven. Aquí sí”.

Ellen Hendriksen, psicóloga clínica y autora de un libro sobre la ansiedad social, explica que las personas que padecen esto es porque sienten que hay una “forma buena de ser” y una “forma mala de ser”. Sienten que la gente los detestará porque ellos se adecuan a este segundo molde: no gustarán, no hablan bien, tienen expresiones feas o desagradables. Entonces se obsesionan por estar perfectos siempre y no cagarla. “No solo temen porque los demás vean sus errores sino que ellos tienen ahora el punto de vista de los demás en la ventana pequeña”.

Ejemplo de videollamada en Hangouts

Thompson llegó a apagar el video chat y a dejar el micro cerrado excepto cuando tenía que hablar porque de otra forma no podía trabajar. Yo he hecho también lo del micro. Me da miedo hacer cualquier ruido y que la app en cuestión detecte que quiero hablar y ponga mi cara en primer plano y yo esté haciendo una mueca. Me da bastante pavor que suceda, aunque lo máximo que vaya a pasar es que vean mi cara en grande durante unos segundos.

Hendriksen añade que es normal. Estos entornos nuevos provocan inseguridades sociales y hacen que “nos enfoquemos en nosotros mismos y comencemos a cuestionar y monitorear lo que decimos y cómo se mueven nuestros cuerpos”. Su sugerencia inicial para empezar a perder el miedo: “mira a las otras personas en la llamada y nota que sus trajes, gestos, fondos o iluminación no son perfectos, así que tú tampoco tienes que serlo”. Tocará trabajar todas estas inseguridades e incomodidades tan rápido como vinieron: es obligatorio adaptarse en tiempo récord a esta situación tan nueva porque no sabemos hasta cuándo se alargará, y tenemos que evitar que nos consuma del todo.