Cómo sobrevolar la hostia emocional del fin del verano

Breve manual para sacarle jugo al síndrome postvacacional

No hay subida sin bajada. Como durante una ruptura, al volver del Erasmus o cuando te retuerces en una resaca monumental, el subidón de adrenalina y felicidad viene naturalmente sucedido de una caída libre hormonal en la que tus pensamientos se aplastan contra el suelo. Así es como se avecina el fin de tu sueño de una larga noche de verano, el inevitable fin de las vacaciones. Pero eh, no el fin del mundo. De amor y de síndrome postvacacional nadie muere, si sabes cómo llevarlo.

1. Permítete la hostia

Si sabes que vas a sentir nostalgia, entrégate a ella en dosis razonables para valorar lo que has vivido. Sí, este verano ha sido genial, has conocido a personas increíbles o has tenido tiempo para ti y para los tuyos, has viajado o te has refugiado en tu pueblo, has descubierto o has reencontrado cosas dentro y fuera de ti, o simplemente has sentido una tranquilidad real, expandiendo tus pulmones más allá de las coacciones diarias de la rutina. Ahora, de vuelta, parece que no quieras escribir nuevas páginas porque el cuento, tal y como está, es inmejorable.

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Eso es bello, abraza esa sensación y ponte esa canción que te ha marcado o vuelve a mirar las fotos de tu móvil que en retrospectiva parecen cristalizar la palabra euforia. Lloriquea un poco y comparte esa sensación con tus colegas, siempre para poder reírte luego de ti mism@. Somos simultáneamente una sociedad adicta a quejarse y obsesionada con la idea de la felicidad, así que no está de más saber estar de bajón un rato sin culparte por ello. Así también sabrás aprovechar los signos de la remontada emocional.

2. Agradécelo

No quería soltar el tópico de “no llores porque se acabó, sonríe porque sucedió”, pero con la coña ahí lo dejo. Una de las falacias principales que nos trae la nostalgia es que esas buenas sensaciones ya no se repetirán, o que el tiempo pasado es tiempo ya no te pertenece. Pero esos momentos siempre estarán contigo, forman parte de ti. Serán un "lugar feliz" en tu memoria, que te hará sonreír inesperadamente cuando algo te lo recuerde. Además, esta "tristeza" nace directamente de una felicidad vivida, y es genial saber que eres capaz de sentirla.

Todo lo bueno puede volver en formas y situaciones muy diferentes, pero tampoco pretendas que tu vida sea un festival de euforia constante. No es por lavarle la cara al salvaje y precario mercado laboral que te estresa el resto del año, pero sí es probable que unas vacaciones eternas dejasen de producirte las sensaciones que has tenido. Es muy importante saber ser y estar, sin más, cuando no está pasando nada en concreto. Por aquello de "no news is good news". Sin ánimo moralista, tampoco olvides que mucha gente no ha tenido vacaciones o no ha podido disfrutarlas por estar en situaciones de mierda física o económicamente hablando. 

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3. Aprovéchalo

Los cambios (de lugar, de humor, de actividades) no solo son inevitables, sino que son necesarios. Tómate esta nueva temporada como lo que es: una oportunidad. No solo has vuelto para arrastrar los pies por tu antigua rutina, como si no hubiese pasado nada. Es un momento perfecto para rescatar esos momentos en los que te has sentido energético y seguro de ti mismo, y quizás aprovechar la perspectiva para replantearte aspectos importantes de tu vida, empezando por, "¿es este el trabajo o la carrera que más me puede motivar?".

Lo mismo te puedes preguntar de tus amistades, porque igual te apetece empezar a conocer gente nueva en tu propia ciudad, o reconectar con aquél colega desaparecido del que te acordaste en vacaciones. Si has descubierto cosas que te gusta hacer este verano, puedes intentar trasladarlas (aunque sea en forma sucedánea) a tus microvacaciones cotidianas, o sea, los findes. Ah, y reconoce que echabas de menos Netflix. 

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4. No te aferres al "síndrome"

Tampoco te pongas la vida patas arriba solo porque tienes que "curarte", porque para empezar, el síndrome post-vacacional no es una enfermedad. Quizás la oportunidad es más para cambiar cómo te tomas las cosas (tu vida, tus proyectos, tu rutina), que esos elementos en sí. Más te vale ser consciente de que nunca serás tan joven como ahora mismo, porque en el segmento temporal, te estás alejando de este verano con cada respiración, pero a la vez te estás acercando al próximo.

Esta aparente tragedia es en realidad una bendición: Deja que fluyan las estaciones del año, en tu mente también, las etapas de presión y descompresión. Que sí, que podrías vivir descalzo y cubierto de arena en una playa lejana y que el sol te despertase bañando tu piel cada mañana, pero también podrías ser cartero en Reykjavik. O Jon Snow y comer nieve durante las siete temporadas que las que el invierno ni ha llegado. Ahora respira, sonríe, y piensa en los turrones de Navidad.

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