A no todo el mundo le gustan los abrazos y deberías respetarlo

Aunque el abrazo sea la forma de contacto más cariñosa, hay mucha gente que no puede soportarlos, y no es una muestra de desprecio

Cuando no conoces a alguien, dos besos. Cuando os tenéis confianza, un abrazo. Estrechar nuestros cuerpos lo consideramos una forma de cariño y simpatía. “Si lo hace, es porque le gusto”, supone romper la barrera de la desconfianza. Pero no siempre es así. Hay muchas personas a quiénes no les gusta, que se sienten incómodas y hasta violentadas. Y, aun así, si no nos abrazan creemos que es porque son antipáticos o porque no les caemos bien y nuestra relación con ellos se acaba resintiendo.

Pero como explica la psicológa Suzanne Degges-White en Psychology Today, deberíamos darles el espacio que necesitan y no tomarlo como un ataque personal. Lo más probable es que si no quieren abrazar no tengan un problema en contra de nosotros, sino que esté más determinado por otros factores. Por ejemplo, Degges-White explica que muchas personas con fuertes complejos sobre su cuerpo no pueden soportar un abrazo “sorpresa” o pensar que alguien notará su cuerpo “deforme” (que no tiene por qué serlo, pero lo sienten así) a través del contacto físico. Añade que debe irse con cuidado en estos casos, demostrándoles cariño sin ser especialmente físicos o sobones con ellos: respetando su espacio para que puedan trabajar sus inseguridades a su propio ritmo.

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También destaca otros ejemplos de “antiabrazos”. Las personas que tienen ansiedad social no odian el contacto tanto como odian la interacción y la proximidad (física y emocional), y un abrazo les resulta violento porque estamos rompiendo de golpe todas las barreras que se han puesto a lo largo de los años. Es, para ellos, como si te tirasen en una piscina de arañas para “curarte” la aracnofobia. Añade Degges-White que los abrazos y el contacto humano “son propios de personas con confianza en sí mismas”, y que la ansiedad social es “una vocecilla” recordándote constantemente durante los años que no vales para nada ni nadie, por lo que no te sientes ni merecedor ni cómodo con el contacto.

Personas que hayan sufrido violencia sexual, una educación estricta de sus padres, falta de cariño y episodios traumáticos de naturaleza física también pueden ser reacias al contacto humano. Los abrazos son una construcción social (compara, por ejemplo, cuántas veces se abrazan los mediterráneos y cuántas lo hacen los nórdicos) y, por lo tanto, están determinados por nuestras experiencias sociales. Si conocemos a alguien que no quiere ser abrazado, no lo entendamos como una muestra de desprecio, porque hay muchos motivos detrás de su decisión. Como apunta Degges-White, “los problemas de intimidad son difíciles, y es cada uno con sus seres queridos el que debe determinar cómo los corrige”. No podemos imponer un abrazo a alguien que no quiera recibirlo. Al fin y al cabo, el espacio personal es eso, personal.