Soy adicta a rayarme la cabeza

El exceso de preocupaciones puede ser mucho más nocivo de lo que piensas para tu salud

Mi compañero de piso no me habla al despertarse de la siesta y me preocupa que se haya enfadado conmigo. Mis jefes tardan unos minutos en contestarme por email y me preocupa haber cometido un error imperdonable. Y me sale una especie de eczema en la piel y pienso que acabarán detectándome una enfermedad terminal. Estas son algunas de las preocupaciones sin fundamento que tienen personas adictas a rayarse. Un fenómeno que hemos querido analizar y que puede deberse a un trastorno conocido como TAG (Trastorno por ansiedad generalizada).

"Se trata de la preocupación y sufrimiento crónico, ya que si un problema se soluciona, los que lo padecen pronto encontrarán un nuevo motivo por el que volver a estar preocupados. Es lo que todos conocemos como un 'sufridor nato', personas incapaces de liberarse de sus preocupaciones", cuenta Sergio Carmona, Director Clínico del Instituto Barcelona de Psicología, al hablar de un trastorno en el que me veo parcialmente reflejada a causa de rayadas mentales que, aunque no deberían robarme ni un minuto de mi tiempo, me adentran en un bucle de pensamientos nocivos que quiero eliminar de una vez.

Rayadas como fieles compañeras

Para empezar, el experto indica que "el dinero, el trabajo, los hijos o la salud son las preocupaciones que más atormentan a las personas con TAG". Es cierto que estos cuatro aspectos son los que suelen conformar la lista de desasosiegos más importantes de la mayoría de personas que se mueven con un mínimo de responsabilidad, pero en las personas con TAG es diferente. Estas pueden darle mil vueltas a la misma historia "sin que haya ningún elemento que justifique su elevado nivel de estrés y preocupación". 

Se trata de una dinámica que he protagonizado en un incontable número de ocasiones a lo largo de los años. Una de ellas fue cuando un profesor hojeó mi examen del IELTS recién entregado y, seguramente sin querer, me miró con lo que yo interpreté como recelo. A pesar de que me había ido genial y había comprobado que mis respuestas coincidían con las de otros compañeros, al volver a casa esa fatídica voz irrumpió en mi cabeza: "¿por qué te ha mirado así?", "¿no habrás contestado el primer folio?…" o "¿pensará que has copiado?".

Fue en ese momento cuando mi cuerpo me alertó de que mi cabeza pronto empezaría a perder el control. Según dice el experto citando el DSM-V (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), para saber si una persona tiene TAG debe tener ansiedad excesiva y preocupación acerca de varios acontecimientos durante los últimos seis meses y padecer al menos tres de estos síntomas: intranquilidad, ansiedad, fatiga, falta de concentración, irritabilidad, ansiedad, tensión muscular, trastornos del sueño e inquietud. Los cuatro últimos me acompañaron durante las horas posteriores al examen.

Antes de que pudiera darme cuenta, ya me estaban haciendo imaginar el peor de los escenarios a base de ideas como: "si suspendo tendré que volver a pagar los más de 200 euros que cuesta el examen…", "¿cómo los conseguiré?" o "¿tendré que volver a sacar el tiempo de debajo de las piedras trabajando y estudiando al mismo tiempo? No, no puedo hacerlo". Pero, días más tarde, cuando me enteré de que había sacado un siete en el examen, todo cambió. Esas especulaciones dejaron de atormentarme y no pude hacer más que sentirme imbécil por derrochar energías en una posibilidad que, en realidad, solo había estado en mi cabeza.

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La solución es posible

Cuanto más nos acompañan las rayadas sin fundamento, más difícil es erradicarlas. Pero no es imposible. "Un consejo que daríamos a la persona es que utilice un espacio de tiempo, por ejemplo 15 minutos, para pensar en lo que le preocupa y, así, desconectar durante el resto del día de las preocupaciones que suelen asaltarle", cuenta Carmona pero si el afectado se percata de que, aún así, no puede controlar la situación, es recomendable "acudir a un psicólogo cuanto antes".

En ocasiones es útil emplear la técnica anterior, pero en otras es crucial enfrentarse directamente al problema que tu mente ha creado hablando con las personas presuntamente implicadas y a veces no hay más opción que respirar, cerrar los ojos y repetirte que no hay nada de que temer.

Porque, aunque podamos estar lejos de apartar las rayadas en todas las ocasiones que nos lo propongamos, cada vez que lo conseguimos aprendemos una lección que nos servirá de por vida: las preocupaciones sin fundamento son solo producto de nuestra imaginación y, por tanto, en ninguna de las ocasiones que nos han perturbado ha habido motivo para no vivir en paz. El problema es que durante demasiado tiempo creímos lo contrario.