Tengo miedo a las alturas por culpa de mi ansiedad y la presión social

Los principales perfiles de personas con acrofobia (miedo a las alturas) son, precisamente, los grupos con más predisposición a la ansiedad: mujeres y jóvenes de 18 a 35 años

La primera vez que me vino el vértigo tenía 14 años. Estaba en el monasterio de Montserrat, un complejo religioso en la cima de una sierra en el centro de Cataluña. Todos mis amigos se asomaban a los miradores y yo solo me podía acercar de rodillas para mirar hacia abajo, con las piernas temblando del miedo. No estaba en el mejor momento de mi vida. De hecho, durante muchos años, en mi infancia y adolescencia, los síntomas apuntaban a que sufría una depresión.

Era la primera vez que sentía ese terror a las alturas. De hecho, me sorprendió que sintiese este miedo: yo iba muchísimo a la montaña y siempre estaba escalando, saltando y al borde del precipicio, viendo la naturaleza desde las alturas. Estuve en los Picos de Europa, Sierra Morena, Pirineos y un sinfín de sierras y montañas españolas y nunca me había sentido así. El vértigo vino de golpe, y de la misma forma se fue.

Estuve años sin saber nada de él hasta que volvió. Tenía 17 años, estaba en Nueva York y lo sentí en el Empire State Building. Apenas disfruté de la visita porque las alturas me llenaban de pánico en el estómago. Ahora tengo 25 años y la acrofobia, el término técnico que define el miedo a las alturas, sigue ahí. Incluso me viene cuando veo vídeos de gente haciendo retos virales subiéndose a edificios altísimos (los rooftoppers) o cuando me cruzo con fotos de la típica piscina infinita en una terraza que se supone que es idílica. Solo de ver estas cosas ya noto los síntomas: cosquilleos en las piernas, pinchazos al final de la columna y apretón en el estómago.

Tenía 17 años y mucho miedo | Archivo personal

Una fobia que afecta a jóvenes

“La acrofobia es el miedo a llegar a caerse”, explica Antonio Cano, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), a la agencia de noticias EFE. Añade que, aunque “puede pasarle a cualquiera”, los principales perfiles son los más jóvenes, de 18 a 35 años, y mujeres. ¿Por qué? “Tienen rasgos de ansiedad más alto”, añade. Además, “los que son más perfeccionistas necesitan más control de sus actos y lo cierto es que el control al 100% no existe”.

Mis patrones de conducta encajan. Llevo, desde hace tiempo, tratando con mi psicóloga mi ansiedad y mi estricto perfeccionismo. Hemos llegado a la conclusión de que, en un mundo tan precario para los jóvenes, intento destacar constantemente porque tengo asumido que no hay oportunidades para todos y que solo lograré una siendo el mejor. Es la presión social que vivimos muchísimos millennials y zennials y que nos obliga a currar hasta ser perfectos (y frustrarnos al no lograrlo).

Además, este perfeccionismo, como apunta Cano, también trae una necesidad de tenerlo todo controlado. Sin embargo, cuando estoy en una zona alta tengo la sensación de no poder controlarlo todo: ¿y si sopla viento? ¿Y si me empujan? ¿Y si se desprende una roca? Me da pavor caerme porque, debido a la ansiedad, no confío en mí mismo. Y, como consecuencia, pongo en duda constantemente mis capacidades: “seguro que te tropiezas”, “eres un torpe”, “si le pasa algo a alguien será a ti”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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“No estoy capacitado para sobrevivir”

Todo eso me genera una bola de constante terror que hace que piense que no estoy capacitado para sobrevivir a un paseo por la montaña, un balcón, una terraza o cualquier espacio que esté a más de diez metros de altura. Como explica el psicólogo, “si una persona tiene vértigo, el miedo puede aparecer en cualquier sitio en el que pueda tener la sensación de que me puedo caer”, por muy absurdo que parezca caerse de ese lugar.

Por ejemplo, uno de los últimos sitios donde tuve un ataque de ansiedad por el pánico que me daba la altura fue en Oporto, en su famoso Puente Don Luis I, una estructura del siglo XIX que ha aguantado más de cien años, por el que pasan cada día cientos de personas. Busco registros de muertes por caerse de las alturas, pero no encuentro ninguno, probablemente porque no hayan demasiadas más allá, claro, de los suicidios. Pero, en mi cabeza, en ese mismo instante, yo iba a ser la primera víctima de la “trampa mortal” que era ese puente a mis ojos.

La fobia se retroalimenta

Otro de los problemas que genera esta fobia es que se alimenta a sí misma. Es decir, “una persona que tiende a pensar mucho en un peligro potencial desarrolla una sensación de miedo y, cuanto más incida sobre ello, más miedo tendrá, incluso si no está presente la situación de altura o desnivel”, detalla Cano. Como me ha contado mi psicóloga, si no lo paramos, el terror es mayor a medida que aumentan los años.

Desde mi primer susto, la ansiedad ha ido creciendo, y con ella, el miedo. Aunque la ansiedad he intentado combatirla (y en muchas épocas de mi vida lo he logrado), la fobia ha ido campando a sus anchas, nunca la he tomado como algo prioritario para tratarla. Así pues, con el tiempo he llegado a definirme como “una persona con vértigo”. Sin más, el miedo forma parte de mí. Sin embargo, “es tratable”, detalla el psicólogo. Como todo, por supuesto.

El tratamiento consiste en entender la naturaleza del problema. Ir a la fobia de raíz. Pero, claro, no es fácil tratar los factores que nos provocan estos miedos: la ansiedad, las inseguridades o el perfeccionismo que sufrimos en esta época de precarización extrema y más aun con lo que se vendrá tras el coronavirus. Así que, al menos en mi caso, parece que tendré que convivir unos años más con este vértigo, mientras intento salir de este bucle de pensamientos.