Hablar de sexo en el colegio me hubiera ahorrado una depresión

Durante la adolescencia estás solo y perdido y necesitas a algún adulto que te diga que tu sexualidad está bien y que tienes derecho a ser feliz. Por esto odiamos el pin parental

Recuerdo que una vez dije en clase que me quería morir. La única que se preocupó fue mi compañera de pupitre, hasta la profesora dijo que eran tonterías, que no tenía motivos por los que quejarme. En mi cabeza solo pasaba una cosa: la idea de que mi vida era una mierda. No sabía quién era, ni dónde estaba, ni por qué todos mis amigos estaban en pleno frenesí sexual adolescente y yo el único contacto físico que recibía era el de los heteruzos para llamarme maricón.

Pero yo no sabía que era gay. Mi colegio, de monjas, nunca había mencionado la diversidad sexoafectiva. Todo era heterosexual. Yo no lo entraba en ese molde y no lo sabía, lo cual me sumergió en una depresión que se reflejó en conductas problemáticas: malas notas, constantes ganas de morirme, no querer ir al colegio, no querer salir de la cama por las mañanas (hubo un curso en el que tuve 100 retrasos y 30 ausencias) y, en definitiva, una vida gris y monótona que no quería vivir. Sabía que había “algo malo” en mí, pero no sabía el qué.

Todo cambió cuando me fui del colegio religioso y empezaron a hablarme de sexualidad (¡si hasta en las asignaturas de ciencia y filosofía hablábamos de salud sexual y orientaciones!) y me reconcilié conmigo mismo. A partir de entonces hice más amigos, empecé a estudiar, a ir a clase, hasta saqué la mejor nota de selectividad de mi curso. Era lo único que necesitaba para salir del pozo en el que estaba: que los adultos me echasen una mano y me dijeran que todo estaba bien, que yo estaba bien.

Explico este testimonio inspirado por Raúl Solís, que compartió una experiencia similar, en un artículo titulado Con ‘pin parental’, yo me habría suicidado a los 16 años. Algo muy triste teniendo en cuenta que nos llevamos más de diez años, demostrando que no ha cambiado demasiado la situación de los jóvenes LGTBI. Y no, nuestras historias no son únicas. De hecho, son la norma. Por eso deberíamos estar todos en contra del ‘pin parental’ de Vox (que es un eufemismo y no debería llamarse así, sino censura educativa, como denuncia Mario Pais).

Como añade Eduardo Rubiño, activista LGTBI y diputado de Más Madrid, la educación sexoafectiva no va en contra de los valores de ninguna familia, por muy conservadora o de derechas que sea. “Todas las familias tienen por supuesto el derecho a educar a sus hijas e hijos como consideren, mostrando el primer punto de vista que los niños reciben. Pero precisamente porque nadie elige a su propia familia, todos necesitamos tener la posibilidad de ver más allá de lo que nuestra propia familia nos ha enseñado”. Es decir, un hijo gay tiene que saber que tiene derecho a ser feliz, aunque su familia se lo niegue.

Pero, además, esta censura educativa promovida por Vox y que cuenta con el apoyo de PP y Ciudadanos, que han cedido alegremente para aprobar sus presupuestos, no solo quiere acabar con la educación sexoafectiva para personas LGTBI, también con aquellas charlas sobre salud sexual, métodos anticonceptivos, aborto, violencia de género e igualdad. Como explica en Twitter Alba, una profesora de un instituto público: “María, después de una charla sobre violencia de género, se derrumbó y denunció a la Guardia Civil que la impartía que su padre llevaba años maltratando física y psicológicamente a su madre. Escuchar a esa alumna contando la situación fue aterrador, pero sirvió para poner en marcha el protocolo”.

Al igual que este ejemplo, decenas más, de chicas que estaban en una relación de maltrato ("Tamara, de 3º Eso, contó tras una charla de VG que su novio, también alumno del centro, la estaba maltratando, acosando y coaccionando", recuerda) o incluso que no tenían conocimiento de los métodos para no quedarse embarazadas ("Ana, alumna de 3º, tras tratar en clase algo sobre educación sexual, me contó cómo su novio la presionaba para mantener relaciones sexuales, amenazándola si no con dejarla, y sin preservativo. Ese día aprendió lo que era la pastilla del día después y habló con su madre"). 

Todxs deberíamos implicarnos en la lucha contra el "pin parental" porque nos afecta como sociedad. Si permitimos que unos padres puedan escoger qué contenido quieren que sus hijos reciban estaremos permitiendo que no se combata la homofobia, el machismo o el racismo en las aulas y, además, que haya víctimas de estas lacras que se les esté privando de su derecho a ser felices consigo mismos y salir de esas violencias.