Las 3 barreras mentales que te impiden avanzar en la vida

El curso natural del día a día nos acerca a comportamientos que entendemos como normales pero son actitudes y formas de vivir que no nos permiten crecer y evolucionar

Después de la adolescencia se va entrando poco a poco en la vida adulta. Esa transición requiere una atención más específica ya que se trata de uno de los periodos donde se tomarán algunas de las decisiones que irán construyendo el camino de nuestra vida. Entre toda esa vorágine de decisiones y cambios, hay solo algunos puntos que están claros y uno de ellos es, sin duda, el de avanzar, el de crecer. Ahora bien, aunque este aspecto forma parte de los objetivos de cada persona hay ciertos rasgos que salen a la luz cuando nos hacemos adultos que no nos dejan evolucionar. Esto sucede porque dichos rasgos (muy humanos, por cierto) funcionan como obstáculos. Pueden ser varios y siempre dependerán de la persona pero hay tres que se repiten casi siempre.

Pesimismo constante

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Para todos nosotrxs es mucho más sencillo observar qué está mal por encima de lo que está bien. Se trata de un sesgo de negatividad que es natural en casi todos los seres humanos. Es normal que aparezca a medida que crecemos como método de supervivencia: para estar preparadxs a cualquier aspecto negativo que pueda frenarnos en nuestro recorrido. Lo que no es normal es que sea una sensación constante en nuestra forma de vivir. Hay un ejemplo claro que refleja que esta actitud está más presente de lo que debería: cuando el día acaba y llegamos a casa, compartimos con nuestros familiares, pareja o amigos (con mucha más frecuencia) las cosas más negativas del día, dejando de lado los detalles positivos.

Tener una mentalidad que solo se fija en lo malo nos impedirá aprender de los errores y hará que tengamos una postura resistente al cambio. Si no estamos abiertos a cambiar, tampoco lo estaremos a evolucionar. Es por ello que, a la larga, este pesimismo tiene un efecto negativo en nuestra vida.

Adaptación hedónica

En este punto aparece un aspecto que está un poco en contraposición al anterior. Se trata de un rasgo compartido por muchos seres humanos que consiste en agarrarse a las experiencias positivas y adaptarse a ellas de forma muy rápida: la novedad o las nuevas emociones potencian nuestra felicidad y se vuelven familiares y comunes en poco tiempo. Esto no es malo del todo pero tiene —cómo no— su lado negativo.

Lo nuevo nos gusta tanto que al adaptarnos rápidamente a ello nos vemos saciados y seguidamente insatisfechos, una sensación que nos lleva a estar desilusionados con la novedad y que nos hace fijarnos en otro nuevo deseo que, de momento, no poseemos. Es por ello que cuando, por ejemplo, cambias de casa estás sumamente feliz por un entorno nuevo y diferente pero a medida que pasa el tiempo habrá un hogar distinto que desearás más que el que tienes en la actualidad. Esto, además, nos hace estancarnos en recuerdos que consideramos felices y que nos hacen desviar la mirada del presente, donde están las pautas para avanzar.

Miedos

Los temores tienen un lado positivo y un lado negativo. Su lado bueno es que, en varias ocasiones, el miedo es necesario porque nos activa, nos impulsa a reaccionar. Casi siempre el miedo nos ayuda a sobrevivir porque nos alerta de un peligro que puede ser tanto emocional como físico. Lo que no es positivo del miedo es que, también, nos hará estancarnos o paralizarnos.

Por ejemplo: si un cambio nos asusta, jamás tomaremos el riesgo de probarlo. En esa decisión de no arriesgarse a probar quizás estemos perdiendo una oportunidad de evolucionar o crecer. Y aunque finalmente el cambio no nos haga avanzar, sabremos que lo hemos intentado, que hemos superado el miedo. Es más, muchas veces tenemos una sensación de miedo que nosotrxs mismxs hemos creado y que solamente está en nuestra mente.