Teniendo en cuenta los números de lo que va de año, parece bastante probable que España supere por primera vez en la historia los 100 millones de turistas anuales. Y esto, como ya sabemos todos, especialmente quienes vivimos en pueblos o ciudades particularmente turísticas, tiene bastantes efectos secundarios negativos. Desde la desnaturalización de la identidad local al desplazamiento de los habitantes y pasando por el incremento de los precios de la vivienda, la pérdida de comercios locales o la falta de tranquilidad. Ahora, y según varios investigadores científicos, también sabemos que la presión turística desmedida está agravando la crisis hídrica allí donde es más intensa.
Y no, no es que los turistas sean esponjas que absorben cantidades ridículas de recursos hídricos. Como explican estos especialistas, “no se trata de un consumo de agua extraordinario si lo miramos a escala de país”. Lo que ocurre es que, “al concentrarse en el momento y en los territorios más desfavorables desde el punto de vista hídrico, su incidencia a escala local puede ser mucho mayor de lo que refleja su peso en el consumo total de agua del país”. Porque, cosas de la vida, a los visitantes extranjeros les atraen regiones de nuestro país con situaciones hídricas particularmente difíciles y vienen principalmente a partir de junio, cuando las reservas de agua empiezan a menguar.
¿Cuáles son estas áreas? Pues el litoral mediterráneo, la Andalucía atlántica, las islas Canarias y las grandes ciudades como Madrid o Barcelona, “territorios que forman parte de las zonas con un estrés hídrico extremadamente alto”. Y es que una mirada con más zoom a estas regiones lo confirma: “el 63% de los municipios con más de un millón de pernoctaciones se encuentran en zonas con un estrés hídrico alto o extremadamente alto y otro 35% en zonas con estrés medio-alto”. Esto se resume en un impulso a la economía local, sí, pero también en un impacto medioambiental con consecuencias notables y, en muchos casos, y según estos expertos, irreversibles.
Un impacto que no viene solo: también está el impacto de los pisos turísticos, de las piscinas, de los campos de golf y de otras infraestructuras asociadas al turismo. Y, por supuesto, la afectación que dichas infraestructuras pueden tener en muchas ocasiones sobre las fuentes hídricas naturales como las dunas, las lagunas o los ríos, que se alteran por motivos urbanísticos sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Por eso, escribe este equipo de investigación, “la desertificación y el turismo masivo debe abordarse desde la planificación territorial y sin olvidar que una parte de los recursos debe quedar reservada para sostener las funciones vitales de la naturaleza”.
