La cuarentena me ha enseñado a aceptar mi soledad

"He aceptado esta soledad", explica uno de los muchos jóvenes que no estarán acompañados durante el confinamiento. ¿Es una oportunidad para conocerse a sí mismos o una pesadilla de la que esperan salir pronto?

Aunque la precariedad laboral y los alquileres abusivos no nos permita a la mayoría de jóvenes independizarnos sin compartir piso, hay algunos millennials y zentennials que lo han logrado. Pero ahora, con el coronavirus, se han encontrado con que el confinamiento los ha dejado durante semanas con la única compañía de sí mismos. "Suerte que tengo a Luz, que me da compañía", me cuenta mi amiga Laia, de 26 años, que comparte piso solo con su perra, que le da todo el cariño físico que necesita. "Luego ya hago videollamadas con mi novio, padres y amigos para la interacción social", añade. Pero no todos tienen esa suerte. Es el caso de Valentina, Xavier y Albert, tres jóvenes de Barcelona de 25, 27 y 33 años respectivamente, que se toparon con el coronavirus viviendo ellos solos y que han tenido que aprender a convivir la soledad. 

Videollamada para hablar con alguien

“Obviamente me he tenido que enfrentar a la soledad”, explica Xavier. Los tres coinciden en que no ha sido fácil, pero han encontrado métodos para sobrellevarla. “La he combatido, pero no con la opción fácil de la videollamada. He mirado dentro de mí y he aceptado que vivo solo. Quizá he estado dos horas tirado en el sofá, sin hacer nada ya que no puedo hacer nada, pero aceptándolo como algo pasajero, entendiendo que algún día llegará la normalidad”, añade el joven. Valentina también ha vivido las videollamadas de la misma forma, “son una falsa ilusión de vida social, porque cuando cuelgas sigues estando sola y triste”.

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En el otro extremo de la balanza está Albert, que asegura que le ha servido hacer muchas llamadas y socializar lo máximo posible para combatir, no solo la soledad, sino también el aburrimiento al que se ha visto abocado tras convertirse en uno de los miles de jóvenes con un ERTE por el coronavirus. “Continuar con mis antiguos hobbies e, incluso, encontrar nuevos, como la meditación”, me explica por videollamada, la cual me concedió “encantado, porque así me distraigo con alguien”, un rato después de haber matado el tiempo cuidando de sus plantas.

Comerte el aburrimiento

Precisamente, este aburrimiento puede ser muy peligroso. Como me explicaba la psicóloga Margarita Corominas-Roso para un artículo anterior, “el problema del coronavirus es que es un aburrimiento cercano al malestar, ansioso, estresante”. Valentina ha sentido esta ansiedad: “solo te digo que los primeros días de encierro me comí toda la despensa. Envié un audio a mi mejor amigo diciéndole que había pillado el ‘culonavirus’ porque no es normal el nivel de porquerías que me tragué. Cada uno gestiona el aburrimiento y la tristeza de forma diferente. En mi caso, comiendo”.

Por suerte, el teletrabajo la ha ayudado a tener unas rutinas. “Ni tengo tiempo de aburrirme, y cuando veo que lo tendré intento ocuparme para no volverme loca”. Eso sí, reconoce que es imposible llenar todo el tiempo y que, obviamente, le ha tocado enfrentarse a sus propios demonios. “En un mundo sin pandemia siempre tienes la excusa de “es que iba con prisa” o “tenía muchas cosas que hacer” y por eso soy como soy. Pero la cuarentena te pone contra el espejo y no tienes ninguna excusa. Eres así y punto. Es la parte buena y la parte mala de pasarla sola: eres la única responsable de tus decisiones. Mi cuarentena se podría resumir en el meme del perro mirando al espejo diciéndose ‘por qué eres así’”.

La felicidad de los demás

Para Albert, la peor parte de pasar la cuarentena solo es que su familia está junta, ya sea porque uno de sus cuatro hermanos está con sus padres, o porque el resto están casados y con familia, pero él es el único solo. “Al poco de empezar la cuarentena mi hermana me dijo que iba a tener una niña y estaban en el pueblo celebrándolo y yo aquí, a distancia y aislado”.

Valentina se siente igual de mal porque echa de menos a su familia, con la que podría haber pasado el encierro, pero su reclusión fue de fuerza mayor. “Antes de que explotara el mundo me surgió la oportunidad de confinarme con mi pareja o mi familia, pero me pudo la responsabilidad porque soy periodista y había estado expuesta a muchas personas y contextos con riesgo de contagio, así que consideré que no era responsable ni coger transporte público ni llevar el virus a casa de mis seres queridos, en círculos donde podría haber hecho daño”.

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“Aunque echo de menos a mi familia, he estado sin verla durante periodos más largos del que durará la cuarentena”, confiesa Xavier. Por eso, él no siente que eche de menos “a alguien en concreto”. Simplemente le gustaría poder tener contacto con alguien, quien sea. “Poder interactuar con una cara conocida”, asegura. A Valentina le pasa igual: “echo de menos hasta a las chicas que me hacían el café cada día en la cafetería. Eso demuestra que son gente que aporta y que, no es que no las valorases, sino que en su momento no tenías tiempo de pararte a pensar que eran personas importantes”.

A este echar de menos se suma que los pocos contactos reales, en el súper, son muy fríos, hasta violentos. “Solo hablas con personas en el súper y nos tratamos entre nosotros como si fuéramos contagiosos. Si ya de por sí es duro que te traten como un apestado, imagínate si es el único contacto que has tenido en días. Tienes que mentalizarte de que es pasajero y que no son interacciones reales”, añade.

“Nadie había pronunciado mi nombre en semanas”

Los tres coinciden que las redes sociales no sustituyen el contacto cara a cara, pero ven el uso del mundo digital de distintas formas. A Albert le sirve para estar en contacto y mostrarse positivo. Para Xavier es la única ventana a su mundo exterior, por lo cual reconoce que siente que está abusando de ellas. Para Valentina tiene una doble vertiente. Por un lado, WhatsApp, que es necesario para oír voces conocidas “una amiga me envió un audio diciendo ‘me he acordado de ti, Valentina’ y dios, hacía semanas que no oía mi nombre”, recuerda.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Pero por otra parte están las apps como Twitter e Instagram, aquellas que Xavier define como formas de encontrar validación, “todos buscamos, aunque sea a través de una pantalla, a alguien que nos mire y nos haga caso, especialmente si estás solo”. Para Valentina están creando un espejismo muy tóxico. “O cuentan desgracias o ponen fotos de vidas perfectas. Es un momento en el que, no nos engañemos, estamos todos jodidos emocionalmente, y entras y ves gente más jodida y te hundes, o ves gente que está mejor que nunca y también te hundes”.

Fingir que eres feliz

A la pregunta de si han aprendido algo de la cuarentena, Albert responde que sí: a ser más positivo y a tener más paciencia. Por su parte, si Valentina lo oyese seguramente le pegaría un puñetazo aunque no literalmente: “voy a reventar al próximo que diga que el confinamiento es una oportunidad para crecer. No. Esto es una putada que nos está hundiendo a todos, emocional y económicamente”, añade.

Valentina, que siempre se ha mostrado muy crítica con la industria de la felicidad, cree que “es muy tóxico que en momentos tan extremos intentemos huir de sentimientos naturales, aunque sean negativos. Yo conmigo misma tengo el trato de que si estoy mal, triste o sola no pasa nada. Es un termómetro de tus emociones: no te regodees en la mierda, pero si necesitas sentirte así, siéntete. Habrá días buenos y malos, y estos te los tienes que comer con patatas porque no hay otra”.

Los tres esperan que se acabe ya la cuarentena para tener este ansiado contacto humano que la cuarentena les ha negado, ya sea un abrazo, una caricia o un beso. Mientras, extreman sus preocupaciones para no contagiarse de coronavirus: no por miedo a la enfermedad, ya que en jóvenes sin patologías previas no supone un riesgo, sino por el palo de contagiarse y no tener a nadie que te dé una palmadita en la espalda con un “todo va a salir bien, me tienes aquí”.


Por cierto, aquí te dejamos una lista de artículos que te podrían interesar para pasar mejor este confinamiento en casa: 

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