Así fue ver en directo a Amaia y a Alfred en las semis de Eurovisión

El Altice Arena de Lisboa vibró con la primera de las tres galas que conforman el Festival de Eurovisión de 2018

Se encienden las luces y aparece sobre el escenario una pareja. Con micrófonos en sus manos están separados por un espacio que únicamente se rellena con un juego de contraluces intimista y cercano. Mientras suenan los primeros acordes de piano sobre sus cabezas, empiezan a cantar. Es una balada y una letra conocida, familiar, que ahora mismo no sólo están cantando ellos. Hay como un centenar de personas en el público que acompaña a la pareja en el escenario, algunos incluso con más fuerza que lo que retumba en los altavoces. Algunos llevan bufandas, banderas, trajes, aunque tampoco se ven dentro de la oscuridad que hay ahora mismo en el público, todos embobados viendo cómo se acercan más y más en el escenario esas dos figuras.

Estoy en el Altice Arena de Lisboa, donde tendrá lugar la primera de las tres galas que conforman el Festival de Eurovisión de 2018 y nadie diría que hace sólo unos minutos hemos visto sobre ese mismo escenario, y en este orden; dos estanterías llenas de gatos chinos, paneles de colores surrealistas, un bielorruso con una decena de rosas clavadas en su espalda, confeti, bengalas de emergencia, pirotecnia y hasta llamaradas de fuego. Una semifinal donde se ha dado la casualidad que casi todas las canciones favoritas en las apuestas deberán competir por un puesto en la final. Después de ese despliegue de luces y europop, llegan las actuaciones de los tres países que cantarán directamente en la final, Reino Unido, Portugal —la más aplaudida por ser la anfitriona y con una canción que no baja el listón puesto por Salvador Sobral hace doce meses— y España, que envía al escenario a la pareja más mediática del país, y con ellos, a casi toda una legión de gente que los animará en el estadio y entre los cuales me incluyo.

Ralph Monty

La invasión de los fans de OT

Los fans ibéricos están en todas partes, allí donde menos te lo esperas, escuchas conversaciones en español. Me giro en la cola y le pregunto a un grupillo random si creen que somos muchos en esta edición. "Yo creo que sí, aquí está España entera, pero lo que ya no sé es si vienen por Eurovisión o vienen por Operación Triunfo", comenta una chica con la que acabamos echando una ‘porra’ sobre los posibles ganadores de esta edición. Su reflexión es la misma que se hacen muchos de los que se han metido 1.000 kilómetros para estar aquí. Alfred García y Amaia Romero están llamados a ser los representantes con más apoyo y relevancia del festival en lo que llevamos de década. La apuesta de RTVE resucitando el mítico OT para la nueva hornada de mileniales puede provocar que esta edición sea la que más audiencia coseche en todo el país, llegando quizá a datos de cuando ‘Rosa de España’ o ‘Rodolfo Chikilicuatre’. Y, además, luchando contra campañas de boicot por parte de los que querían que hubiera ganado “Lo Malo”.

Volviendo a la cola, en la capital de país de CR7 está lloviendo a mares. ‘Inyustisia’, me digo mientras espero impertérrito en el chaparrón. Delante mío tengo a varias personas con banderas de países que no sabría escribir — he tenido que mirar en Wikipedia la palabra Azerbaiyán— y fans que tienen hasta el estribillo de sus canciones favoritas en una camiseta. A mi espalda tengo algunos españoles, portugueses, y los reyes de la fiesta; un británico con un traje en el cual está estampada la Union Jack hasta el infinito, y un grupo de cinco rusos que van vestidos con trajes tradicionales de babushka rusa. Ojo, parece random pero no. Un verdadero eurofan —como yo y mi selecto grupo de acompañantes— reconocerá ahí la mítica actuación del grupo de abuelas rusas de la edición de 2012. La cantidad de referencias y personajes que hay en esta cola es tan complicado de explicar que intentar explicarlo sería como resumirle a tu colega en sólo dos minutos cosas como Juego de Tronos o el ‘Procés’.

Ralph Monty

Un show digno de un pirómano o un psicópata

Finalmente nos dejan entrar, pasamos un control de seguridad bastante estricto y me tienen como cuarenta segundos con los brazos en alto. Después de esa experiencia humillante, vemos nuestra puerta de acceso, y empezamos a hacer lo que el resto de nuestro grupo: correr hasta pillar un hueco en primera fila del escenario. A muerte. Un sprint a fondo con el que entramos en la platea del Altice Arena y contemplamos con asombro el escenario del Festival de Eurovisión. Una plataforma enorme que se come prácticamente la mitad del estadio, iluminada de azul y dorado, recibiendo a los cientos de eurofans que llegamos al recinto con la lengua fuera. Por suerte más que por nuestra condición aeróbica, conseguimos ponernos en primera fila. Delante nuestro tenemos un carril por el que va circulando una cámara en constante movimiento, las grúas que hacen los planos generales van a una velocidad flipante y por encima de las cabezas de los fans hay unas cajas negras que luego descubriría, por las malas claro, que eran los dispositivos de soltar chispitas y llamaradas de fuego.

El estadio se va llenando de gente para la semifinal y vemos que la tensión se va haciendo más palpable a cada momento. Además, la presencia del ‘animador’ —por no llamarlo otra cosa— de la Televisión Portuguesa en el escenario pidiéndonos que hagamos bailes con las manos e imitemos a Cristiano Ronaldo, no nos ayuda a calmarnos precisamente. Cuando por fin empezamos a escuchar por los altavoces los acordes del “Te Deum”, el himno del festival por autonomasia, suelto un ‘siuuuuuuuu’ que todavía retumba en los oídos del presentador luso. El estadio es un clamor y pasamos a ver por las pantallas la presentación del festival mientras sobre un escenario a oscuras van ‘colocando’ a las cuatro presentadoras de la gala. Por lo que se ve la semifinal tiene un ritmo muy calculado y las primeras canciones son bastante lentas, aunque el nivel va subiendo a medida que avanza la noche. De hecho, el trabajo que hay entre canción y canción es de lo más entretenido: operarios a oscuras trasladando elementos de atrezzo o de iluminación guiados sólo por láseres e indicaciones de los directores.

Ralph Monty

En torno al escenario se puede ver a cantantes en estado de nervios o de absoluta calma. Sennek, de Bélgica, se pasa todo ese tiempo en su sitio de comienzo, con la cara tapada por su mano, que si bien es parte de la puesta de escena inicial, seguro que ayuda mucho para los nervios. Tras una hora y media de público vibrando con canciones candidatas a ganar como la indescriptible Israel, la balada de ópera épica de Estonia o la gran favorita, la canción Fuego de Eleni Foureira, por Chipre, casi me defeco encima cuando salen unas llamaradas acojonantes del escenario principal. Un calor de órdago me golpea el pescuezo mientras una llamarada infernal sale de los dispositivos que tengo a metro y medio de mis. La sensación es peor que una barbacoa a 40 grados en Écija, pero la emoción del momento justifica cualquier sufrimiento. Finalmente, llega el momento esperado de la noche para muchos: las actuaciones en directo de los países que ya tenían plaza en la final.

Amaia y Alfred, un subidón inolvidable

Portugal se luce en su ensayo y presenta un trabajo escénico bastante decente. Reino Unido repite la actuación off-the-record debido un fallo en el atrezzo lumínico.Y entonces, después de horas en pie y casi fallecer calcinado, España llega. Se apagan las luces y nos preparamos para cantar una canción que ya llevábamos tiempo escuchando. Nos la sabemos de memoria, es nuestro mantra, y la cantamos a todo pulmón mientras contemplamos cómo Amaia y Alfred se cantan el uno al otro palabras de magia, de amor adolescente y onírico. Eso sí, tengo que reconocer, para acabar con toda la honestidad que puede permitirse un eurofan acérrimo, que la puesta en escena es un poco decepcionante para lo que esperaba, pero es que TVE y Gestmusic no dan para más en este festival. No importa. Durante los tres minutos de épica actuación,  todos los que estamos representando al país, cantantes y público, vibramos y disfrutamos como si también estuviéramos sobre el escenario. Es nuestra canción, es nuestra ilusión, es nuestra Eurovisión.