Así es como mi padre se pasó 48 horas intentando convencerme para votar a Vox

Una visita familiar rutinaria se convirtió en un interrogatorio sobre mis convicciones políticas y la urgencia de salvar a España de la ruptura

Llego a Valencia a pasar unos días con la familia y lo primero que escucho al cruzar la puerta de casa es esto: “Mira tío que canción más bonita: A Vox le pido…lalalala…”. Es mi sobrino de 8 años repitiendo como un lorito el vídeo del partido de extrema derecha que su padre le ha puesto en bucle en el último mes. “¿Has visto qué buen patriota es tu sobrino?”, me suelta con una sonrisa orgullosa mi padre que, por cierto, acababa de regresar del mitin de Santiago Abascal en Valencia. Así comenzaron 48 horas de asedio en las que las palabras “buenísimo”, “izquierdosos” y “hace falta un tío con cojones” se convirtieron en la coletilla más habitual junto a los insultos más ocurrentes e hirientes al enemigo número uno del universo trifachita: Pedro Sánchez.

Los desencantados son los nuevos fachas

Para entender un poquito mejor de qué va todo esto, os presentaré a mi santo padre. Mi progenitor es un señor de 70 años con aires de Don Juan y de estar de vuelta de todo. Cuando yo era pequeño, mi padre presumía de haber ido a los primeros mítines de Felipe Gonzalez en Valencia y de haber estrechado la mano de Alfonso Guerra. Era un sociata de los clásicos, de los que pensaba que la Transición era el mejor invento español desde el botijo y cuya madre tenía un retrato de Joan Lerma (el expresidente socialista de la Comunidad Valenciana) colgando de las paredes del salón. Su convicción política era tal que en el año 2000, cuando yo solo tenía 15 años, me llevó al mitin de Joaquín Almunia en la plaza de toros de Valencia que, por cierto, se pegó una hostia monumental en aquellas elecciones. Desde entonces mi padre ha votado a PP, UPyD, Ciudadanos y, por fin, a Vox.

Una vez echas las presentaciones resulta mucho más fácil entender las conversaciones que tuvieron lugar en los interminables dos días que compartí con él. El día de mi regreso de Barcelona las preguntas de mis familiares siempre son las mismas: “¿Cómo están los catalanes?”, “¿No estás hasta los huevos del procés?”, “Se van a enterar cuando entre Vox a gobernar”. Es como si el hecho de vivir en Cataluña te convirtiese en una especie de emisario de la ‘República catalana’ al que inundar con todas las quejas sobre lo que hayan hecho Puigdemont, Torra, Rufián o el mosso youtuber en los últimos seis meses. Como si tuviera el control y la omnisciencia sobre todas las mentes de los 7,6 millones de catalanes y tuviera que ofrecer análisis concretos de la política catalana a todo el que se le ocurra preguntar. Un clásico para todos los residentes al norte del Ebro cada vez que vuelven a casa por Navidad

El voto útil es un arma de doble filo

Y sí, en cierta manera estoy hasta los huevos de todo lo que pasa en esta parte del planeta (en Spain, I mean), pero, ¿cómo lo estoy de tener a la extrema derecha sentada en el Congreso por primera vez en democracia? O de no tener claro si el día de mañana tendré una puta pensión para sobrevivir si es que llego vivo a jubilarme. Y, ¿sabéis cual es el problema de todo? Que yo ya NO VOTO y mi familia lo sabe. Y eso es como arrojar una gota de sangre a una piscina de tiburones y la excusa perfecta para que mi padre se ponga en modo MK Ultra (un programa secreto de manipulación mental de la CIA en los sesenta) e intente comerme la oreja con lo importante que es mi voto para evitar que España se vaya a la mierda…blablabla. El problema es que como tantas personas de izquierdas en este país NO siento que ningún partido me motive (soy un podemita desengañado de manual) y me niego a caer en el voto útil y darle mi voto al PSOE. 

“¿Pero no te das cuenta de que quieren imponernos la ideología de género, romper España, acabar con las pensiones, llenar esto de inmigrantes y arruinarnos?”, me repetía mi padre en la comida, en la cena y cada vez que me sentaba en el asiento de copiloto del coche. Tampoco es que el buen hombre me estuviese acosando mentalmente, pero daba igual de qué hablásemos que la conversación siempre acababa con lo malos que son los socialistas y lo apuesto, lo bien vestido y lo macho empotrador que es Santiago Abascal. Así podíamos pasar de hablar del gol de Messi contra el Levante al último discurso de Ortega-Smith o Ivan Espinosa en Las Rozas en tres frases. Un WTF constante que no hizo más que empeorar el día en que me llevó a comer con su actual pareja. Solo diré que al llegar a casa de esta señora había una bandera de España en el balcón más grande que las cortinas de mi salón.

Hasta los huevos del nacionalismo, sorry

La cosa empezó bien. Estábamos tomando una birra, hablando de cosas triviales y mis movidas de trabajo hasta que llegó el momento de sentarse a la mesa y se me ocurrió hacer un comentario irónico (y con cierta mala hostia, tengo que reconocerlo) sobre la banderita: “Jeje...oye, que el Mundial lo ganamos en 2010, ¿eh? Jeje”. ¡Boom! Acaba de soltar un puta bomba nuclear. La señora comenzó un discurso ininterrumpido de 15 minutos en los que expresó con fervor su orgullo de sentirse española y de exponer los símbolos patrios en el balcón de su casa que, además, le servían para que el viejo verde del segundo no echase sus miradas indiscretas desde la ventana. Cuando acabó no sabía si afiliarme a la Falange o pedir el exilio a Andorra. 

Y así transcurrieron los dos días entre conversaciones airadas y sutiles manipulaciones de mi padre, mi hermano y más de un vecino en las que yo me limitaba a asentir con la cabeza y decir “por eso yo no voto” hasta que camino de la estación para coger el tren a Barcelona mi padre lanzó su último intento. Se marcó un all in y con total solemnidad detuvo el coche en el andén, se giró con suavidad y me dijo: “Hijo, si los putos izquierdosos y la corrección política rompen España piensa que tú también tienes la culpa”. Supongo que más de unx estaréis flipando con una frase tan hardcore pero lo realmente trágico de la historia es que ya estoy más que acostumbrado a este tipo de afirmaciones dramáticas y más en mi ciudad. Con una sonrisa abracé a mi padre, salí del coche y le dije: “Sí papá, ya nos vemos”. Pillé el tren, llegué a casa, saqué al perro y pasé de ir a votar aunque estuviera un poco rayado por lo que vi en Valencia pero confiando en que el ‘trifachito’ se quedaría en un sueño húmedo de la derecha y que el pacto PSOE y Ciudadanos era más que inevitable. 

Y el 28-A la sangre no llegó al río

Lo último que sé de él es que en la noche de las elecciones estuvo en línea en WhatsApp hasta las 22:00. Supongo que vio el escrutinio, se pilló un mosqueo de los buenos (él auguraba 40 escaños a su querido líder) y se fue a dormir mentalizándose para la llegada del 'apocalipsis catalano-etarra-comunista' en un par de años. España seguía sin romperse y yo estaba a 400 kilómetros descansando con mi perro hecho una bola entre mis pies. La única lección que puedo extraer de las 48 horas rodeado de votantes de Vox es que, si en algún momento parece que esta gente pueda llegar al gobierno, haré el esfuerzo e iré a votar a PACMA. Por lo menos así me vengaré de todas las veces que he escuchado frases como que "el toro está hecho para demostrar su bravura". Lo siento, pero los humanos me dan cada vez más pereza y al menos habré aportado algo. Confirmado.