Así funciona el verdadero concepto filosófico tras el vaso medio lleno y medio vacío

¿Ves el vaso medio lleno o medio vacío?

Tenemos un vaso, un vaso con agua. Hasta aquí dudo mucho que nadie se haya perdido, no hay motivos para dudas ni tergiversaciones. Sin embargo, ¿qué pasa cuando preguntamos cuánta agua tiene el vaso? ¿Tiene mucha o tiene poca? El vaso medio vacío o medio lleno, la eterna y absurda duda de la humanidad para definir a quienes supuestamente son unos pesimistas y separarlos prudentemente de los optimistas. Siempre parece que el pesimista es el que ve todo de forma horrible y el optimista es el que piensa que lo mejor siempre está por llegar. Y aunque ambos inviertan el 90% de su tiempo en decir cosas que van por esa línea, no todo se reduce hasta ese punto. La del optimista y la del pesimista son dos formas de ver la vida contrapuestas y complejas, que engloban muchos otros factores. Vamos a ver de cuál eres tú.

Todo mal

Hagas lo que hagas la vida da una pereza tremenda, ¿es correcto? Todo está mal, terriblemente mal, y aun por encima da pereza. Una buena forma de resumir este espacio o signo del pesimismo es eso de “¿para qué hacer la cama si se va a volver a deshacer?”, o “paso de bajar que no quiero tener resaca mañana”. Hegesias fue uno de los primeros pesimistas, un filósofo griego clásico que tuvo bastante lucidez a la hora de decir que en la vida, en realidad, había muy pocas cosas que realmente pudiesen causar placer, la tónica general de la vida se reducía a molestias o dolores, igual que los viejos. Qué buenos que están unos ñoquis caseros pero qué lata que da prepararlos. Y como eso, lo mismo con todo. Ojalá un cuerpazo pero qué pereza. Ojalá viajar a Tailandia pero qué asco los bichos. Ojalá ser feliz pero qué difícil.

Un optimista, generalmente, tiene la saludable capacidad de disfrutar de cosas tremendamente pequeñas, delicadas y sencillas. No tipo Amélie, más bien tipo Epicuro. Epicuro fue otro filósofo griego que consideraba que la vida tiene que centrarse en buscar placer. Eso sí, el placer era todo aquello que realmente le sentaba bien a uno, es decir: mentalidad realfooder. Madrugar, meditar, ir a ver a la familia, merendar fruta los domingos… ese tipo de cosas. Es decir: encontrar el placer en elementos diarios y saludables.

El universo, que conspira

Ese vaso y esa agua están, al final, en una realidad, en un mundo. ¿Y qué es lo que en definitiva pasa con él? Esa es la gran pregunta. ¿Es este universo un lugar hostil? ¿O, por el contrario, no se está ni tan mal cuando te ha sobrado pizza para desayunar?

Schopenhauer, el padre auténtico del pesimismo filosófico, mantenía una idea poco amable sobre este mundo. Decía que estaba gobernado por una voluntad ciega, irracional, y tremendamente destructiva. El mundo, por sí mismo, tiende al conflicto, al dolor y a la muerte. Por lo tanto, no había que pensar en un infierno ni en nada así, la realidad ya es bastante horrible por sí misma.

En el otro lado de la balanza estaría Leibniz, que de una forma quizás algo precipitada dijo que “este era el mejor de los mundos posibles”. El bueno de Leibniz era, ante todo, un cristiano convencido. Y en su razonamiento dijo que, si Dios creaba este mundo, era porque las otras opciones, sin duda, debían de ser mucho peores. Aunque puede sonar a enajenado mental, el argumento es uno de los pilares del optimismo: el mundo es el adecuado, está bien así, no se le puede objetar nada, lo que hay que hacer es echarle aptitud, ganas, atreverse a jugar.

Que viva la gente, pero que viva lejos

Este nuevo orden mundial pandémico nos ha llevado a repensar el papel que juegan los demás en nuestra vida. No necesariamente nuestra familia, amigos y personas cercanas. Sino la humanidad, en general. Cioran fue un filósofo rumano-francés que escribía aforismos toda la noche, fumando incansablemente, mientras se lamentaba de un sinfín de cosas. Uno de sus pensamientos más recurrentes era el del exterminio, las ganas de que tanta gente desapareciese. Esta es una idea vieja, la idea de que la masa, el grupo de gente, en su conjunto, es directamente malo, idiota o perjudicial. A un buen pesimista no le basta con pensar que todo irá a peor. Probablemente dirá: “irá a peor por culpa de cualquier idiota. Que otra cosa no, pero sobrar sobran”.

En el otro lado tenemos a Kant (el de la Selectividad). Su optimismo se veía en que no se daba por vencido, y creía que en la humanidad y en que la gente, si se le daba la oportunidad, tendría la capacidad de pensar y de tomar buenas decisiones. Por eso dijo que las personas podían llegar a la “edad adulta de la razón”. Porque llegaba un punto en el que el sentido común se imponía. Y la gente, terminaba por pensar adecuadamente.

Podría seguir dando argumentos a favor del vaso medio lleno, pero en seguida conseguiría tumbarlos mostrándote la postura del vaso medio vacío. Al final, cada una de las opciones es una decisión vital y solo una persona puede decidir la tuya: tú.