La fotógrafa que se coló en 100 casas para retratar la intimidad del confinamiento

Ilaria Magliocchetti Lombi quería saber cómo vivían la cuarentena en otros países y acabó llegando a personas de todo el mundo que nunca habría imaginado

A veces, para tener la foto grande, necesitas pararte a mirar cada una de las fotos pequeñas. Por ejemplo, en las últimas semanas. Si mirabas por la ventana, veías siempre lo mismo; si mirabas hacia el interior, volvías a ver también la misma nevera, cama, tele, sofá. Pero sin darte cuenta, en tu móvil empezaron a aparecer cosas: gente que hacía años que no veías, familiares que nunca hubieras pensado que eran capaces de hacer una videollamada, tus jefes, fiestas de cumpleaños, un sobrino que acaba de nacer, tus amigos de verdad. Por mucho que las hayamos terminando odiando, las videollamadas han sido nuestra única forma de socializar. Nos han salvado la vida.

© @ilariamagliocchettilombi / Contrasto

Ahora no sabemos cómo escapar de todas esas aplicaciones y no soportamos seguir viendo a la gente siempre encuadrada en el mismo ordenador y con la misma pared de fondo, pero hace dos meses fue la revolución a la que nos aferramos: los skyperitivos, los zoompleaños, las covirras... Y cuando la pantalla se convirtió en la única forma de conectar con el mundo, la fotógrada Ilaria Magliocchetti Lombi (Roma, 1985) decidió usarla para retratar el que es de lejos el acontecimiento histórico más importante de su vida.

"Durante la primera semana del encierro en Italia (el primer país europeo que se confinó), hice muchas fotos a mis amigos. Teníamos mucha necesidad de sentirnos cerca, estábamos muy confundidos, asustados y en shock. No parábamos de llamarnos, así que decidí empezar a fotografiar esta nueva forma de relacionarnos", explica por correo casi dos meses después. De estas conversaciones con sus amigas de Roma, Barcelona o México, la necesidad de saber cómo estaban y qué medidas estaban tomando los demás países, pasó a abrir la red y llamar a amigos de amigos. Se fue a Madrid, Bogotá, Cambridge o Minsk y así, poco a poco, acabó retratando a gente desoconocida en Irán, Burkina Faso y hasta a bordo del Open Arms, atracado durante toda la cuarentena en Castellón. Acabó haciendo la gran foto de un mundo confinado: 100 retratos en 38 países de 5 continentes (todos, menos la Antártida, la única donde no se ha detectado el coronavirus).

Unidos por la soledad

La gente, como ella misma, tenía muchas ganas de hablar con una desconocida. De abrir las puertas de su casa, aunque fuera un poco para sentirse conectados a alguien que, puede estar a 10 kilómetros o a 10.000, que algo tendrá en común con tu malestar. Si cuando viajas, las tres preguntas básicas que te hace cualquiera al llegar a un hostal son "¿de dónde eres?", "¿de dónde vienes?" y "¿adónde vas?", en tiempos de coronavirus las coordenadas básicas son: "¿cuánto llevas encerrado?", "¿cuánto os falta?" y "¿cómo lo estás llevando?". Esto te ubica rápidamente en el mapa del coronavirus. Ilaria, además, les preguntaba su profesión y si estaban trabajando, teletrabajando o en paro en ese momento.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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"Me sorprendió mucho el entusiasmo y la necesidad que tenía la gente de compartir este momento. Creo que su necesidad es exactamente la misma que la mía: entender qué está pasando en el mundo, qué están pensando los demás y cómo reaccionan a la alerta sanitaria los países distintos al tuyo. Al final, aunque todos tenemos diferentes situaciones económicas, laborales o de salud, todos tenemos sentimientos en común y estamos conectaos en esta experiencia. Justamente, creo que me han abierto sus casas porque entendían que mi trabajo era intentar hablar de una experiencia global y que tenemos más que nunca la necesidad de no sentirnos aislados", cuenta Ilaria.

"Aférrate siempre a tus mejores recuerdos", dice Ariadna, desde Bogotá. "Hace tres años, cuando mi hermana y yo decidimos empezar a vivir juntas, no imaginamos lo útil que llegaría a ser en momentos difíciles como este", dice Sara, desde Teherán. "Lo peor es lo que el gobierno ha hecho con nuestros derechos civiles, que no podamos protestar", dice Frank, desde Berlín. Alberto, en Madrid, se vio de repente como un personaje de la historia que había visto en televisión: "todo empezó a ir mal: la fiebre subió hasta los 39 grados, el dolor se me expandió por todo el cuerpo, los pulmosnes fallaban. Después de cinco días tuve que ir al hospital. No había suficientes medicinas...", el resto nos lo sabemos. Luego, posaban un rato frente a la cámara de Ilaria (detrás del móvil o del ordenador), que les iba diciendo sube un poquito aquí, baja otro poco allá, quita esa bolsa de basura que queda horrible, mira a cámara, sube el mentón.

Una madre con dos hijos en una casa de acogida para mujeres maltratadas, un chico con Covid encerrado en una habitación y su novia dejándole la comida en la puerta para no contagiarse, otra persona enferma con la angustia de no saber si tiene o no coronavirs, el teletrabajo, personas que cada día salen a desinfectar el espacio público y vuelven a casa con terror de contagiar a sus familas, familias privilegiadas, familias hacinadas, mascotas, teletrabajo, gente en Estados Unidos con miedo a que su seguro médico no les cubra, gente que no sabe cuándo volverá a trabajar... todos hemos vivido lo mismo como hemos podido, pero mirando con lupa la intimidad de cada casa puedes hacer un retrato mucho más allá de los memes, los muffins y el telediario.

"No puedo hablar por todo el mundo, pero espero que todos los que pertenecemos a esta parte del mundo hayamos aprendido a ser un poco más empáticos. No estamos acostumbrados a sentirnos en peligro, frágiles. Tal vez estas sensaciones nos hayan ayudado a entender cómo se puede sentir un migrante que no sabe cuándo volverá a ver a su familia; o a darnos cuenta que hay generaciones enteras que (por la guerra) han crecido en confinamiento. Gente que nunca ha podido ir al cine o al bar o para quienes ir al supermercado es ponerse en riesgo de saltar por los aires", reflexiona, "espero que esta experiencia haya hecho más humana a una parte de la población y que hayamos descubierto que viajar es un privilegio que nunca más deberíamos dar por hecho".

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