Pensar que las brujas medievales son un icono feminista es un gran error

El eslogan "somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar" queda muy bien, pero refleja que nos hemos tragado el discurso de aquellos que usaron la tradición y el folklore de las brujas para perseguir a mujeres

“Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar”. Un lema que, seguro, has visto y oído en alguna manifestación feminista o has visto pintado en color violeta junto al símbolo del empoderamiento femenino. Hace referencia a la idea que nos ha llegado de las brujas más allá de las leyendas: aquellas mujeres que fueron perseguidas por el simple hecho de ser mujeres fuertes o independientes, la mayoría de las veces injustamente acusadas por hombres o figuras de poder masculinas.

Por eso mismo, se han convertido en iconos feministas, como víctimas del patriarcado en una época donde tenían todavía menos garantías de supervivencia. De hecho, la imagen de estas mujeres ha pervivido en el tiempo de esta forma: solo hace falta mirar desde series como American Horror Story: Coven y su retrato de las brujas empoderadas o la cantante Lola Índigo usando el imaginario de la brujería para hacer música de “mujer fuerte”.

Pero la realidad no es tan sencilla. “Las brujas no tenían tiempo de empoderarse, bastante tenían con no morirse de hambre”, explica a El País Julia Carreras, que vive en el pueblo catalán donde se dictó la primera ley europea contra la brujería en 1424, donde prepara un libro sobre las brujas en el Pirineo. De hecho, según sus investigaciones, lo que creemos que eran las brujas no eran solo mujeres, también hombres: “la primera mención de brujería satánica no se hace por las brujas sino por las sectas heréticas medievales, de los que se decían que cogían escobas y volaban para adorar al diablo. Luego metieron en ese saco a las mujeres. Es un crimen acumulativo. Por eso la brujería es un constructo y cada pueblo y cada persona tiene una idea diferente de ellas”.

Por eso, creer que las brujas eran mujeres empoderadas es un mito. “Que no te engañen y pienses que tienes un discurso súper feminista cuando tienes el de los perseguidores que iban a por las mujeres […]. En un mundo donde el empoderamiento era lo último que se te podía pasar por la cabeza y lo primero era no morirte de hambre, que no se fastidiara la cosecha o que no se te muriera un hijo, si tenías que acusar a tu vecina de bruja pues lo hacías sin pararte a pensar que estabas llevando a cabo un feminicidio. No puedes analizar el mundo pasado con los parámetros del actual. No puedes hablar de feminismo en un lugar donde no se planteaba. Hay que juzgarlo en su momento y sin hacer un juicio de valor. Y no lo estoy justificando, ni muchísimo menos”.

El Aquelarre, de Francisco Goya

En conversaciones con compañeros historiadores, Carreras ha concluido que la primera ley de brujería surge cuando el mundo feudal empieza a desaparecer y los nobles ven peligrar sus tierras y privilegios, así que intentan conservarlo “a toda costa”. Por eso, estas leyes estipulan que cualquier propiedad de una persona que vaya con brujas pasaría a manos del señor feudal en cuestión. “Los juicios comienzan cuando los señores ven peligrar sus posesiones. Aquí no llega la Inquisición, aquí te juzgaban tus vecinos y se repartían tus tierras cuando te ejecutaban”, añade.

La idea que tenemos de la mujer empoderada acusada injustamente ardiendo en la hoguera es falsa. “¿A cuántas brujas se encausó en juicios de brujería?”, pregunta El país. “A ninguna”, responde la historiadora tajantemente. Es decir, juzgaban a las personas que iban con brujas, aquellos que usaban plantas y ponían comida al bosque (“como hacemos ahora con los reyes magos”, recuerda Carreras), que aunque lo hacían como superstición, folklore y para alejar los malos espíritus, podían ser denunciados: “hay juicios donde se acusaba de brujería a gente que lo hacía culpándoles de dar comida a las brujas”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Carreras cree que poner las brujas como icono feminista es “aceptar el discurso del perseguidor”, y con él se da “la razón a las élites religiosas y políticas que pretendían perseguir a las mujeres”. Las mujeres no eran las víctimas iniciales de la brujería: los juzgados, como decíamos, eran los que simpatizaban con ellas, fueran hombres o mujeres. De hecho, las brujas ni tan siquiera eran mujeres, eran “seres sin cuerpo que causan todos los males de una comunidad”. Esa idea tan extendida de que las brujas eran mujeres alquimistas que usaban hierbas para provocar abortos o curar es, también, falsa, “las brujas no usaban plantas, sino que la gente usaba las plantas para protegerse de ellas”.

De hecho, la asociación de mujer y bruja es tardía: “hay textos religiosos que decían que las brujas eran mujeres porque estaban naturalmente inclinadas al pecado. Las brujas no son humanos pero como ya no estamos en contacto con el mundo rural hemos perdido la visión originaria”. Por lo tanto, las feministas actuales no son “las nietas de las brujas que no pudieron quemar”. Eso, por supuesto, no quita que las feministas actuales sí que se asemejen a la idea que la iglesia ha intentado establecer de las mujeres empoderadas. Pero, claro, con esta visión feminista de la brujería, al final, lo que se ha logrado ha sido comprar ese discurso religioso, cargado de ideología y vacío de rigor histórico, y perder todo el folklore brujeril que, según Carreras, aún vive en los pueblos.