La multimillonaria que pasó de estar secuestrada a liderar una guerrilla de Robin Hoods

Patricia Hearst fue considerada una víctima del Síndrome de Estocolmo, pero no todos compran esta versión que la exime de total responsabilidad. Una de ellas es la escritora Lola Lafon, que explica sus punto de vista en el libro Mercy, Mary, Patty

Era 1974 y Patricia Hearst (Patty, como se la conocía) tenía 19 años. Era la nieta de uno de los magnates más poderosos de Estados Unidos, William Randolph Hearst, que poseía muchísimas cabeceras de diarios y revistas, con lo cual amasó una gran fortuna y mucha influencia. Tanta, que hasta Orson Welles se inspiró en su poderosa figura para crear uno de los clásicos de Hollywood, Ciudadano Kane. Sus tendencias políticas eran de ultraderecha, e incluso se lo acusó de pronazi, una ideología que, según se decía, no solo compartía él: también su familia.

Fue por este motivo que el Ejército Simbiótico de Liberación (SLA, por sus siglas en inglés), un colectivo de izquierdas que fue descrito como una especie de Robin Hoods que querían traer las guerrillas marxistas de Latinoamérica a Estados Unidos para derrumbar el capitalismo, se fijó en su familia. Creían que formaban parte de una élite “superfascista” que dirigía el país gracias a su influencia corporativa y empresarial. Por eso, asaltaron el piso de Patty y la secuestraron, iba a ser una moneda de cambio.

La multimillonaria secuestrada por Robin Hood

La SLA la usó como rehén para que la familia donase 2 millones de dólares a un banco de comida para personas sin hogar de California. Luego, pidieron más, y la familia se negó y rompieron las negociaciones. El caso ya había sido muy mediático y seguido por la prensa: una de las herederas más ricas del país, secuestrada. Era suficiente para abrir todos los telediarios. Pero la historia de los Hearst dio un giro que la convirtió en digna de salir en American Crime Story: la SLA filtró una grabación de Patty en la que anunciaba que se unía a la banda y que se cambiaba de nombre a Tania, en honor a la acompañante del Che Guevara. "Patria o muerte. Venceremos", gritaba en español, con el puño alzado y mirando a cámara.

Patricia Hearst

Solo diez días después, unas cámaras de seguridad la filmaron atracando un banco de San Francisco. Ya era una miembro oficial del grupo, con lo cual, su estado legal pasó de “secuestrada” a “criminal”. Su periplo con la SLA duró un año y medio, durante el cual tuvo una relación sentimental con el líder de la banda, que murió en una redada. Unos meses más tarde, fue detenida y llevada a juicio.

Víctima de Síndrome de Estocolmo o criminal

Durante todo el proceso judicial se dijo muchísimo sobre Patricia, quién era, qué buscaba, si era una víctima, si no lo era… Como se pregunta la escritora Lola Lafon en su libro Mercy, Mary, Patty (ed. La Caja Books), “¿quién es la verdadera Patricia, una marxista terrorista, una estudiante iluminada, una auténtica revolucionaria, una pobre niña rica, una heredera a la deriva, una personalidad trivial y vacía que abrazó una causa al azar, una zombi manipulada, una joven furiosa que tiene a América en el punto de mira?”.

Nadie tiene la respuesta a esta pregunta. Solamente la propia Hearts, y ha dado poquísimas entrevistas, por lo que no se ha mostrado demasiado abierta a responderla. Se ha querido distanciar de su propia leyenda y pasar página, pero eso ha provocado que, ante la falta de respuestas, haya muchísimas más elucubraciones. Dependiendo de a quién le preguntaras, era una víctima, o una revolucionaria, o simplemente una niña que buscaba aventuras. Se habló muchísimo de ella, y todos tenían su punto de vista.

Patricia Hearst

Por ejemplo, según la acusación, era una delincuente, el argumento que ganó el juicio y que acabó con una pena de siete años de cárcel. Sin embargo, fue el discurso de sus abogados el que caló en la sociedad. Aseguraban que era una víctima que había desarrollado el Síndrome de Estocolmo porque, tras el secuestro, fue retenida en un armario durante 57 días, durante los cuales fue violada, abusada y sometida a un lavado de cerebro. Hearst pasó a ser una mártir, y por eso simplemente cumplió con dos años de cárcel, ya que el presidente Jimmy Carter le conmutó la pena ante el clamor popular. 

Como explicó un ex de Patty en la tele durante el secuestro, “Patricia es guapa, razonablemente inteligente aunque no brillante, es una chica muy simple, sin opiniones políticas”. Todos querían construir la imagen de que una mujer joven y rica no podía tener esas ideas. Que si era revolucionaria es porque le habían lavado el cerebro, y no porque tuviera la capacidad para empatizar con una lucha de izquierdas y quisiera unirse a esta especie de guerrilla de Robin Hoods. Y probablemente, según Lafon, por eso Hearst sigue callando hoy en día: si la veían como una víctima, la sociedad la iba a perdonar. De hecho, después de haber salido en películas de John Waters y convertirse en campeona de concursos de perros, queda claro que sus delitos están perdonados (aunque no olvidados). 

¿Las mujeres no tienen opinión política?

La historia que transcendió, por lo tanto, fue que Hearst no era culpable, sino que sufría el Síndrome de Estocolmo. Pero para Lafon es un argumento reduccionista y simple. En su libro hace una revisión de su caso en clave feminista, y lo compara con otras historias similares de mujeres jóvenes, ricas y revolucionarias (en concreto, Mercy Short y Mary Jemison, que dejaron su vida acomodada atrás para unirse a grupos de nativos americanos). A todas les sucedió lo mismo: como eran mujeres blancas y ricas, se las veía como personas frívolas y apolíticas, con lo cual, la única explicación era que le habían lavado el cerebro. No podía ser que ellas realmente sintieran esas causas y quisieran luchar por ellas.

Patricia Hearst

 Al final, la historia de fondo no es más que las preguntas que Lafon se hace durante todo el libro: ¿por qué cuesta tanto entender que las mujeres sean responsables de sus propios actos políticos? ¿Por qué nadie se creyó a Mercy Short y Mary Jemison cuando dijeron que sentían mucho la causa de los nativos americanos y por eso se unieron a ellos? ¿Por qué le sucedió lo mismo a Patty? ¿Por qué la única explicación posible fue el Síndrome de Estocolmo? ¿Por qué siempre pensamos que las mujeres son inocentes e influenciables y no pueden desarrollar una conciencia política por sí solas?

Aunque el caso de Mercy, Mary y Patty parezcan aislados y extremos, pensemos en la mayoría de mujeres políticas que acusan de ser títeres de o mujeres de (por ejemplo, desde Hillary Clinton a Irene Montero, en España). Muchas veces se las dibuja como si su compromiso político viniera solo porque están con sus parejas y lo han heredado, influidas por ellos. Como si no pudieran desarrollarlo por sí mismas. Esa es la reflexión final del discurso de Lafon: todavía queda mucho por avanzar en la percepción política que tenemos de las mujeres. Ni son sumisas ni santas. Son libres, con convicciones, sean correctas o equivocadas.

CN