Por qué deberías desterrar para siempre la palabra calientapollas de tu vocabulario

Nadie tiene la obligación de acostarse con nadie bajo ningún concepto y siempre está abierta la posibilidad de cambiar de opinión

Te estás liando con esa persona que has conocido algunos fines de semana atrás. Has salido de fiesta con tus amigos y resulta que habéis coincidido. Todo bien. La noche va sobre ruedas, te lo estás pasando en grande. En uno de esos besos que proclaman una especie de auge sexual y calentón, tu crush te dice de iros a su casa pero la realidad es que no te apetece, quieres quedarte de fiesta con tus amigos. Pero claro, te 'sabe mal', a lo mejor se mosquea. Te vienen a la cabeza las clásicas frases de 'no calientes lo que no te vas a comer' o las personas 'microondas, que calientan pero no cocinan', todas variantes del rancio y tóxico concepto de 'calientapollas'.

El hartazgo del estereotipo

La forma de hablar es uno de los comportamientos comunicativos más explícitos que existen. La violencia que nace de la expresión verbal es parte de apoyo al mantenimiento de la desigualdad social y de género. La palabra calientapollas aparece en la Real Academia Española (RAE), concretamente define a la misma como “persona que excita sexualmente a un hombre sin intención de satisfacerlo”. Carme Sánchez, codirectora del Instituto de Sexología de Barcelona, explica que “una mujer puede perfectamente decidir cuándo quiere o cuándo le apetece. Desde el origen de los tiempos es más ‘sencillo’ insultar así a una mujer”. Los hombres, por su parte, no deben esperar tener el derecho a practicar el sexo aunque haya habido un coqueteo previo o incluso una relación sexual previa. Esto sirve para relaciones tanto heterosexuales como homosexuales.

Las mujeres en determinadas situaciones se han visto con la ‘obligación’ de consentir el sexo porque han estado flirteando previamente, sobre todo por ese estigma que se ha extendido a lo largo de la historia. Probablemente conozcas a decenas de mujeres o incluso tú te has llegado a hacer la pregunta: ‘¿cómo voy a decir ahora que no?’, una cuestión apoyada en un sentimiento de culpabilidad que nace de haber permitido y deseado el coqueteo. Sánchez relata que hay dos problemas claros en este tipo de situaciones: “Por un lado existe el conflicto de la inmediatez de la actualidad, el ‘lo quiero y lo quiero ya’ y por otro la incorrecta idea de que si no hay un ‘no’ la respuesta es un ‘sí’. Si no hay una respuesta afirmativa por el lado de ella (o de él) también debe entenderse como un ‘no’, eso debe estar claro”.

El chantaje es agresión sexual

El foco está en la mujer, siempre se la culpabiliza. Los momentos en los que existe un coqueteo por parte de ambos y luego es ella la que detiene que ese flirteo continúe porque no quiere ir más allá pueden derivar en agresión o acoso. Es importante dejar muy claro y que entre en el cerebro de todos que una agresión sexual no requiere violencia física para ser considerada agresión, basta con que haya insistencia, manipulación psicológica o chantaje, unos aspectos que sí aparecen al previo insulto de calientapollas. Esta forma equivocada de entender la sexualidad ha nacido en función del criterio del deseo sexual masculino, este deseo siempre ha sido el protagonista y el hecho de que lo haya sido (y por desgracia, aún lo sea) tiene como resultado estos entornos violentos o incómodos para la mujer.

La experta recalca que es deber de los hombres “aprender a controlar y gestionar su frustración ya que el sexo es una cosa de dos y si no hay consentimiento por parte de ella no habrá relación sexual” y puntualiza: “La mujer no tiene que buscar una forma suave o menos directa de explicar que no le apetece, es la otra persona la que tiene que responsabilizarse del sentimiento que le genera el rechazo. Cambiar de opinión es posible y aún más: es nuestro derecho”. Es usual que el papel femenino sea el de frenar y el masculino el de seguir. Esto, además, deriva en que el disfrute se vea limitado ¿y por qué? Porque la inseguridad de la mujer hace que actúe para complacer al otro o haciendo lo que cree que se espera de ella y acaba teniendo una relación sexual que en el fondo no desea.

Hay que enseñar desde los hogares y las instituciones un tipo de educación sexual basado en el placer mutuo pero sobre todo potenciando la figura de la mujer ya que es el que está invisibilizado. Se deben cortar de raíz los estereotipos impuestos porque en su mayoría son machistas y tóxicos y no tienen cabida en las relaciones sanas: relaciones de igualdad y donde la comunicación sirva como base para la satisfacción de ambos. Y, aunque por supuesto existan excepciones, un mensaje claro para ellos: no insistas, no seas pesado, no te ofusques y no te respaldes en la incapacidad de controlar tu excitación.