Si no sabes asumir tus derrotas no esperes ser una heroína

El cine y la televisión están reivindicando un tipo de mujer tan inspiradora como necesaria: aquella que nos enseña cómo reivindicar y luchar, pero también cómo perder y reaccionar cuando fracasamos

Mi primera revelación en torno al feminismo —sin saber yo por aquel entonces todo lo que implicaba este concepto— fue gracias a la serie Buffy Cazavampiros. Es decir, una tía que combina sus deberes de instituto con matar a demonios del inframundo para salvar a la humanidad es lo más guay que había visto hasta el momento. Buffy Summer era independiente, fuerte y segura de sí misma. Se había convertido en mi primera heroína feminista sin ni siquiera haberme dado cuenta. 

Yo en aquella época no sabía resolver ningún problema sin llamar antes a mi madre y tenía una relación tóxica con un tío mayor que yo al que no dejaba por miedo a quedarme sola. Tan solo era una adolescente, pero teniendo en cuenta mi referente, me sentía un tanto frustrada. Afortunadamente los tiempos han cambiado (y yo también). El feminismo trajo consigo el auge de la mujer empoderada, y como todo movimiento influyente e inspirador, Hollywood, la televisión e incluso la industria editorial han querido sacar tajada. Por eso no paran de surgir nuevas figuras femeninas que, por fin, cobran el protagonismo que merecen. Eso sí, bajo un halo edulcorado que presenta una imagen idealizada, perfeccionista y poco humano de lo que es realmente una mujer. 

La presión por ser la mujer irreal

¿Y eso qué nos enseña? Que tenemos que ser flagrantes feministas, inamovibles, seguras de nosotras mismas, poderosas, atractivas y con mucho amor propio. Qué presión. A veces vuelvo a sentirme como mi yo de 17 años. Por eso creo que necesitamos más referentes del fracaso. Mujeres inteligentes, enérgicas, pero también perdedoras. Porque eso es lo que nos va a pasar en la vida real, y no pocas veces. Esta reflexión se desarrolla muy bien en este artículo de The Guardian sobre la serie de Jill Solloway I Love Dick. Chris, la protagonista, se obsesiona con el tutor artístico de su marido, encarnado por una versión sexy de Kevin Bacon con sombrero de vaquero y a lomos de un caballo. Él parece no corresponderla, pero ese rechazo, en lugar de frenarla, hace que se desate en ella una fuente inagotable de creatividad y un juego sexual que resucita el deseo en su matrimonio. 

Chris se muestra vulnerable, confusa y errática. Además, su trabajo como cineasta no ha tenido el éxito que esperaba. Aun así, nos fascina; cada minuto que aparece en pantalla es una fuerza arrolladora que eclipsa todo lo demás. He aquí una figura perdedora, pero también interesante, inteligente y tremendamente inspiradora. La obra de Kraus nos enseña dos cosas: cómo podemos convertir el rechazo en una fuente creadora imparable y cómo el arte es capaz de catalizar nuestras frustraciones y desgracias de la vida real. 

Cris, de I love Dick

Curiosamente, el libro en el que se basa la serie no tuvo mucho éxito en el momento que fue lanzado, pero desde que se estrenó la serie, se ha convertido en un ejemplar de culto. La protagonista de I Love Dick no es el único ejemplo televisivo, de hecho, parece que estamos ante el auge de lo que algunos llaman la “female looser”. Lo hemos visto en la Hannah de Girls. El personaje que interpreta Lena Dunham es una niña malcriada, egocéntrica y egoísta. Sin duda cae mal, pero no pide perdón por ello. 

La imparable Phoebe Waller-Bridge y el personaje que ha creado en Fleabag es otro gran ejemplo. Ella es una auténtica anti heroína: inestable, neurótica, mentirosa... un completo desastre que hace que nos rindamos a sus pies. Siente un desprecio por sí misma injusto, ella misma afirma en muchas ocasiones ser una mala feminista. Pero a medida que la conocemos, vemos a una persona que solo quiere lo mejor para las mujeres que la rodean, para todas menos para sí misma. No podemos dejar de mencionar a Rue de Euphoria o a Nadia de Muñeca Rusa. También es imprescindible el trabajo de creadoras como Tina Fey, Amy Schummer o Miranda July, que han contribuido a crear personajes que hacen lo que les viene en gana sin miedo a lo que los demás piensen de ellas. Y la lista continúa.

Nadia, de Muñeca Rusa

Creo que la razón por la que nos atraen tanto estas mujeres es porque cuentan historias de gente mediocre, de las fracasadas que se toman la vida con humor, porque de forma inconsciente nos vemos reflejadas en ellas. No aspiramos a eso (y está bien no hacerlo), pero sí nos sentimos aliviadas al ver que no estamos solas. No me malinterpretéis, está bien ser ambicioso, no conformarse, seguir creciendo; pero nos hemos (y nos han) puesto las expectativas tan altas que nos sentimos mal cuando no logramos alcanzar el éxito. Tenemos los referentes por las nubes, por eso quizás no es tan malo tener como modelos a seguir a personajes ficticios fracasados a los que admirar y disfrutar.

Por eso necesitamos un modelo que quizás no sea más realista, pero sí más numeroso, más habitual, más probable. Está bien contar la historia de las figuras que han alcanzado el éxito, pero también es necesario contar la de las que no lo lograron. Necesitamos más heroínas del fracaso. Al igual que tenemos que saber cómo triunfar, cómo reivindicar y cómo luchar; también tenemos que saber cómo perder, cómo reaccionar y actuar cuando fracasamos. Y para eso también se requiere mucha inteligencia, humor, auto aceptación, y feminismo.

Y ahí nos damos cuenta que desde esa posición tenemos muchas más cosas que decir. Por eso es tan liberador hablar abiertamente de nuestros problemas de salud mental, de nuestras inseguridades, de nuestros deseos prohibidos y de nuestras disfunciones sexuales. Las mujeres necesitamos compartir nuestras sombras para crear una comunidad en torno a todo lo que se supone que no podemos o debemos ser. No se trata de un autosabotaje, ni siquiera de conformismo, si no de una auténtica salvación. Cuando nos libramos de esa armadura, empezamos a considerarnos a nosotras mismas mujeres interesantes. Que una mujer se imponga, muestre su poder, se moleste, se queje y alce la voz es un triunfo. Imagínate si esa voz te habla del cómo ha perdido, cómo ha sido rechazada y cómo sigue adelante. Eso es todavía más poderoso.