Así era el porno sin límites de la Antigua Roma hace 2.000 años

Olvídate del sexo oral o de cuerpos desnudos íntegramente, el sexo en Roma tenía unos estrictos códigos que se reflejan en sus frescos

Para esos días que estamos un poco cachondos y queremos “liberar tensiones” tenemos Pornhub, xvideos y hasta Twitter. Son millares las plataformas donde consumir pornografía. Y aunque hoy en día esté tan extendido este contenido y lo hayamos reinventado constantemente con revisiones feministas, queer o LGTBI, no lo hemos inventado nosotros. De hecho, la pornografía es un género muy antiguo: satisfacer nuestras necesidades eróticas tiene tanta historia como la civilización humana.

La Antigua Roma es uno de estos grandes ejemplos. Hace más de 2000 años ya había artistas pornográficos. La última prueba, un fresco que se encontró recientemente en las excavaciones de Pompeya que representa el mito griego de Leda y el cisne, en el que Zeus, convertido en esa ave, tuvo relaciones con la humana de la cual salieron varios hijos, entre ellos, la famosa Helena de Troya, el desencadenante mitológico de la guerra. La escena, cargada de erotismo, estaba expuesta en una de las paredes de la domus de un mercante rico. Esta “pornografía”, por lo tanto, estaba integrada en la vida diaria de sus mecenas. No se veían con la necesidad de buscar un equivalente a nuestra “pestaña de incógnito” para consumir este contenido.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Era algo habitual: aunque estemos acostumbrados a la censura de pezones en Instagram, en la antigüedad la relación con el sexo y el erotismo era mucho más mundana. La historia del arte, cargada de nudes, lo demuestra. Como explica la historiadora feminista Virginie Girod, “la pornografía no era obscena”, al contrario, había muchas casas que estaban decoradas con los mismos motivos que el famoso burdel de la ciudad. “Fue bajo el cristianismo que el cuerpo erótico estaba escondido y denigrado”, antes de eso, era muy habitual tener un cuadro pornográfico de Príapo (un dios con un pene tan largo como una pierna y cuyas representaciones también se han encontrado en Pompeya) en el mismo comedor donde tus hijos desayunaban cada mañana.

Por cosas así, nos ha llegado la imagen de que la sociedad romana era profundamente sexual y que vivían en una constante bacanal de libertad erótica. Nada más lejos de la realidad. Toda esta pornografía era siempre encorsetada en la reducida visión de la sexualidad. Por ejemplo, muchas de estas imágenes pornográficas servían para celebrar la fertilidad, no para aportar contenido gráfico al onanismo. Leda se acuesta con Zeus y tiene muchos hijos, es fértil, el valor más deseado para la mujer romana que, como explica Girod, cuantos más hijos tuviera, mejor vista era.

Sin embargo, la mujer romana se debía solo a su marido, por lo que todas estas imágenes de mujeres teniendo sexo quedaban en la ficción: la matrona tenía que ir cuanto más tapada y holgada mejor, porque su cuerpo era solo de “su hombre”. Las prostitutas eran lo contrario. Sus relaciones sexuales eran recreativas, no reproductivas, y por lo tanto tenían que adaptar su cuerpo al canon pornográfico. Viendo las pinturas, en las que las mujeres nunca iban del todo desnudas (siempre llevaban joyas, piezas de oro, sujetadores o telas translúcidas), sabemos que así iban las prostitutas, porque el romano, aunque no lo parezca, encontraba más erótico insinuar que mostrar de forma explícita, o así asegura la historiadora.

Fresco de Príapo de Pompeya | Carole Raddato

Las pinturas, además, como solían mostrar a figuras mitológicas respetables, no hacían las prácticas “prohibidas” por las matronas. Es decir: prohibido el sexo oral. Difícilmente se encuentran imágenes pornográficas romanas que muestren de forma digna esta práctica, siempre penetración. De hecho, que te llamasen fellator era un grave insulto: “una esposa legítima nacida libre no tenía que practicar sexo oral. Esta tarea estaba reservada para prostitutas y esclavos de ambos sexos. Tanto el fellator como la fellatrix eran socialmente despreciados; por eso estos dos términos fueron usados como insultos”, añade Girod.

Sin embargo, si había una práctica que era repudiada era el cunnilingus. En Roma uno de los peores insultos que te podían llamar era “besador vaginal”. Se debe a que para hacerlo tenías que ponerte “como un perro, a cuatro patas”, algo denigrante. Además, según elucubran otros historiadores, que las élites romanas se introdujeran genitales en la boca (masculinos o femeninos) te “ensuciaba” el discurso oral, vital en la política romana.

La pornografía también podía ser homosexual, pero siempre desde el mismo punto de vista: un joven siendo penetrado. Nunca podía el patricio o el ciudadano adulto recibir por detrás, porque significaba total desprestigio. Así lo muestran las imágenes eróticas de sexo entre hombres, pero también la literatura. Catulo, uno de los poetas más influyentes de la literatura romana, tiene un poema que empieza con estos versos: “voy a cogérmelos por el culo y por la cara, Aurelio mamavergas y Furio el sodomita”, una delicia literaria que muestra el desprestigio que tenía recibir sexo anal o dar sexo oral.