Una mujer desnuda encima de un escenario hoy es una auténtica revolución

El venezolano Arca arrasó en el Sónar con un espectáculo en el que volvió a nacer como mujer, como artista y como reina de la fiesta

Arca puede nacer una y otra vez. Anoche, en el Sónar salió con Piel, tal vez su canción más reconocible, pero se fue despojando de ella hasta quedarse literalmente desnuda sobre el escenario. Un tanga y dos pezoneras, como si acabara de salir del cascarón, que todavía llevaba colgando: un casco electrónico, unas mangas de motero desgarradas sobre las muñecas, un tutú negro también desgarrado sobre las botas. Lo iba lanzando todo al público mientras sus estilistas le iban poniendo su segunda piel, un mono transparente de media. Se iba tapando, pero lo enseñó todo, una revolución en la época de los pezones difuminados. Era la primera parte del concierto y Arca era un personaje lírico, pero ella, que puede volver a nacer, se tranformó una y otra vez.

Código Nuevo

Alejandra fue cargándose todo lo que el público había dado por sentado. Quienes en un momento estaban en primera fila, en cinco minutos pasaron a estar en la última. Ella irrumpía entre la gente e iba abriendo pasillos que se cerraban tras ella. Aparecía en un escenario aquí o en una plataforma allá lanzando perfume sobre todos nosotros dejando su presencia y su voz, escabullida en la oscuridad y resurgida de entre sus fans. Alejandra puede volver a nacer porque de alguna manera siempre lo está haciendo. Su forma de poner el backstage encima del escenario parece también una manera más de mostrar con claridad su género fluido como una reivindicación de la transexualidad más allá de lo masculino y lo femenino. Su concepción del género es tan ambigua que a los periodistas el lenguaje no nos basta para definirla: unos la tratan de él, otros, de ella. En su Instagram se define como " it/she", pero no como "he".

Arca fue también una virgen y una iluminación y nosotros pasamos de mirarla fijos y quietos y con los ojos abiertos a bailar como si nos hubiera poseído el demonio. Arca hizo con nosotros lo que quiso. Se ponía las gafas de sol que le regaló un fan y el sombrero de Nemo que le llovió del público. Pedía agua para lanzárnosla sobre la cabeza, para bendecir a todos los que brincábamos en su templo. Pasó de tener momentos místicos a lo Björk a rapear como La Mala Rodríguez, de quedar muerta sobre el escenario a subirse a una columna como si fuera a liderar una manifestación para tumbar un gobierno (algo habitual en Venezuela, su país, aunque hace unos años vive en Barcelona).

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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El concierto duró dos horas, más que la mayoría de los espectáculos del Sónar, y valió cada minuto estar allí. Hubo fila para entrar y empujones y muy poca desbandada. "Vamos a tararear todos una canción de Arca", ironizó un tipo a mi lado. Obviamente, nadie lo pudo seguir, pero casi nadie iba a ese concierto a cantar. Fue algo más similar a una iglesia. Ella marcaba el ritmo y nosotros la seguíamos. Ella decidía y nosotros, amén, íbamos hacia allá. También cuando dijo: "ok, a partir de ahora quiero que esto sea una fiesta".