El Drácula de Netflix: mucho humor negro para reírse de ti

Los creadores de 'Sherlock' traen a Netflix y la BBC una adaptación de la novela de Bram Stoker que, siendo más fiel que la mayoría de películas, se aleja totalmente de sus predecesoras

Si hay un libro manido y mutilado por el cine y la televisión es Drácula, la novela de 1897 de Bram Stoker. En su libro presentaba el personaje que pone título al libro, inspirado por el personaje histórico Vlad Drăculea, que vivió en el siglo XV. Se encumbró como clásico en poco tiempo. Tanto, que su personaje traspasó a la cultura popular y se convirtió en la adaptación fetiche para decenas de creadores, desde Coppola a Meyer y su Crepúsculo.

Es difícil hacer una adaptación sobre algo tan masticado que despierte interés (el reto al que se enfrentó Greta Gerwig y la quinta adaptación del fenómeno Mujercitas). Pero, al igual que Gerwig, Netflix y la BBC, los responsables de esta nueva entrega en formato mini-serie de tres capítulos, lo ha logrado. ¿La receta? Coger los episodios más queridos por los fans de la novela y darle un giro contemporáneo.

La trama empieza con una adaptación del ambiente y la trama del clásico de Stoker. Aparecen algunos de los personajes más famosos de la novela: la hermosa Mina, la monja Agatha y Jonathan Harke, el inglés que va a su castillo en Rumanía. Sirve como introducción, se presenta el personaje de Drácula, sus poderes, habilidades, motivaciones y aura malvada.

El segundo capítulo, profundamente aplaudido por los fans de la novela, recupera uno de los pasajes más míticos de la obra original: cuando Drácula viaja en el navío Deméter en un ataúd con tierra de su país para que el vampiro pueda conciliar el sueño. Solo sale del ataúd para alimentarse de los marineros, que van muriendo uno a uno. Así pues, en la segunda parte, tratan durante una hora y media (la duración de cada capítulo) el viaje en el Deméter, con la excepción que ahora viaja en un barco como pasajero, y no como un bulto de equipaje más. Lo cual crea un ambiente de asesinatos y cine negro que recuerda a Sherlock, el anterior éxito de sus creadores, Steven Moffat y Mark Gatiss.

Finalmente, el último capítulo de la serie traslada la acción de Drácula al presente. Es decir, rompe con el eje temporal de los dos primeros capítulos, ambientados en la época victoriana, y recupera al vampiro más famoso de todos los tiempos en la Inglaterra contemporánea, la del siglo XXI, en la que se tendrá que desenvolver en el mundo del internet y el feminsmo.

La clave del éxito de esta nueva adaptación recae, además, es no tomarse demasiado en serio al propio Drácula, que en muchas ocasiones ha pecado de ser un personaje demasiado serio, formal, elegante y erótico. Esta entrega cuenta con humor, además de sangre digna de un slasher y, todo esto, sin perder la magia de la novela original (ya que, incluir personajes como Renfield, normalmente olvidados en sus adaptaciones, y el episodio del Deméter, son un guiño imprescindible a la novela).

Las redes también han aplaudido el que han considerado un plot twist muy interesante: fusionar al cazador de vampiros, Van Helsing, con la monja Agatha, que será la némesis del vampiro y al que perseguirá de forma insaciable. Una cambio muy interesante que, aunque no vaya a convertir esta serie en la mejor del año, la hace merecedora de guardarse un sitio en nuestros maratones de televisión de fin de semana.