Hice la ruta de los vampiros por Rumanía y es el mayor timo que te puedes imaginar

La región tiene poco que recuerde a esa esencia romántica y gótica de la película. Sin embargo, cambiando la mentalidad y expectativas podrás disfrutarla

Desde pequeño he estado obsesionado con los vampiros. Probablemente todo empezó cuando vi Drácula de Bram Stoker (1992). Había una escena en que Lucy, amiga de la protagonista, sale de su habitación a medianoche, atraída por el poder de Drácula, y tiene sexo con el vampiro. Ella, una joven pálida y pelirroja, vestida con un sensual camisón rojo, siendo devorada sexualmente por una bestia gigante, peluda, negra y malévola. Me parecía estéticamente muy poderosa, llena de erotismo, y me cautivó. Desde entonces, no podía dejar de leer libros y ver series de vampiros.

'Drácula de Bram Stoker' (1992)

No era de extrañar que uno de los viajes que más ilusión me hacía era ir a Transilvania, región rumana que vio nacer a Vlad Tepes, personaje histórico en el que se inspiró Bram Stoker para crear el personaje de Drácula y por el cual se conoce a la región como la cuna de los vampiros europeos. Sin embargo, ya lo adelanto, el viaje no satisfizo (del todo) mis inquietudes.

El "Drácula" real

Antes que nada tienes que saber quién es Vlad Tepes. Vivió durante el s. XV y se hizo célebre tras su muerte por sus “gustos sanguinarios”, como los describe la historiadora Covadonga Valdaliso en National Geographic. Se le conoce con el sobrenombre de Vlad ‘el Empalador’. Su nombre ya lo dice todo. Gobernó solo siete años, en los cuales no le tembló el pulso para ejecutar a unas 100.000 personas, la mayoría a través del empalamiento (es decir, su cuerpo atravesado por un palo). 

No solo empalaba. Entre algunos de sus greatest hits sangrientos están su afición a la tortura, su entusiasmo por las muertes lentas y otros más específicos pero igual de crueles como “cenar bebiendo la sangre de sus víctimas o mojando pan en ella”, historia que alimentó el mito de Drácula, o cuando "para librarse de vagabundos y mendigos, Vlad los invitó a un banquete, cerró las puertas y los quemó vivos".  

Vlad Tepes

Pero, aunque puedan parecer aficiones de un lunático, debemos verlas en contexto. Rumanía, en ese entonces dividida en tres regiones (Transilvania, Valaquia y Moldavia) era una zona de frontera entre el Imperio Otomano y el Reino húngaro. "Las guerras de frontera se convirtieron en una constante, guerras de extraordinaria violencia, en las que las ejecuciones y represalias masivas estaban a la orden del día", añade Valdaliso. Por lo tanto, Vlad era cruel, sí, eso es innegable. Pero actuaba según se hacía en esa época en una región infestada de guerra. "Vlad fue un producto de este ambiente, y su vida fue una lucha constante por la supervivencia y por el poder", añade la historiadora. 

Transilvania, tierra de vampiros

Yo ya sabía esta historia antes de ir a Rumanía. Y, por supuesto, sabía que los vampiros no existen y que Drácula tan solo es una recreación literaria de un personaje histórico. Sin embargo, también sabía que los lugares en los que se inspiró Bram Stoker existían. Vlad tenía un castillo en Rumanía (o así lo vendían) y había nacido en un pueblo medieval que todavía se preserva. Además, siempre me habían hablado de la ruta de los castillos de Transilvania y su innegable conexión con la cultura vampírica, y en cuanto encontré vuelos baratos me fui de cabeza.

Llegué al país, visité Bucarest (la capital) y tras un par de días en una ciudad de la cual no esperaba gran cosa y que me sorprendió gratamente nos dirigimos hacia la ruta vampírica. El primero de los castillos es el de Peles, un monumento impresionante pero que no tiene nada que ver con los vampiros. De estilo neorenacentista se construyó en el siglo XIX. Una visita que disfruté mucho que no satisfizo mis ansias de Drácula.

El "castillo de Drácula"

La ruta nos llevó a Brasov. Un pueblo muy bonito que estaba muy cerca del castillo de Bran, el más famoso de Rumanía porque es, supuestamente, el castillo de Vlad Tepes, el Drácula histórico. Llegué en bus, y lo primero que vi fue un pequeño mercadillo de souvenirs de vampiros. "Es lo que hay en todos los lugares turísticos", pensé, "sobreexplotación de souvenirs ridículos".

Mi idea era encontrarme un castillo lóbrego, tétrico, propio de las novelas góticas. Sin embargo, Bran era un castillo medieval de colores cálidos bañado por un intenso sol de verano y rodeado de unos prados exquisitamente verdes. "Es igual, te lo tienes que imaginar en la época, con personas empaladas y restos de guerra", me repetí. El castillo por dentro me dejó frío: el típico museo histórico explicando la cronología y usos del castillo, además de una recreación de sus salas. Aun así, sus empinadas y estrechas escaleras, su patio interior y torres que desde abajo cobraban una perspectiva espectacular sí que recordaban, en cierta medida, a esas construcciones tétricas que el libro de Drácula y sus posteriores adaptaciones cinematográficas mostraban. 

Visitando las calles de Sighisoara | Abel Cobos

Aunque el lugar me gustó —es un castillo muy bien conservado y objetivamente bonito—, explorando por Internet encontré una verdad aterradora: Vlad Tepes no había vivido en ese castillo. Es decir, ese lugar que vendían en todos lados como el "castillo de Drácula"  en realidad no tenía nada de vampírico, solo era una leyenda que se iba perpetuando como cierta. "El castillo de Bran, a pesar de vincularse habitualmente con Vlad III, parece ser que él jamás vivió en este castillo y que su verdadera fortaleza fue el Castillo de Poenari", añade National Geographic.

Fue la gota que colmaba el vaso. Entonces decidí cambiar de chip y vivir el viaje como unas vacaciones más, sabiendo que ese viaje no tenía un ápice de vampírico. No visité Poenari (es un castillo lejos de la ruta que hice y que apenas se conservan unas murallas) pero sí Cluj-Napoca, ciudad mencionada en el libro de Stoker (aunque, spoiler, era una ciudad normal con algunas zonas medievales) y Sighisoara (la ciudad natal de Vlad, ahora un pueblo medieval perfectamente conservado y probablemente lo que más me gustó del viaje).

El timo de las “rutas vampíricas”

El Castillo de Bran no es el único "timo vampírico". Fui de erasmus a Reino Unido y me comentaron que en Londres se hacían rutas turísticas para ver las partes de la ciudad que se mencionaban en la película de Drácula. Eran pequeñas excursiones en pequeños cementerios victorianos. Y sí, tenían sin duda ese aspecto tan lóbrego característico de la película. Pero era otro timo más, porque Coppola, el director, grabó las escenas inglesas en un estudio. Así que esa ruta en realidad era una ruta del victoriano más tétrico y tenía poca relación con Drácula más allá de haber inspirado al escritor. 

Brasov | Abel Cobos

Después de estas experiencias saqué una conclusión: la estética de Drácula fue concebida por Stoker en la época victoriana. Por eso, si quieres una "experiencia vampírica" inspirada en Drácula tienes que ir a sitios victorianos. No tendrán nada que ver con los vampiros, pero parecerá que sí. Otra forma es ir al Castillo de Orava en Eslovaquia, lugar donde grabaron la mítica película de culto Nosferatu (1922), basada también en la novela de Stoker.

Y, por último, visitar Transilvania, pero olvidándote de todas esas ideas preconcebidas sobre los vampiros como misteriosas criaturas oscuras que viven en siniestros palacios, y entendiendo que son una tradición literaria creada a través del folklore popular. Viajar con perspectiva histórica es la mejor forma de disfrutar del viaje, porque así irás con la ilusión de visitar el origen de esos mitos que tanto disfrutas, dispuesto a aprender sobre la historia real que inspiró a Stoker, el escritor que transformó el vampiro de folklore popular a mito literario. Es cuestión expectativas: si vas con la idea vampírica te decepcionarás, pero si quieres conocer una región no muy explotada, pintoresca, medieval y llena de historia, te encantará