Trump se ha cargado las leyes medioambientales de los últimos 30 años

Además de medidas para contentar a las petroleras, quiere eliminar las restricciones para ahorrar agua en los hogares "porque su pelo necesita duchas largas", entre otras chorradas egoístas

A Donald Trump le da igual el cambio climático y la batalla ecologista contra la destrucción de nuestro planeta. Recordemos cuando se retiró del Acuerdo Climático de París, o cuando dijo que el cambio climático era “un engaño” porque en Nueva York hacía frío. Constantemente niega las noticias e informes científicos sobre la crisis climática, y su gobierno está legislando como si los recursos de la Tierra fueran infinitos y nuestro impacto, mínimo.

Sin embargo, ha sido durante el coronavirus que ha aprovechado para cargarse los esfuerzos en los que Estados Unidos lleva trabajando en los últimos 30 años. Coches y fábricas pueden contaminar más; ha dejado en suspenso las normas relativas a la contaminación del aire por hollín; ha dejado abiertas a la explotación zonas protegidas; ha propuesto que se eliminen los requisitos de inspección para las terminales de gas natural licuado; ha cedido bienes públicos a las empresas de petróleo y gas; ha decidido que algunas restricciones son demasiado costosas como para justificar los beneficios medioambientales que se obtienen de ellas; ha flexibilizado la normativa de rendición de cuentas por parte de los grandes contaminantes, explican The Guardian, TV3 y eldiario.es.

En resumen, Trump “ha cedido a la presión de las petroleras y las industrias más contaminantes” y, “aprovechándose de que la atención estaba única y exclusivamente dedicada a la crisis sanitaria, ha retrocedido 30 años en temas medioambientales. Será muy difícil recuperar todo lo que hemos perdido”, denuncia Gina McCarthy, directora del Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales.

Ahora, los siguientes objetivos de Trump son el agua corriente de casa y las bombillas. “Desde hace 30 años, en Estados Unidos, por ley, pueden salir como máximo 9,5 litros de agua de la ducha, la cisterna, el lavavajillas o el grifo. La población se adaptó rápido y se ahorran billones de litros de agua al año”, explica la televisión pública catalana. A Trump, sin embargo, no le gusta esta medida, y quiere eliminar cualquier tipo de restricción, para que las duchas de varios grifos puedan soltar, por ejemplo, treinta litros al minuto.

Los motivos para justificar esta medida son absurdos y bastante banales. De hecho, parecen muy congruentes con las críticas de su profundo y malcriado egocentrismo que su sobrina destapó en un libro. “El agua no sale lo suficiente. Y entonces, ¿qué haces? Te quedas más tiempo, te das una ducha más larga porque mis cabellos, no sé los vuestros, tienen que estar perfectos”, aseguró.

Obviamente, no son las únicas declaraciones absurdas: “las bombillas nuevas son muy caras, y me sabe mal decirlo, pero hace que no te vas bien. Yo soy muy vanidoso y para mí es muy importante la luz. Estas luces te dan un aspecto anaranjado y yo no quiero un aspecto anaranjado”, ha dicho para justificar la nueva medida que aprobará junto a la del agua: las bombillas incandescentes, que tenían que desaparecer para dar lugar a modelos más eficientes (LED y halógenas), se pueden volver a fabricar y distribuir. Según él, porque, además de que lo hacen parecer más feo, las contaminantes “son mejores y más baratas y a la larga las otras salen más caras”.

“Si Joe Biden [el candidato demócrata a la presidencia] gana necesitará toda la legislatura para reconducir las políticas ambientales que Trump, bajo el discurso de la libertad individual, está destruyendo”, concluye Gina McCarthy. Al final, esa es la explicación final del presidente. Si alguien quiere contaminar, está en su derecho: “quien quiera más agua y bombillas más baratas tendría que tener la libertad de hacerlo”. Aunque el precio sea el planeta.

CN