Se han pasado 50 días a base de Telepizza

Centros de menores en riesgo de exclusión social y mujeres con discapacidad han sufrido el coronavirus de manera silenciosa. Tres educadoras sociales nos cuentan los momentos más duros de su cuarentena

Después de 50 días comiendo a base de Telepizza, la nueva normalidad para los menores significa que vuelven las dietas saludables. Equilibrada y variada denominaban esta beca comedor, cuando tan solo era comida basura. Un símbolo más de la precariedad de los menores más vulnerables. Poco a poco recuperamos algo similar a lo que era la vida antes de la pandemia, pero han sido días de terror, de trabajadores sin mascarillas y sin medios.

Así lo han vivido tres trabajadoras de centros sociales de la Comunidad de Madrid.

Alicia, educadora social en un centro de menores, los famosos menas

Voy en el tren y no hay nadie. Cuando me cruzo a alguien noto tensión y miedo. Nos observamos más que nunca. De camino al trabajo estoy todo el rato alerta. No hay tiempo para pasarme el día en casa viendo toda la programación de Netflix o haciendo bizcochos

La casa tiene un estado decadente, no da la sensación de hogar, no hay decoración, algunas cosas están medio rotas. Los chicos suelen estar en sus habitaciones cuando empieza mi turno. Duermen en literas y tienen un hueco de armario para cada uno que cierran con candados. Me paso medio turno desinfectándolo todo con lejía y con mucho miedo. La empresa no nos proporcionó material de protección hasta pasadas tres semanas. Dos chicos tuvieron fiebre y nunca supimos si era coronavirus. No estuvieron aislados, básicamente porque no se puede: duermen 3 por habitación. Varias compañeras y yo insistimos en el tema y se nos tachó de hipocondriacas. Había que quitarle importancia para no sembrar el caos. 

Estoy haciendo jornadas de 48 horas durmiendo en el centro (más bien intentándolo), en un colchón de espuma en mitad del salón. Y a día de hoy aún no sabemos si nos lo van a pagar. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Por suerte, los chicos han tenido un comportamiento ejemplar. No era nada fácil en un piso en el que conviven 12 menores de 16 y 17 años que de repente se quedan sin clases y sin salidas, a esa edad todo es más complicado. El momento que más disfruto con ellos es cuando cocinamos conjuntamente, ponen música, muestran interés, hablamos de cómo estarán sus familias viviendo esto... Siempre ponen un canción de Morad, “La calle y su clase”. Su letra dice: “Que veo como pasa todo/Como todo va cambiando/Y seguimos donde siempre/Yo nunca cambio de bando”. Al escucharla y luego ver las noticias pienso que dentro del centro de menas el mundo no es el mismo que en el barrio Salamanca.

Macarena, educadora de menores en riesgo de exclusión social

Intervengo con los pequeños por videollamada. El teletrabajo ha supuesto cambiar totalmente mi metodología. Con los niños se trabaja desde el afecto creando círculos de confianza, dando pie a que se puedan dar ciertos temas de conversación que de otra manera no saldrían. Ahora la comunicación se limita a través de una tablet que mi organización cedió a la familias. Trato con 16 menores, un total de once familias 

Muchos entran a la llamada en pijama. Están en habitaciones con más gente. El ruido de fondo es horrible. A través de la pantalla veo casas muy pequeñas, algunos incluso viven en caravanas, puedo ver a los niños alterados, nerviosos, con respuestas emocionales extremas, lo cual es una respuesta entendible para la situación que están viviendo. Mientras Isabel Díaz Ayuso (la presidenta de la Comunidad de Madrid) disfruta de un segundo apartamento en el mismo hotel en el que reside desde hace dos meses, hay menores viviendo en menos de 30 metros cuadrados para seis familiares, compartiendo cama con dos hermanos.

En un aula es más fácil trabajar, en la videoconferencia tengo que ir uno a uno y eso requiere tiempo. A parte con las madres hablo por teléfono e invierto una hora y media, porque necesitan hablar con alguien. En este caso con una persona de confianza y profesional. Yo no puedo cortar una llamada así aunque no me lo paguen. En ocasiones es su único alivio.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Nos encontramos además con una desigualdad de género. A las niñas no les da tiempo a hacer las tareas porque tienen el doble de carga, me cuentan que tienen que ayudar en casa, veo por detrás a sus madres haciendo la comida o la colada. Más del 90% de madres han perdido su empleo, ya que trabajaban con personas dependientes, en residencias, limpiadoras del hogar… muchas ni siquiera han podido pedir ayudas del gobierno porque trabajan en negro. La desescalada que les espera a estas familias es aún más precaria que la situación actual. 

A las seis de la tarde acabo mi jornada. Les dejo un mensajito en el chat despidiéndome y dándoles ánimos hasta el día siguiente. Muchos se despiden con pena, siento que aún necesitan más de mí.

María, educadora en una vivienda de mujeres con discapacidad intelectual

Son las 8:15 de la mañana, tengo muchísimo sueño, no estoy acostumbrada a trabajar tan pronto, pero tengo que cubrir el turno porque mi compañera está de baja por coronavirus. Voy por la carretera en coche y no hay absolutamente nadie, siento un poco de libertad por poder salir. Cojo la M40 y no me cruzo a ningún coche, de repente pasan tres ambulancias y pienso a qué hospital van, me invaden las ganas de llorar. Cojo la curva de mi salida y veo un control de policía, me pongo nerviosa aunque ya me han parado más de veinte de veces. Le enseño los papeles del trabajo y continúo.

Llego al piso, abro la puerta, entro y me desinfecto las manos. El piso es amplio pero conviven seis mujeres y aunque está limpio, está lleno de cosas suyas, desordenadas. Voy al baño y me quito la ropa que llevo puesta. Siento de nuevo que vuelvo a estar en pijama, me pongo la bata y salgo desinfectada, cojo un gorro, lo odio, me pica la cabeza, me pongo los guantes y la mascarilla quirúrgica. Cuando salgo vestida mi compañera de noche me cuenta lo que ha pasado en el tiempo que yo no he estado en el piso. Nos quejamos de la situación, me cuenta que alguna ha tenido fiebre, dos de ellas continúan aisladas en la habitación. Una de las mujeres se levanta con cara de dormida, va en pijama y se hace un colacao para desayunar. Comienzo a estar más despierta, me olvido de todo lo mío y me pongo a trabajar. 

La compresión por parte de estas mujeres sobre el coronavirus no ha sido el gran problema. El hecho de que tengan discapacidad intelectual no quiere decir que no comprendan lo que está ocurriendo al igual que tú o que yo. La dificultad ha sido hacer frente a su contención emocional durante estos meses. Aislar a seis mujeres en su casa durante dos meses, sin espacios reales de intimidad y con grandes dificultades en sus vínculos genera un cóctel de emociones difícil de controlar.

Durante este tiempo de confinamiento no han podido tener apoyos tan necesarios como psiquiatras, psicólogos, centros ocupacionales, familiares o parejas, que son en definitiva la red que sustenta a cada una de estas mujeres. El trabajo con ellas implica muchos agentes y durante estos dos meses ha recaído únicamente sobre las trabajadoras de viviendas. Les hemos dado contención 24 horas diarias, aun cuando nosotras no teníamos nada de esto. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Me han hablado del miedo, de la impotencia, de las ganas de llorar, de la angustia, del alivio al llegar a casa, del deseo de que esto termine. Han salido a trabajar mientras alguno de sus familiares estaba en UCI o no sabían cómo estaban sus abuelos en la residencia, pero cuando atravesaban las puertas de otros hogares, todo eso se quedaba fuera. Toda mi admiración a las trabajadoras como vosotras.

CN