Lo peor del coronavirus es que te dejará sin libertades y te parecerá normal

Mientras las medidas tomadas por los gobiernos de China o Rusia tienen fans en las redes sociales, en Europa comienzan a aplicarse decisiones cada vez más restrictivas

Gente en Instagram alabando las medidas radicales del gobierno chino en el control del coronavirus cuando hace apenas un mes circulaban vídeos de personas en sus balcones de Wuhan llorando desesperados durante el confinamiento forzado. Gente que aplaude a Putin por haber contenido la llegada del virus a pesar de que acaba de aprovechar este “éxito” para aprobar las enmiendas constitucionales que le permitirán mantenerse en el poder hasta 2036. Gente en Navarra que aplaude y grita “Multa, multa” desde sus balcones cuando sancionan a un tío por tomar el sol en un parque mientras las estaciones de Atocha o de Sants parecían este lunes un día cualquiera pero con algunas mascarillas. 

El lavado de cara del autoritarismo en China

Pero lo peor de todo no es que la gente aplauda el autoritarismo (justificado o no) en redes sociales, sino la idea que subyace después de todos esos juicios de valor, resumida a la perfección en las siguientes frases: “ha quedado demostrado que los países autoritarios saben gestionar mejor las emergencias” o "hasta que no salga el ejército a la calle no vamos a aprender". Puede que se lo hayas oído a algún amigx, vecinx o, peor aún, puede que la hayas pensado tú mismx. Lo cierto es que en Europa los países afectados por la pandemia se debaten entre adoptar uno de los dos modelos de contención que se han mostrado más efectivos: el chino marcado por la suspensión total de los derechos civiles y el de Corea del Sur caracterizado por la prevención y la colaboración ciudadana. 

En el primer modelo la intervención militar y el sistema de reconocimiento facial a gran escala que gestiona el gobierno de China han sido la clave. 11 millones de personas metidas en sus casas y vigiladas noche y día por todo el aparato de inteligencia del país. Un método brutal pero tremendamente efectivo en el que incluso se categorizó a los ciudadanos en colores (verde, amarillo y rojo) en función de su grado de exposición al virus. Por su parte, Corea del Sur optó por tomar medidas de contención desde el minuto uno pidiendo a sus ciudadanos que permanecieran en sus casas y usasen mascarillas y guantes hasta para jugar con sus hijos. Patrullas móviles analizaban la temperatura y realizaban tests permitiendo poner en cuarentena a los afectados en tiempo récord. Sin escándalos, sin generar miedo. Un ejemplo de civismo y gestión eficaz.

¿Por cuanto tiempo estás dispuesto a perder tu libertad?

El caso es que en nuestro país desde el pasado lunes un real decreto limita la circulación de ciudadanos en su territorio. Esto, aunque a muchxs les parezca algo anecdótico, supone una suspensión temporal de los artículos 13 y 20 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que garantizan la libertad de movimiento, manifestación y reunión pacífica, entre otros. Vale, quizá esté justificado pero ya es una situación que no se vivía en España desde la famosa huelga de controladores del gobierno de Zapatero pero que, a diferencia de aquel momento, esta vez va por lo menos para 15 días y quién sabe si no será más (tiene toda la pinta). 

De hecho, si la situación comienza a escalar podríamos llegar a una suspensión por tiempo indeterminado de todas las libertades, es decir, el estado de sitio. ¿Realmente somos conscientes de lo que esto significa? ¿Estamos segurxs de que las libertades previas serán totalmente restauradas una vez pase todo? Ojalá, pero a tenor de los comentarios que comienzan a aparecer por redes sociales, y con el incipiente crecimiento del populismo entre los partidos políticos, todo hace pensar que en un tiempo no muy lejano lo que parecía una intrusión en nuestros derechos fundamentales será vendido como una necesidad. Y el miedo, el que nos han metido con la pésima gestión de esta pandemia, lo comprará sin pestañear. 

El miedo justifica cualquier cosa

Esto es exactamente lo que intentó explicar en 2007 la periodista canadiense Naomi Klein en su libro La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Tomando como ejemplo los atentados del 11S en Nueva York, Klein explicaba que solo los grandes impactos (como crisis económicas, guerras, desastres naturales o atentados) podrían crear un estado psicológico en la población, que aceptaría medidas gubernamentales que resultarían inaceptables en un contexto normal. Según la escritora, esta conclusión habría sido extraída los experimentos de terapia de choque llevados a cabo por el psiquiatra Ewen Cameron para la CIA. Es decir, debilitando la mente de las personas a través del shock es posible modelarla.

“El shock es realmente el propio virus. Y ha sido manejado de una manera que maximiza la confusión y minimiza la protección. No creo que eso sea una conspiración, es sólo la forma en que el gobierno de los Estados Unidos y Trump han manejado esta crisis. Trump hasta ahora ha tratado esto no como una crisis de salud pública, sino como una crisis de percepción, y un problema potencial para su reelección”, explicaba recientemente en una entrevista para Vice Magazine a raíz del coronavirus. Y tiene razón, aquí lo realmente importante no es tanto la cuestión de salud pública (que también, por supuesto) sino la gestión e instrumentalización de esta crisis por parte de la clase política de los distintos países. Dicho de otra manera: ¿qué van a hacer con nuestro miedo? O peor aún: ¿cómo vamos a pagar la crisis que está por venir?

Puede que tus derechos nunca vuelvan

Y aquí es donde reside la peor parte del problema ya que, oh sorpresa, lo más probable es que la paguemos con nuestras libertades. En Italia, la Ordenanza de Protección Civil Nº 630  ha acabado con las restricciones para el tratamiento de datos personales "necesarios para las funciones de protección civil". Entre estos se incluyen los datos de origen étnico o racial, opiniones políticas, orientación sexual, filosófica o religiosa, afiliación sindical o antecedentes. También datos genéticos, datos biométricos que identifican individuos de manera única, además de los datos de salud. En Francia y en Alemania se han autorizado leyes similares y en Israel ya se permite a la inteligencia rastrear los movimientos de los ciudadanos sospechosos de contagio a través de los datos que generan sus teléfonos móviles.

En esta carrera a la desesperada por huir de los efectos del coronavirus, el modelo de China parece tener muchos más fans que el coreano. Mientras la paranoia siga reinando, las redes sociales se seguirán llenando de los que blanquean a Putin, los que alaban la rectitud del régimen chino o los que aplauden las sanciones de la policía a los ciudadanos que se desvíen un palmo de las medidas que podrían están aún por llegar. Y en este contexto podría parecer hasta lógico, pero como recuerda Klein, hay una constante a todos los episodios del shock que ha venido estudiando en el siglo XXI: una vez las libertades son tomadas es muy difícil volver a recuperarlas porque nos habrán convencido de que no solamente es algo necesario, sino que son la única manera de seguir lejos del miedo. Y la mayoría prefiere huir del miedo que ser libre.