Personas atrapadas en Wuhan cuentan cómo el coronavirus ha convertido su ciudad en una prisión

“He visto a gente ser expulsada del metro porque parecían enfermos", explica Guo Jing, una ciudadana atrapada en la cuarentena de la epidemia

El coronavirus está en expansión bajo la histeria general. Si en España ya nos asustamos cuando escuchamos un nuevo posible caso o alguien tose en el metro, en China el caos es descomunalmente mayor. Es ahí donde surgió y donde están prácticamente todos los diagnósticos, con los doctores buscando una cura o vacuna mientras los números van al alza.

El epicentro del virus es la ciudad de Wuhan, de 11 millones de habitantes. Ahí llevan en cuarentena desde el 23 de enero. Es decir, casi dos semanas con negocios y tiendas cerradas, toque de queda, histeria colectiva y las calles prácticamente desérticas. “La ciudad está sellada, hace semanas que no veo a mis amigos”, explica Anges, una estudiante de Wuhan en un vídeo de The New York Times.

“La decisión de cerrar la ciudad fue terrible, y si al menos hubieran avisado con unos días de margen para prepararnos habría sido mejor y no nos encontraríamos tanto caos”, añade Zhou, residente de Wuhan, en el mismo vídeo. Guo Jing, una ciudadana cuyas declaraciones recoge la BBC, explica lo mismo. Se despertó de golpe con la ciudad en cuarentena y corrió al súper a coger suministros. Cuando llegó no se encontró ni fideos, ni arroz, ni carne. Había colas larguísimas y todos se peleaban entre ellos por la comida.

Guo Jing siguió yendo a comprar cada día a los pocos establecimientos que abrían, encontrándose con que toda la comida sana (clave de la dieta para tener fuerza y resistir al virus) estaba agotada. “Sin carne y poca verdura. Solo encontré arroz y seguí comprando porque tenía miedo a quedarme sin, aunque tengo 7 kilos en casa y vivo sola”. Incluso se encontró un señor en el súper que compró kilos de sal asegurando que “quién sabe si estaremos atrapados un año”.

Aunque ella está haciendo deporte para sentirse fuerte y va saliendo periódicamente de casa para que le toque el sol (“con dos mascarillas, porque no me fío de una sola, hay muchos casos de farmacias que venden falsificaciones”, añade), está profundamente nerviosa y piensa mucho en la muerte. “Me di cuenta de que no quiero morir cuando la única tienda abierta en mi barrio era una florería donde se vendían ramos para los muertos”, añade.

El único contacto que ha tenido con sus amigos fue por Skype (“de hecho, sé que no estoy sola porque escucho a mis vecinos a través de las paredes”), y aun así, una amiga tosió durante la videollamada y, entre la broma y lo cierto, otro de sus amigos se despidió de ella “por si moría”. Guo Jing se dio cuenta que, realmente, era un miedo que tenían muchos.

La paranoia es constante. Entre los vecinos es tal que la ciudad, desesperada por detener el coronavirus, está enfrentándolos entre ellos. Como añade The New York Times, “las autoridades están cazando a personas en Wuhan alentando a los ciudadanos a informar sobre otros. Incluso aquellos sin síntomas están siendo detenidos, solo por el miedo de sus vecinos”. Hasta ciudadanos de Wuhan que viven fuera de la ciudad y que no la han visitado durante la epidemia han sido detenidos al enseñar la documentación o a través de métodos de reconocimiento facial, atentando a sus derechos humanos bajo el pretexto de contener el coronavirus.

Guo Jing recuerda que ha visto a gente ser expulsada del transporte público porque parecían enfermos. Algo profundamente cruel teniendo en cuenta la poca gente que hay en la calle: en una ciudad de 11 millones de habitantes solo se cruzó con ocho personas en un trayecto de medio kilómetro.

En esta difícil situación no solo está la falta de recursos para ciudadanos, los hospitales también se sienten abrumados. Centenares de personas llegan bajo la amenaza de los síntomas y, aunque hay protocolos, son nuevos y resultan caóticos. Además, la situación está, entre comillas, bajo control si eres de Wuhan, pero como denuncia el vídeo de The New York Times, en el área metropolitana no están llegando los recursos mínimos y el personal sanitario está trabajando hasta caer exhaustos. Una crisis de dimensiones brutales que no debemos olvidar aunque la escondamos con memes, risas y humor.