Esta misma semana conocíamos el dato, gracias a un informe de Comisiones Obreras, de que los españoles han perdido de media un 11% de poder adquisitivo debido al incremento voraz del precio de los nuevos contratos de alquiler. Uno del 37% en menos de diez años que la subida media de salarios, de solo el 26% en ese mismo periodo, no ha conseguido igualar. Por eso no es una frase vacía que los de abajo están cada vez peor. Tampoco lo es que los de arriba están cada vez mejor: según un estudio elaborado por el think tank del Ministerio de Hacienda, el 1% más rico de la población española acumulaba en 2023 cerca del 30% de toda la riqueza del país, lo que representaba un aumento del 6% respecto al año 2017.
Y esto tiene todo el sentido del mundo dentro de la lógica capitalista. Al fin y al cabo, y como subraya el propio estudio, “quienes poseen mayores volúmenes de capital disponen de una mayor capacidad de inversión, lo que genera rendimientos en forma de intereses y dividendos que se capitalizan sobre el stock inicial, impulsando un crecimiento de carácter exponencial”. Sí, si tienes mucha pasta puedes emprender más negocios, invertir más en bolsa y adquirir más inmuebles de los que extraer rentas de alquiler. Por el contrario, al porcentaje de la población más vulnerable la inercia le juega en contra: la falta de recursos impide que inviertas en nada e incluso te obliga a endeudarte y pagar intereses para salir adelante.
La necesidad de un impuesto a los ricos
Estamos en 2026. El sistema capitalista ha tenido tiempo suficiente para demostrar su capacidad para controlar la desigualdad y, le duela a quien le duela, la realidad es que ha fracasaso estrepitosamente. El mercado no funciona para todos por igual. Y sin políticas de redistribución estaríamos abocados a una sociedad cada vez más rota. De ahí que, como explica el periodista Álvaro Celorio, los impuestos a la riqueza hayan vuelto “a una posición central en la agenda académica y política mundial”. Sí, cada vez son más las formaciones políticas que proclaman querer crear una tasa a estos megapatrimonios. En California, por ejemplo, habrá un referéndum el próximo noviembre sobre la creación de un tributo del 5% a los milmillonarios”.
Pero también hay movimiento en Francia, en Dinamarca, en Brasil e incluso en España. En palabras de este periodista, “PP, PSOE y Sumar mostraron sintonía sobre la posibilidad de gravar a los milmillonarios”. Además, dentro de nuestras fronteras se habla de un reconfeccionamiento del impuesto de sociedades y otros asuntos fiscales como los exit taxes para evitar que las grandes fortunas sigan contribuyendo menos de lo que deberían al estado del bienestar. En cualquier caso, esto va mucho más allá de preservar los servicios públicos: es también un mecanismo de preservación de la propia democracia, pues la desigualdad acrecenta la influencia de los megarricos en las sociedades y debilita la del resto de la población.
