Así de maravilloso y amargo fue cumplir mi sueño de vivir en París

Fue una obsesión que me persiguió desde los años de pubertad hasta bien entrada la universidad. Escuchaba música francesa, adornaba mi cuarto con pósters de un París que nunca había pisado y con 14 años hice cola durante horas delante de la Escuela de Idiomas de mi ciudad para empezar a aprender francés. Nadie en mi familia entendía semejante francofilia pero tampoco se oponían mientras me mantuviera alejada de otras obsesiones más peligrosas.

Seguí con la cantinela durante años hasta que organicé toda una estratagema para conseguir irme a terminar la carrera a París con una beca Erasmus tras la que no tuviera ninguna obligación de volver. El camino no fue fácil, porque desde mi clase media-baja tenía que encontrar los recursos para mantenerme durante meses en una de las ciudades más caras de Europa. Pero como mi cabeza no concebía bajo ningún concepto una negativa, finalmente se alinearon los astros y me vi con mi maleta gigante en pleno aeropuerto de París-Orly con mi sueño a punto de cumplirse.

Recuerdo que los primeros días estaba tan emocionada que se me saltaban las lágrimas al escuchar en el metro conversaciones en francés, que todavía prácticamente ni entendía, o cuando estaba delante de los monumentos que hasta entonces solo había sido capaz de admirar en póster. ¿Qué tendrá ese amasijo de hierro que le hace tan mágico? Qué tendrá la catedral de Notre Damme que a mí me parece casi más bonita por detrás que por delante y por dentro. De hecho me enamoré tanto de esa perspectiva desde la orilla del Sena, que se acabó convirtiendo en mi lugar favorito de París y todavía hoy tengo una foto desde allí encabezando mi cuenta de Twitter.

Pero París no es una ciudad fácil. Ninguna capital de su calibre lo es. Además, los parisinos son especialmente conocidos por su falta de modales con los que vienen de fuera y los franceses por su poca paciencia con cualquiera que se atreva a darle una mínima patada a su mítica gramática Bescherelle. No seré yo quien niegue estos estereotipos, que alguna base sí tienen, pero como todo, cuando te acercas a una cultura, cuando les pones nombres y apellidos a los parisinos o cuando empiezas a aprender las maravillosas sutilezas del francés, las ideas preconcebidas se quedan en papel mojado.

Aunque, sin duda, lo más infernal de París es su mercado inmobiliario. Ese en el que lo máximo a lo que puedes aspirar es a alquilar un mísero cubículo de 11 m2 en el que solo te quepa una cama, una ducha prefabricada y en el que para hacer otras necesidades no tengas más remedio que acudir al WC del pasillo compartido con tus vecinos de ese sexto piso sin ascensor. Estos espacios, que parecen una excepción o una exageración, ocupan las últimas plantas de los típicos edificios 'haussmanianos' del centro de la ciudad y se llaman 'chambres de bonne'. Era donde vivían antiguamente las bonnes, o criadas, de la burguesía parisina pero ahora las alquilan por más de 600 euros los estudiantes que se lo pueden permitir.

Pero todo eso me daba igual. Yo me deleitaba pateándome las calles, probando todas las variedades de crèpe y salivando con los auténticos croissants, que nada tenían que ver con los que había comido hasta entonces. Con los amigos hacíamos botellones a la parisina que consistían en comprar un par de botellas de vino tinto, copas de plástico y sentarnos a beber a orillas del Sena o en el Pont des Arts. Pero más que de salir, los franceses son de hacer fiestas en casas, las de los afortunados que vivían en pisos 30 o 40 m2, y donde se montaban soirées épicas.

En una de esas llegué incluso a enamorarme perdidamente y, aunque la denominación 'ciudad del amor' es una cursilada, es verdad que con ese escenario cualquier selfie de pareja parecía una postal. Pero en algún momento el fondo dejó de tener tanto protagonismo, la pareja entró en la rutina y el resto de la vida también, hasta que se instauró el metro-boulot-dodot, que es como llaman los franceses a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa.

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París había dejado de ser aquel lugar idílico de mi adolescencia para convertirse en una jungla de asfalto donde los problemas eran los mismos que en cualquier otra parte, puede que aumentados por el alto coste de vida, los choques culturales y la lejanía de los seres queridos. Supongo que simplemente maduré y me di cuenta de que a ningún lugar, por mágico que parezca de lejos, puedes huir de ti mismo y de tus fantasmas. Así que un día volví a meter mi vida en la maleta gigante y seguí mi camino en otra dirección sin mirar atrás.

Desde entonces tengo la serenidad de haber cumplido un sueño, de haber cerrado una etapa y de no regretter rien, o no arrepentirme de nada, como decía Edith Piaf en esa canción que yo había escuchado en bucle tantas veces. Hoy ya no miro París con los mismos ojos y no me gustaría volver a vivir allí, pero reconozco que a veces, cuando escucho a algún turista hablar francés en la calle o en el metro, algunos músculos de mi cuerpo se tensan y puede que el recuerdo de algún atardecer en el Sena se me cruce como una flecha.