Prosopagnosia, la enfermedad que te impide reconocer tu propia cara

Es una dolencia genética rara que también se conoce como "ceguera de rostros", porque hace que el cerebro no pueda retener esa información

Estamos constantemente haciéndonos fotos. Si tu amigx llega tarde, selfi con un “estoy esperando”. Si tu compañero de piso te pica a la puerta del baño, selfi con un “estoy cagando”. Si ese día nos vemos guapxs, selfie y lo subimos a Instagram o se lo mandamos a alguien por privado. En definitiva, estamos constantemente fotografiando nuestra cara, mirándonos en la pantalla del móvil fijamente. Ahora, imagínate que cada vez que te hicieras una foto vieras una nueva cara. Ese rostro que tantísimas veces al día contemplamos va cambiando, y cada vez que lo ves, te asustas.

Es lo que le sucede a Carlotta, una mujer alemana que sufre prosopagnosia, la llamada “ceguera de rostros”, una enfermedad génetica que te impide reconocer caras, incluida la tuya propia. “Cuando me miro en el espejo sé que soy yo, porque sino, ¿qué hace esa persona en mi casa? ¿en mi espejo”. Cuando se toma una foto, se sorprende, hasta llega a asustarse, porque el resultado que aparece en la foto no es el mismo que ella pensaba. “¿Esa soy yo?”, se pregunta constantemente, dudando.

Carlotta sufre la enfermedad desde pequeña. “Veía a mi madre y a mis compañeros de clase capaces de reconocer rostros. Yo no. En cuanto giraba la vista, olvidaba que conocía a la persona. Pensaba que era una habilidad, como atarse los zapatos, y que tenía que esforzarme, pero no lo lograba”, recuerda. Al igual que no podía reconocer su rostro, tampoco el de su madre: “muchas veces me iba con desconocidos pensando que eran ella, le di muchos sustos”, explica en un documental.

Por culpa de la enfermedad, tampoco tuvo nunca amigos. “No podía recordar si me caían bien o mal, muchas veces me equivocaba de clase, no sabía quién era quién, así que me hacían bullying y se reían de mí. Los profesores se pensaron que necesitaba ayuda y me querían mandar a un colegio de educación especial, pero mis padres se negaron”.

Dejó la escuela a los 17 y buscó trabajos que requiriesen poco contacto con la gente: camionera, archivista, bibliotecaria… En el que estuvo más fue en un cine, proyectando las películas en la cabina. “Fue el empleo que más disfruté”, aunque había películas que no podía seguir porque no sabía quién era el protagonista y a quién le sucedían las cosas. “Eso sí, descubrí gracias al cine que mi problema es con los rostros humanos. Las caras de animales y aliens son más fáciles de reconocer, así que mis pelis favoritas son las de ciencia ficción”.

Pantallazo del documental 'Lost in Face'

Poco a poco fue buscando trucos para identificar a la gente: mismo peinado, misma ropa, mismo estilo… Por eso, ella ya no se cambia el peinado. “Pelo rizado y blanco, soy yo”, asegura. Otro truco con el que intenta recordar su cara es a través de los autorretratos, “debo tener más de mil en casa”. Casi cada noche, Carlotta, tocándose el rostro, como una persona ciega, dibuja lo que sienten sus manos. “A la mañana siguiente me sorprendo cuando veo el resultado”, y muchas veces destruye su obra. Este método le ha servido para estar más en paz con su enfermedad neuronal. “Dibujarse la cara, no reconocerte y romper el dibujo porque no importa no ser capaz de reconocerme me ha servido como terapia”, añade.

Carlotta, a sus 60 años, solo lleva 20 sabiendo que tiene esta enfermedad. “Lo descubrí leyendo una revista. Y entonces mi vida cobró sentido”. Fue gratificante para ella, por fin tenía una explicación a sus problemas. Pero rápidamente sintió rabia: nadie a su alrededor se molestó en comprender lo que estaba pasando. “Espero que ahora los profesores estén más capacitados para entender a los niños y que las escuelas cuenten con psicólogos. Hace 50 años, estaban completamente ciegos a lo que sucedía conmigo. Si alguien hubiera reconocido lo que me pasaba, quizá hoy sería más feliz”.

CN