Un poltergeist en mi piso provocó que rompiera con mi pareja

Los fantasmas son expertos en 'gaslighting': hacerte creer que estás locx y que los demás también lo crean. Ese fue, para la protagonista, uno de los factores que marcó el fin de esta relación

Allyson estaba embarazada y, junto a su mujer, decidieron comprar una casa. Para empezar su nueva familia juntas. Encontraron el hogar ideal, pero la agente inmobiliaria las avisó: los antiguos propietarios murieron de forma trágica y que quizá había alguna energía extraña. Ambas eran muy escépticas, así que se mostraron incrédulas. “Los cuentos para quien los crea”, recuerda en The New York Times. Pero pronto se arrepintió de esa frase.

La casa estaba en mal estado y su pareja tuvo que reformarlo todo. Ella, con un embarazado de riesgo, a penas se movió de la cama. La casa tenía una pared llena de crucifijos clavados en las paredes. Fue al retirarlos cuando apareció “la presencia”. El primer episodio sobrenatural fue a las 3 de la mañana (sí, la supuesta hora del diablo). Allyson estaba dándole el pecho a su hija y la puerta se abrió. “Sentí que alguien había entrado”. Mientras cuidaba de su hija estaba mirando la tele, distraída. De golpe, se apagó, como si el fantasma quisiera decirle: presta atención a tu bebé.

“Ahora, lejos de esa casa, sé que el fantasma era de una madre sobreprotectora que no le gustó cómo cuidaba a mis hijos”, recuerda. Siempre que se aparecía era en temas relacionado con la maternidad. A veces encendía la luz cuando yo decidía que se iba a dormir, otras hacía ruidos mientras la alimentaba o la cuidaba, era “una extraña presencia” que la juzgaba por su rol como madre. Al principio pensaba que eran casualidades, cosas con explicaciones racionales, pero con el tiempo se dio cuenta de que eran demasiadas casualidades. Además, “los fantasmas son expertos en gaslighting, en hacerte dudar de ti mismo y de tus percepciones. Al fin y al cabo, la lógica te dice que no puedes creer lo que estás viviendo. Y eso te va afectando a tu salud mental”.

Allyson vivía asustada. Una noche, se despertó y vio una cabeza mirándola desde los pies de su cama. Gritó, se abrazó a su mujer. Encendió la luz y era un globo de su hija, flotando. Su pareja soltó un soplido y se volvió a dormir, “harta de las tonterías de su mujer”. Pero ella sabía que ese globo no estaba ahí de casualidad. Su hija estaba durmiendo, ¿quién lo había traído? “El viento, cariño”, le respondió su pareja, la “voz de la cordura”. Con el tiempo, se acostumbró a todos estos poltergeists. Hasta los naturalizó. Si pasaba algo raro: condensaciones raras, cuadros cayéndose al suelo, cosas fuera de su sitio, sombras perturbadoras… Nada le perturbaba ya. No quería asustarse ni añadir más fricción a su matrimonio. Tuvieron otro bebé más, y esta vez Allyson llevaba mejor las apariciones. Se dijo que ahora, por fin, podría tener una vida feliz. Tenía todo lo que deseaba: hogar, pareja, hijos. Era el momento de que las dos, juntas, pudieran ser felices.

Pero no fue así. “Mi mujer desapareció. Se fue. Lo llaman la ruptura tsunami. Tú ves una ola a lo lejos, pero no te das cuenta de su magnitud hasta que es demasiado tarde”, reconoce. Fueron muchos los problemas. El estrés de ser madres, los problemas económicos de los primeros años de maternidad y de mudanza, las típicas complicaciones de parejas estables… y, por supuesto, que su pareja pensase que se estaba inventando lo de los fantasmas como si fuera un extraño síntoma de depresión postparto. El poltergeist había roto su relación. Su mujer se fue, se repartieron la custodia e, irónicamente, el fantasma se fue con su matrimonio. “Ahora me pregunto si mi mujer tenía razón y yo me lo inventé todo por el estrés, o si hacerme pensar a mí misma que estoy loca es su última prueba de gaslighting”, se lamenta. No tiene respuestas, lo único que tiene ahora son remordimientos, tristeza y la sensación de que es demasiado tarde para recuperar su “vida soñada”.