Las personas transraciales son un invento racista

Para algunos, era la nueva identidad a reivindicar. Para la mayoría, un meme. Pero para los activistas antirraciales algo muy peligroso que podía usarse en su contra

Rachel Dolezal era profesora de estudios afroamericanos en Washington, presidenta de la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People), activista y estaba muy implicada en la lucha antirracista. Pero no era negra: era una mujer blanca que se identificaba como mujer negra. Gracias a un peinado afro, tintes, bronceados y mucho maquillaje logró que el mundo se lo creyese, y así aparecía en los censos locales y en las estadísticas laborales, que la consideraban afroamericana.

Su secreto se reveló cuando sus padres aparecieron en la televisión denunciando que su hija era una “impostora étnica”. Llevaba décadas haciéndose pasar por mujer negra. Ella, en su defensa, dijo que era una mujer blanca que se identificaba como mujer negra. El sociólogo Rogers Brubaker salió en su defensa explicando que si había personas transgénero, también podía haber transraciales. Y que ella lo era. Sin embargo, nadie se la tomó en serio. Se convirtió en un meme y decenas de organizaciones de activistas antirracistas la acusaron de apropiación cultural.

CNN

Pero como explica Afroféminas, el término transracial ya existe: “el término transracial se utiliza en Estados Unidos desde hace años en aquellos casos en los que por una adopción un niñx crece en una familia de una raza distinta a la suya”. Añaden, para visualizarlo, el testimonio de Según el testimonio de Lisa Marie Rollins, que “se consideraba una niña transracial, no porque sintiese que su raza había cambiado, sino porque era una niña negra multiracial que había sido adoptada por una familia blanca y que su raza no concordase con la de su familia y entorno cultural había supuesto para ella un gran desafío”.

Es decir, una definición que corresponde a un problema serio, a la sensación de no encajar en una sociedad racista, muy diferente a estas “personas transraciales” que, como Dolezal, quieren ser de otra raza por motivos que van desde lo estético a lo frívolo. Dolezal no es la única, hay más nombres: por ejemplo, Martina Big, que pasó de rubia y blanca a negra, afro y con operaciones estéticas para cumplir el estereotipo racista de que las mujeres negras tienen grandes pechos y culo, o Ja Du (de nacimiento, Adam Wheeler), que se identifica como filipino pese a ser blanco.

Lo que tienen en común todos estos casos, como denuncian activistas transraciales (los de verdad, como Rollins), es que son una forma más de apropiación cultural. Es decir, convertir en cool una raza e identidad, y querer usarlo para ser más diferentes, o poder aprovecharse de su cultura, experiencias y luchas para algún tipo de beneficio propio, aunque sea, simplemente, llamar la atención. De hecho, señalan un motivo muy sencillo por el cual este movimiento “transracial” es racista: los únicos que pueden cambiar de raza son los blancos. Una persona negra, por muy “blanca” que se sienta, no dejará de sufrir racismo ni discriminación, ni podrá cambiar su piel o rasgos. “Vivir en un mundo blanco, crecer con los privilegios de los blancos, nunca me hizo blanca”, recuerda Rollins en Think Progress.

En otro artículo de Afroféminas añadían, además, que la raza es algo heredado, mientras que el género es un constructo social que asigna al nacer en función de un binomio sexo-género establecido. “A diferencia del género, que se le asigna al nacer, su raza u origen étnico se basa en la ascendencia. No puedes heredar tu género pero heredas tu raza. El hecho de que estas personas crean que pueden elegir partes de la etnia que desean y luego decidan volver a su blancura es un privilegio blanco en el peor de los casos. Tienen la opción de decidir cuándo llevar las cargas y la discriminación que sienten otras razas y al mismo tiempo cosechar los ‘beneficios’ al tomar dinero de organizaciones creadas para empoderar y ayudar a las comunidades negras”, detallaban.

Según el sociólogo Brubaker, los casos como Dolezal son fruto de un proceso psicológico. Él erróneamente lo ve paralelo a la disforia género, aunque diversos expertos que vinieron después aseguran que son procesos muy diferentes. Eso sí, le han dado la razón. La explicación a estos casos está en un trauma psicólogico, muchas veces en el sentimiento de no pertenecer que, en casos muy fuertes, puede provocar una disociación racial. El caso de Dolezal y estos traumas los explica Netflix en su documental The Rachel Divide, donde cuenta que “sus padres, fanáticos cristianos, estaban obsesionados con adoptar niños africanos y la maltrataban a ella y a sus hermanos. Para ella, optar por esta raza era la opción natural, casi de supervivencia”, como resume Xataka.

Aunque el debate sigue vivo, más que nada que la raza también tiene muchos factores culturales, todavía no se ha demostrado que sea un fenómeno suficiente amplio y representativo (es decir, no hay personas oprimidas sintiéndose de la raza del opresor, solo de blancos a otras razas), por lo que legitimarlo podría suponer más mal que bien. Como explica Xataka, si las identidades son algo tan fluido, el cielo es el límite y el día de mañana podría haber sujetos que se sienten delfines, unicornios o multimillonarios”, lo que serviría para que la derecha desmantele todos los pasos que hemos hecho en cuanto a derechos, reconocimiento y legitimidad de las personas trans, un colectivo profundamente marginado en nuestra sociedad que no puede permitirse pasos atrás en los pocos derechos que tienen reconocidos.