Pasé una semana sin móvil y me di cuenta de lo triste que es pasarse el día haciendo 'scroll'

Perdí mi iPhone en un taxi y a los ocho días lo recibí intacto en mi oficina. La que había cambiado era yo

"Paso de él. Quiero desconectar". Estas fueron las últimas palabras que dije antes de meter mi móvil en el bolso. Acababa de aterrizar en Roma, era puente y llevaba cinco años sin pisar la ciudad en la que viví mientras estudiaba en la universidad. Estaba hablando con mi amiga para encontrarnos en un bar en el que solíamos vernos cuando éramos vecinas. Ella me explicaba cómo llegar y me preguntaba si necesitaba la ubicación, pero le dije que tranquila, que la encontraría. El margen de error era de unos 100 metros.

Cuando bajé del taxi lo único que me sorprendió fue que la calle estaba tapada con una alfombra roja que le daba a mi llegada un toque majestuoso inesperado. Metí la mano en el bolso por inercia mientras buscaba en la callecita el famoso bar. Antes de que pudiera desubicarme, el brazo de mi amiga salió de un portal y detrás de él, ella se lanzaba a abrazarme. Pero yo ya había notado su ausencia. Mi móvil no estaba donde suele estar. Esto siempre me da un sustito, aunque rebuscando se me acaba pasando. Pero tampoco. Miré en la mochila, en mis bolsillos. Confirmado: el taxi se había llevado mi móvil. Siempre me había dado ansiedad la idea de perder el móvil, pero cuando pasó intenté no hacer un drama. Disfrutar del reencuentro y dejar para más tarde la idea de juntar el dinero para comprarme otro, porque acababa de arruinar mi presupuesto.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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¿No querías desconectar? Según la aplicación del iPhone, en la última semana he pasado dos horas y 57 minutos en Whatsapp, dos horas y 27 minutos en Instagram, 40 minutos en Twitter y una hora y un minuto en la aplicación de correo, además de una hora y 39 minutos leyendo periódicos. Total: de media estuve pegada al teléfono una hora y 51 minutos al día. Comunicándome, sí, pero también perdiendo el tiempo haciendo scroll en el metro, por la calle, mientras estoy en una llamada que se alarga, al desayunar o en el ascensor. Continuamente. Con la excusa de que soy periodista y necesito estar pegada al teléfono por trabajo, cualquier momento muerto es igual a darle al botón y deslizar el feed o golpear los stories no sé exactamente con qué intención.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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No tengo stories del viaje

Mi madre siempre me ha recomendado que me quede con la matrícula del taxi cada vez que subo a uno porque si pierdo algo, así será más fácil encontrarlo. Cuando era adolescente y tenía más memoria que ahora, lo hacía siempre. También me sabía los números de teléfono de todos mis amigos y me ubicaba rápidamente cada vez que llegaba a una ciudad nueva. Ahora, cada vez que uso un taxi (poquísimas, cuando no hay un transporte público) y veo el número en placas en la ventana o en el asiento delantero, pienso en ese consejo, pero sé que me costará acertar la combinación de la matrícula. Además, nunca me había dejado nada en un taxi.

Lo que me llamó la atención esa noche en Roma fue que dentro del coche había señales que decían "Gaia Taxi". Me pareció un nombre bonito (gaia significa contenta, feliz) y me acabó sirviendo para recuperar mi iPhone porque se trataba de una cooperativa con solo un centenar de vehículos. Me daba rabia no poder hacer fotos en el viaje, pero me sorprendió que, al fin y al cabo, tampoco lo eché tanto de menos. Yo no soy de hacerme mucos selfies y me enfado cuando no puedo ver un concierto porque todo el mundo está grabando vídeos que al final siempre quedan feos; aunque creo que cada uno con su teléfono y a su manera está tratando de rellenar ese vacío tan enigmático del que habla Phillips.

Las redes viven de una dinámica angustiante que consiste en impulsarte a publicar cada día para no silenciarte y hacerte desaparecer del algoritmo. Cuanto más sorprendes, más te premian. Instagram tiene más de 1.000 millones de usuarios y Facebook, más de 2.300. Si la cada uno de ellos nos hiciera el favor de publicar "solo" una vez al día supondría más de 3.300 millones de post contando no sé exactamente qué. Me irrita esa densidad. Y, además, ahora ya sabemos que toda esa información es un negocio millonario de datos que se venden para la publicidad.

Una de las primeras cosas que me sorprendió fue mi capacidad de llegar a a cualquier rincón de Roma sin abrir Google Maps. Pese a llevar mucho tiempo sin ir, yo había vivido allí antes de tener un móvil conectado a Internet y había fijado el mapa en mi cerebro. Todo el mundo empezaba a tener Facebook, pero a mí no me interesaba para nada. No hace nada, pero todo ha cambiado tanto. Ahora los expertos hasta recomiendan temporadas de desconexión como que yo tuve de forma accidental y entiendo perfectamente por qué. Cal Newport, autor del término "minimalista digital", sugiere pasar hasta un mes desconectada hasta y volver a introducir la tecnología en tu vida de forma paulatina según tus necesidades. El resultado es tomar consciencia del gesto para usar el móvil solo cuando lo necesitas realmente, igual que te subes a un bus solo cuando quieres llegar a algún lugar en concreto.

Mi semana de "minimalismo digital"

Volví al trabajo sin móvil. Me perdí muchas bromas y memes en primicia que me suelen llegar a todas horas, aunque ninguna noticia importante. Fue muy inquietante ver cómo sentarme a escribir podía ser un ejercicio con el que mantener la concentración. Solemos usar Whatsapp para comunicarnos de forma ágil, pero sin él, las decisiones se toman al momento y al usar el correo, no había tantas interferencias. En el metro, de ida y de vuelta, miraba a la gente a mi alrededor. Por la mañana, alguna mujer aprovecha todavía para maquillarse, pero la enorme mayoría de pasajeros van cabizbajos con la mirada puesta en su teléfono.

Yo también lo hago, de forma automática. Aprovecho para leer las noticias o contestar algún correo antes de subir a la oficina, aunque siempre intento mantener la disciplina y dejar el móvil en el bolso. Solo he conseguido pasar las cuatro paradas que tengo de trayecto centrada en mirar a mi alrededor y pensar cuando mi iPhone estuvo perdido en un taxi de Roma durante una semana. Porque ese aparatito nos permite hacer zapping a todas horas y donde estemos. Nunca nos ha gustado estar con la cabeza en blanco. Es difícil sostener el silencio y el móvil nos permite eso: no pensar en nada a la vez que no nos aburrimos.

Es una combinación magistral en la que llevaba pensando mucho tiempo. A veces, cada vez que enciendo el teléfono tengo la sensación de que es como sacar un cigarrillo y entonces vuelvo a dejarlo donde está. Intento aprovecharme de él, pero intento no dedicarle más tiempo del que necesito para comunicarme con alguien en concreto o solucionar un problema. Suena como una autoimposición ridícula, pero ahora puedo decir que perder el móvil ha sido una forma obligada de desconectar de mi aburrimiento. Nos cuesta mucho conseguir tiempo para nosotras y lo más revolucionario que puedo hacer es utilizarlo en la intimidad.