Se ha pasado toda la pandemia sin conectarse a internet y es feliz

Aron Rosenberg se ha pasado el último año sin leer un mail, recibir una videollamado o contestar un tuit, su descubrimiento más impactante no nos sorprende: vive mejor.

Incluso en estos momentos en los que las restricciones comienzan a ser un poquito menos estrictas, nuestra vida continúa siendo muy diferente de la era prepandemia. Las interacciones sociales son más escasas y con muchas más limitaciones físicas. Tanto que, como muestran las investigaciones, hemos intensificado de un modo muy significativo nuestro uso del móvil y de internet en general. Estamos supliendo las carencias que provoca la pandemia en el plano relacional y ocioso con más mundo digital. No seamos injustos con nuestra conducta: es normal. Nos habríamos vuelto verdaderamente locos sin internet.

O quizá no. Nunca lo sabremos porque todos nosotros continuamos enganchados a la red durante este año y especialmente durante el duro confinamiento, pero podemos fijarnos en la experiencia de Aron Rosenberg, un joven profesor canadiense que decidió, dos meses antes de que explotara la pandemia en Occidente, que pasaría todo un año sin conectarse a la red. Imagínatelo por un momento: nada de videollamadas, nada de whatsapps, nada de consultas en Google y nada de nada que requiera internet. Un aislamiento total del universo digital. Una desconexión radical de lo que hoy parece nuestro mundo real.

¿Y sabes qué ocurrió? Que Rosenberg no se volvió loco. Ni mucho menos. En realidad, y como cuenta en una entrevista para The New York Times, consiguió estar más feliz que nunca, aumentar su capacidad productiva y ganar habilidad de concentración. Mientras todos nosotros nos pasábamos los días buscando información en los medios digitales acerca del coronavirus y tratando desesperadamente de llenar las horas con vídeos en Youtube, series en streaming y juegos de todo tipo, Rosenberg consiguió centrarse en lo que realmente le importa: su trabajo como investigador. Estaba muchísimo menos distraído.

"Tener menos acceso a información no verificada en esos momentos fue casi como una bendición", asegura en esa misma entrevista. Además, comenzó a darse cuenta de algo muy importante: internet sobrevalora los contenidos novedosos e infravalora aquello que queda atrás. Es una carrera imposible y traicionera. "Me di cuenta de que mi dependencia de internet me había llevado a valorar más lo nuevo frente a las ideas más duraderas y útiles". Esto es algo que probablemente nos cueste incluso entender. Todos nosotros nos hemos convertido en hijos de internet. Vivimos bajo sus reglas no escritas.

Por supuesto, y una vez Rosenberg volvió al mundo digital, comenzó a caer nuevamente en las garras de los algoritmos web que nos mantienen enganchados y dependientes. Es consciente de ello, pero ahora trata de enfocar de manera más productiva su tiempo en la red, además de que es consciente de que podría vivir sin todo eso. Para la inmensa mayoría de nosotros es algo impensable. Como dice la psicóloga Catherine Price, cuyas palabras reproduce El Confidencial, "ya ni siquiera recordamos cómo era eso de no estar distraídos todo el tiempo", algo que "no es para nada sano ni sostenible". Que no se nos vaya de las manos.