Controla el algoritmo de tus redes antes de que él te controle a ti

El código oculto de la red afecta a nuestra forma de consumir internet y a más cosas de las que jamás sospecharías

Nos creímos que Internet era un horizonte abierto. Un nuevo mundo, entero y conectado. El gran sueño americano, en ceros y unos. Pero casi dos décadas después, circulamos por ella como por los pasillos de un centro comercial, con carriles bien definidos de un circuito que se debe recorrer, sí o sí. Esto se debe a los algoritmos, pequeñas y retorcidas funciones invisibles que sugieren, derivan, enseñan y ocultan toda la información que se produce a la vez: 6.000 tweets por segundo, 300 horas nuevas de Youtube cada minuto o 95 millones de fotos y vídeos al día en Instagram.

Pensamos que somos la espina dorsal de nuestras redes sociales, pero la realidad es que los f(x) —aka algoritmos— con valores variables y fórmula secretas son los verdaderos amos de lo que vemos y terminamos comprando por sugestión. Hasta saben cuando das un like por compromiso. Estas ecuaciones privadas se esconden celosamente en los circuitos de algún data center en el desierto de Sonora, en Estados Unidos. Su resultado es el Internet que tendrás hoy. En el fondo, te conocen mejor de lo que te conoces a ti mismo.

Tanto ellos como nosotros estamos en un constante cambio. Y lo más curioso es que no tenemos ni idea de cómo perfilar esta sombra digital que definirá a lo que accedemos. A finales de marzo, Instagram volvía al orden cronológico. Youtube modifica sus preferencias internas a la hora de promocionar un vídeo u otro con tal esquizofrenia que desconcierta a sus usuarios. Por no hablar de los strikes automáticos —con tres, te cierran el canal—, cuyo criterio puede desintegrar la nómina de un youtuber. Luego está la cuestión de la privacidad. ¿Alguien ha dicho Cambridge Analytica?

Controlar un algoritmo es más difícil que entrenar a un dragón, pero si te empeñas, puede convertirse en valioso aliado en vez de ser un torrente publicitario. Por ejemplo, en el caso de Spotify existe una web que permite ‘hackear’ su funcionamiento. Mediante un serie de valores ajustables —género, energía o ‘bailabilidad’, entre otros— se puede autogenerar una lista de sugerencias que se ajusta, más o menos, a los criterios elegidos. A largo plazo, conviene ir creando listas de reproducción con las canciones favoritas y dejar que la magia matemática invisible haga el resto. En cualquier caso, spoti es uno de los algoritmos más agradecidos

A pesar de las 'mejoras' en el sistema de recomendaciones, Youtube sigue siendo circular y autocomplaciente. Como apuntó el ingeniero jefe de dicho portal, Cristos J. Goodrow, "estamos continuamente trabajando en unas diez actualizaciones a la vez […] y lanzamos entre 50 y 100 actualizaciones al año". A este ritmo, es imposible adecuar el feed a unos factores predeterminados. Borrar los vídeos random del historial, suscribirse a canales con contenido interesante y hacer uso del botón ‘no me interesa’ son la clave para controlar este algoritmo. Al menos de momento.

En Facebook, Instagram y Twitter, es fundamental seguir a gente o medios cuyas publicaciones nos interesen, y no tener miedo a dejar de hacerlo con las que nos aburren. 'Ver primero', siempre a mano. Los anuncios también se pueden descartar para elegir qué queremos que nos digan. Las listas no han calado mucho en España, pero tienen gran utilidad para encontrar a la gente adecuada.

En ese gran bazar que se ha convertido internet, Google es la abeja reina. Su red de anuncios —con más de dos millones de páginas web— se rige por unas ecuaciones complejas, pero sus consecuencias son muy visibles: visitar un blog sobre un tema supone que al minuto siguiente nos salgan anuncios relacionados. Podemos configurarlo o incluso desactivarlo. Navegar en modo incógnito/privado también tiene su utilidad, especialmente cuando se usa un ordenador ajeno y queremos evitar que luego se mezclen gustos.

Las entrañas de un algoritmo son, en muchas ocasiones, un misterio insondable. Aunque se pueda adecuar su comportamiento, su naturaleza seguirá siendo un misterio. Alex Rayón, director de Deusto Data de la Universidad de Deusto, los llama "de caja negra". "Existen algoritmos que no se puede ver qué pasa dentro, y eso es un peligro", apunta y añade: "La gente no es consciente de cómo muchas decisiones que afectan directamente en su vida son tomadas por robots: la bolsa, los seguros médicos, los vehículos autónomos, los anuncios electorales…".

En una novela de ciencia ficción distópica, el gobierno usaría los algoritmos para dominar a su población. En China, desde hace años el principal banco —Open Sesame, parte de la corporación Alibaba— cuenta con un sistema de ránking social que puntúa a sus usuarios con un valor entre 350 y 950. A mayor puntuación, mejores condiciones para acceder a la educación o pedir un crédito. Suena a Black Mirror, porque lo es.

A finales del año pasado, Nueva York fue pionera con una ley que aprueba la creación de una comisión para estudiar las desigualdades algorítmicas. Los departamentos comerciales, médicos, jurídicos e incluso los policiales se sirven continuamente de complejos sistemas automatizados. Sistemas que tienden a discriminar por diseño a los colectivos minoritarios. La ley firmada por Bill de Blasio permitirá, por ejemplo, auditar qué criterio sigue una I.A. (inteligencia artificial) a la hora de distribuir las patrullas de policías por barrios. Su solución pasa por hacer público y abierto —open source— el código del algoritmo.

La próxima frontera de los algoritmos son los smart-contracts: un trozo de código que juzgarán si tu trabajo está bien hecho —o no—, y te pagará —o no— en consecuencia. Utilizando la tecnología blockchain que da vida a las criptomonedas, el veredicto se emitirá simultáneamente desde varios puntos del planeta bajo los mismos criterios. Un algoritmo se convertirá en nuestros jefes mañana. ¿Cuanto tiempo faltará hasta que nosotros mismos nos convirtamos en uno? Quién sabe, puede que hasta ya lo seamos.