Las menores que son vendidas como prostitutas sagradas en la India

Las devdasi, prostitutas sagradas, son vendidas a burdeles de pequeñas donde malviven para que las familias intocables puedan prosperar económicamente 

Empezó a los 11 años como prostituta, forzada por sus padres. “Me llevaron a casa de la gharwali, la señora que se encarga del burdel. Tuve miedo y escapé. A la mañana siguiente volví a mi casa, pensando que me iban a pegar, pero se mostraron muy amables conmigo. Me tranquilizaron y me llevaron a una habitación. Todo estaba oscuro. Había un hombre allí dentro. Y cerraron la puerta con un candado”, explica Laxmi, una de las “prostitutas sagradas” de India, a el diario El Mundo.

Es una práctica común entre los intocables de algunas regiones del sur de la India, ofrecer a sus hijas como devdasi (esclava de la diosa) a Yellamma, diosa de la fertilidad. "En las aldeas todavía hay gente que cree que acostarse con esas prostitutas sagradas es una práctica religiosa", explica Arun Pandey, de la ONG Arz, que se dedica a rescatar a mujeres y niños en todo el mundo. La función de estas mujeres, por lo tanto, es vivir de forma austera, pidiendo limosna para tener una vida sacra y asceta, y acostándose con los hombres de casta alta, satisfaciendo los deseos de aquellos que socialmente están más cerca de la divinidad, informa el portal indio Awaaz Nation.

Muchas de estas devdasi se encuentran en Goa, un estado sureño indio conocido por ser una de las mecas del turismo de sol y playa en el sudeste asiático. Sin embargo, entre sus aguas cristalinas y resorts, se encuentran barrios rojos de jóvenes “prostitutas sagradas” que viven bajo el umbral de la pobreza y que se han visto forzadas a trabajar de esto. “Me han arruinado la vida”, cuenta Laxmi en la entrevista.

Las familias son las que impulsan a estas mujeres a convertirse en siervas de la diosa, para conseguir dinero y salir de la paupérrima situación en la que viven los intocables: no pueden optar a trabajos decentes y lo máximo a lo que pueden aspirar es a trabajos que nadie quiere en los que no cobran lo suficiente para que todos los miembros de la familia puedan subsistir.

"Mi madre me decía: tu padre bebe, no tenemos nada para comer, ¿por qué no quieres ayudar a tu familia? Al final me rendí y me dije: 'Mejor yo que mi hermana; al menos una de las dos podrá casarse'", añade Laxmi, resignada, ya que las devdasi no pueden casarse al ser su cuerpo sagrado y propiedad de los dioses, por lo que ningún mortal puede poseerlo en matrimonio. Sin embargo, la historia no tiene un final feliz. La hermana de Laxmi también fue “ofrecida a la diosa” y ha acabado volviéndose alcohólica: “la botella es su única forma de afrontar el dolor”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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El origen histórico de las devdasi era muy diferente. En la antigüedad fueron unas figuras de poder ritualístico, que usaban la sexualidad para conectar con su diosa y que eran valorades socialmente. Sin embargo, con el tiempo, esta figura fue degenerando hasta convertirse en víctimas de la explotación infantil y la trata. Además, están expuestas al VIH (pero no tienen acceso a sus tratamientos) y suelen quedarse embarazadas de hijos que nadie reconoce como suyos y que muchas veces, durante el parto, sus madres les transmiten el virus.

A pesar de eso, Laxmi ha conseguido salir de ese entorno y ponerse a trabajar en la lavandería SwiftWash, propiedad de una asociación que da trabajo a estas exprostitutas y sus familiares para no tener que recurrir a estos métodos para conseguir dinero y escapar la marginalidad. Esta asociación también sirve como centro terapéutico, para completar así los dos grandes pilares que las ayudan a pasar página: “la salvación es la independencia económica, pero también la psicológica, que les permite superar sus traumas”, explica Juliana Lohar, la asistente social que les hace el seguimiento. “No perdonaré a mi madre, pero sé que mis hijos tendrán futuro”, explica otra devdasi en el artículo. Aunque no pueden deshacer el pasado, gracias a estas iniciativas todavía pueden encontrar paz.